
Si hacemos un recuento de la evolución de nuestros ingresos por exportaciones desde la Revolución de 1952, encontramos un comportamiento sino errático cuando menos dispar. Las razones no son muy difíciles de adivinar; la combinación de algunos factores muestran una debilidad estructural de nuestro aparato productivo: dependencia extrema de la monoproducción primero y muy modesta diversificación después; una segunda dependencia, consecuencia de la primera, es la fluctuación de precios internacionales de las materias primas completamente ajenos a nuestra decisión, referida a veces a dramáticas crisis globales y a veces a procesos de especulación calculada.


















