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El futuro ya no es lo que era, el mundo no es lo que era, nuestro cerebro tampoco. Estamos viviendo el momento más vertiginosos de la historia humana caracterizado por una revolución abrumadora de la comunicación, cuya expresión más destacada –qué duda cabe- son las redes sociales. Cuando la brumosa autopista de la información (una iniciativa desarrollada con fines militares, para variar) comenzó a despuntar en el ocaso de los años ochenta del siglo pasado, era imposible suponer que sería uno de los aportes tecnológicos más importantes de la historia.





