“La Patria es estar Vivo”

“La patria es estar vivo”, le dice el Patriarca a un tímido joven revolucionario que ha llegado a su palacio y que le pide ayuda para iniciar un levantamiento popular. Que no sea pendejo, le responde el Jefe Supremo, que quién le ha hecho creer aquello de que morir por la patria es vivir…

Me ha quedado un sabor de amarga nostalgia al reencontrarme con el ‘Otoño del Patriarca’, obra ya longeva con sus cuarenta años en la espalda.
Un ciclón de palabras, mil ecos de voces, un légamo extraño se apodera del lector en la espantosa soledad de ese hombre que representa de tantas maneras una forma y una esencia de lo que fue América Latina, no sólo en la lógica de quienes tuvieron el poder absoluto, sino en la entraña de la desmesura que García Márquez maneja con una magia incomprensible.
‘El Otoño…’ parece un viejo galeón venido de otro mundo. Su maestría es en parte el río interminable de las palabras ensambladas como las cuentas de un collar en el que ninguna de sus perlas es igual, ni en su color, ni en su tamaño, ni en su forma. Tampoco es igual su consistencia, ni comprensible cuando se toca o se mueve entre los dedos, como si de un rosario de oraciones interminables se tratara.
De sus páginas emerge la música lejana del boom literario, sale a la superficie de un modo hoy calmo, aquello que se definió como realismo mágico, que no era otra cosa que el agua lustral de un nuevo bautizo. El cuarto en la historia del continente. El primero había sido el de los sonidos inasibles de la tierra y sus criaturas, las del cielo y la montaña, y la selva y los ríos y el inmenso mar del Sur. El segundo, el de aquellos que llegaron y poblaron y vivieron en su entraña con centenares, sino miles de lenguas dispersas por su inmensa extensión. El tercero, el de los conquistadores cargados de hierro y de bestias piafantes que tuvieron que vestir su propia lengua de vocablos que pudiesen describir, aunque fuese de un modo insuficiente, aquella geografía que tragaba su entendimiento.
El cuarto, éste, el del comienzo de los años sesenta del siglo pasado en el que, por fin, sus narradores, los nietos de las mujeres originarias y los hijos de los invasores, heredaron ese vasto pasado y fueron capaces de recrear en la palabra, lo que parecía imposible, el clima, los olores, las percepciones, las pasiones, la locura, el amor y la muerte, los recién nacidos humeantes y los muertos vaciados por la vida.
En mi memoria quedaba la idea equivocada, hoy lo sé, de una belleza vital, de unas narraciones extraordinarias en las que uno se enredaba en la ruta hacia alguna forma de perfección gloriosa. Pero no, ocurre que esta novela sin acápites, enlazada desde la primera hasta la última línea, es una saga terrible de violencia interminable, es una reflexión sobrecogedora sobre la soledad del poder, sobre la locura del arbitrio, sobre la sinrazón de quien todo lo posee y nada tiene.
Es una historia de pesar atravesada por 2.000 niños dinamitados en los bordes del mar, por conspiradores sin cuento atrapados por la triquiñuela de la leche fresca convertida en una interminable explosión, por el amigo del alma que organiza el derrocamiento del escogido y es entregado en una cena de gala, descuartizado y servido en su uniforme de gala, para ser devorado por sus cómplices ante los ojos del que todo lo puede.
Se colige desde el principio que esa narración en la que se despliega de un modo abrumador el arte de contar, la pericia de describir y calificar, la perfección de los adjetivos que cubren la fachada como cualquiera de los más bellos templos del barroco americano, nos lleva a un desenlace que importa en tanto importa la naturaleza de un personaje que es esencia de una sociedad.
No es relevante aquí hacer consideraciones equívocas o sugerentes sobre los dictadores que en América Latina han sido, sino, sobre todo, la descripción de una región del mundo de la que quedan profundos vestigios y que está a la vez en un proceso evidente de transformación hacia un futuro impensado.
La nostalgia de aquello que fue, que todavía es y la presunción de lo que será, está de algún modo pegada a estas páginas que hoy no puedo calificar de maravillosas. La palabra maravilla tiene que ver con el asombro de quien descubre algo vivificador  y eso no es lo que recogen estas páginas. La sensación tiene que ver con el asombro que te deja sin habla por los abismos que descubre.
Y aquí el otro nudo, el más hondo y más terrible de esta obra volcánica, la entrada al océano proceloso de la intimidad humana, aquel infierno que no está en los otros sino en uno. El Supremo, que diría Roa Bastos, es cualquiera de nosotros, es aquel que, apegado a su madre omnipresente (personaje latinoamericano si los hay), tuvo la oportunidad del poder. Ni más ni menos que eso, tener el poder para ser quien realmente eres. Y a partir de ese hecho García Márquez bucea en el alma del Patriarca, que es la de cualquiera de nosotros, que es la de un hombre como podría ser otro, durmiendo en el piso con un brazo haciendo de almohada y una extraña y procelosa desazón que hace de cada sueño un  lodazal.
Reencontrar la novela fue como un retorno a los orígenes, como una baño de todo aquello que había amado de nuestra literatura, pero fue también una mirada más madura y desapegada que la encendida lectura de mis años de primera juventud. No sé si este espejo sordo, como escribió el autor, es aquel en el que hoy me gustaría reflejarme, quizás no, aunque -es evidente- tanto haya quedado de ese universo literario en mi propia escritura.
Por eso no es gratuito que la frase que más sentido tiene de toda esta obra única es aquella, la más sabia, la más sensata de todas: “La Patria es estar Vivo”
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2 pensamientos en ““La Patria es estar Vivo”

  1. Al margen de las obras del gran GGM, creo que se perdio lo mejor del surrealismo original en vivo y directo. En la actualidad es solamente redactar lo que acontece en el dia a dia en el new state pluri.

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