Mi Madre

1981 cuadro valcarcel

Teresa Gisbert, obra de Roberto Valcárcel (1981)

Cuando pienso en ella me gusta imaginarla al atardecer en algún lugar recóndito del inmenso altiplano, cuando las sombras intensas y nítidas se proyectan largas como queriendo alcanzar el horizonte.

Camina hacia la entrada de una iglesia, se acerca a las inmensas puertas que se abren porque la han esperado desde que españoles e indígenas las levantaron para mayor gloria de Dios. Sus ojos verdes y penetrantes buscan en el altar mayor de columnas salomónicas cubiertas de pan de oro y encuentran una imagen, es la Virgen con el manto de tela que cubre su cuerpo tallado en maguey, es también la silueta del Cerro, el Apu, es la evocación de la fértil Pachamama. Cuando mira una de las paredes de la nave principal, encuentra un gigantesco cuadro de Santiago que lleva en el brazo levantado una espada que no es sino un rayo, el fulgente Illapa con el que el santo cabalgará entre las montañas como signo inequívoco de dos mundos que serán uno sólo para siempre.

Afuera, a los pies de la torre del bello templo colonial, la espera una mujer que trabaja en su telar un hermoso paño oscuro del que ya han brotado, en una ancha franja, los colores lila y naranja que dan forma a extrañas y atractivas figuras en una secuencia que conduce al mundo subterráneo. No es el lenguaje del cielo y del infierno, sino el de la vida de arriba y la de abajo, lo seco y lo húmedo, el anan y el urin. Las manos de mi madre se acercan a las de la mujer, se entrelazan para sentir las vibraciones de la tierra en el tejido. Con ella va hasta un largo pasado que puede sentir en su propia sangre.

El paraíso de mi madre fue su obra. El día en que encontró ese paisaje inolvidable del jardín del Edén aparecido para los europeos en esa América bullente de pájaros parlantes, descubrió su rosa de los vientos, aquella que había buscado con mi padre durante casi medio siglo. Quedaron deslumbrados por un mundo fantástico que se abrió como los tesoros míticos de las historias de todas las culturas milenarias, un mundo que estaba aquí mismo, que había sido siempre –sin ellos adivinarlo- su morada. Contaron pacientemente las joyas, las ordenaron y las nombraron. Igual que los cronistas abrumados por seres desconocidos, cordilleras ingentes, ríos como mares, selvas imposibles, tuvieron que encontrar palabras, articular ideas, describir y explicar conceptos. Fue así como José y Teresa fueron los señores del barroco mestizo, rico concepto nacido del entendimiento de que en esta parte del orbe el vínculo con la trascendencia tenía sus propios códigos, atrios que remedaban las k’anchas andinas, una gran capilla de los muertos y las posas para entremezclar los espíritus de los del lugar con los de quienes llegaban. Cristo fue el Sol, la Virgen fue la Tierra, las sirenas de la armonía musical platónica surgieron -Qesintuu y Umantuu- de las aguas hondas y azules del lago sagrado para poblar dos universos superpuestos. Mi madre lo supo entonces. Después de organizar el tesoro había que mirar cada piedra preciosa y entender qué mensaje daban sus destellos.

Pero ella fue, por sobre todo, la mujer a la que estuvimos unidos en su entraña, atados por un cordón que no se quebró en el acto inevitable de un corte rápido en el momento de nuestro nacimiento. Andrés, Isabel, Teresa Guiomar, yo mismo, sus hijos, bebimos de ella a través de ese cordón durante todas nuestras vidas.

Recuerdo su mano tierna en mi cabeza, cuando afiebrado con ocho o nueve años sentí que sus dedos y su mirada clara inundada de cariño, fueron un bálsamo mayor que cualquier remedio. Cuando esperaba lloroso su vuelta de las clases de la universidad, su sola silueta fue suficiente. Cuando sentí su fuerza intelectual, su genial lucidez, su capacidad de entender todo de una manera tan personal, su capacidad para leer debajo de las piedras que cubren el verdadero significado de las cosas; ese cúmulo inmenso de dones fue también suficiente. Esa ha sido la verdadera savia de nuestro nexo indisoluble.

Ella abrió puertas, descifró enigmas y nos dijo cómo había que ver la creación humana que nos rodea. No es la pura belleza estética, ni la sola palabra evangélica, es un magnífico tejido que viene de lo más remoto con los hilos de los textiles, los de los lienzos, los grandes bloques de arenisca, la filigrana esculpida en las fachadas, los colores, las luces y las sombras, el oro y la plata tan bellamente trabajados. Traen todos un mensaje que es nuestro ADN histórico. Así, el amor de la madre por sus hijos se prolongó para quedarse por siempre en el diálogo que no acabará nunca sobre nuestra cultura y nuestra historia, sobre nosotros mismos.

1981 cuadro valcarcelTeresa Gisbert, que nunca dejó su honda raíz española, que sentía que una parte de su alma estaba en las tierras valencianas y en el sonido peculiar del catalán de sus padres, nacida al pie del Resplandeciente, fue seducida por esas yerbas que nos cautivan y quedó unida para siempre a los gigantes que nos envuelven en este espacio de hermosos sones, largos silencios y aire cortante y transparente.

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21 pensamientos en “Mi Madre

  1. Estimado Carlos
    Ojala se pueda tpublicar la Bibliografia de Teresa Gisbert “La Catalana Andina”, como te mencione en algún momento de mi estadia en nuestra tierra. En si el texto esta listo lo traere a fines de marzo , para completar este inicio de perdurar ciencia en nuestra patria.
    una gran homenaje a tu madre y un abrazo de sanpedrino

    René

    • Estimado René:
      Muchas gracias por tu esfuerzo. Si me permites una observación. Si bien ella era descendiente de un padre valenciano (no catalán) y una madre barcelonesa, su corazón estuvo siempre ligado a la idea de España. En los tiempos que corren tan desafortunados con el secesionismo catalán, a ella no le gustaría ser calificada como catalana. Su alma estaba vinculada a la idea de España, siempre fue así. A nombre de mi familia te agradecería que no incluyeras el término catalana en el título.

      • Estimado Carlos
        De acuerdo, naturalmente, tendran ustedes el ejemplar antes de publicar.
        gracias por la observación.
        un abrazo fraterno

  2. Extraordinaria semblanza. Agradecidos por su entrega al arte y al amor por los hilos mas finos de nuestra historia

  3. Tu mamá, Carlos, estoy seguro de que sabía que lo que tú escribirías al partir ella, sería una sinfonía de palabras doradas, de vocablos enlazados de manera deslumbrante, de sonidos donde estarían en perfecta simbiosis musicalidad armoniosa y solidez de razonamiento. Quedé impresionado con el lienzo que pintaste, con la catedral que línea a línea levantaste al evocarla.

  4. Una producción intelectual prodigiosa donde se puede analizar un recorrido que refleja unas energías que le llevaron a explorar no solo el arte y arquitectura andinas (pintura, escultura, arte religioso acompañado de investigación de fuentes), sino que existe detrás, es decir los protagonistas y sus creencias. Todo desde un punto de vista de cruce de culturas y su resultado, lo mestizo.
    Desde lo apoteósico que resulta ser Tiwanaku y los espacios abiertos de iglesias con posas y torres, pasando por el barroco mestizo con sus sirenas, personajes mitológicos tanto europeos como andinos todos mezclados en un sincretismo cultural, hasta el reconocimiento de que los tejidos andinos tienen su propia categoría artística con toda su carga simbólica y que pervive entre nosotros.
    Una vida de investigación plasmada en libros y una recolección de información que nos invita a continuar ese camino que se expresó también en la enseñanza y la docencia que nos formó a los que pudimos escuchar directamente sus palabras. Una integración con la tierra donde vivió parecido a la unión del cerro de Potosí con María que se puede ver en un cuadro colonial.
    No queda mas que unirnos en homenaje y agradecimiento por el valioso legado que deja para Bolivia.

  5. Gracias por hacernos parte de sus recuerdos y compartirnos un poco de la persona más importante de su historia SU MADRE, ningún personaje que conozcamos en nuestra historia nos marcará nuestra vida de esa manera, como nuestra MADRE. Amor y reconocimiento a ella !! Yo fui una alumna de Ud., y muchas veces cuando vienen recuerdos de mi madre, yo me consuelo pensando que mis palabras atravesaran el tiempo y cualquier dimensión y solo pararan para acercarse a ella y decirle quedo: “Madre te Quiero…..Gracias por tanto, gracias por todo”.

  6. Querido Carlos,

    Son estos días posteriores a la separación en los que verdaderamente comenzamos a sentir la ausencia.

    Recuerdo con mucho afecto y admiración a tus papás. Nunca olvidare el viaje al Cuzco, acompañando a mis papás y las sesiones del Chocolate en nuestra casa.

    Nuestra Clemencia estuvo en el velorio.

    Enviado desde mi iPhone

  7. Muy hermoso!
    Hé sentido tambien esta gran perdida, se que no hay palabras o tiempo que inhiban esta rotura al corazón. Su amor esta trascendiendo, ella siempre brilla cuan una estrella.

  8. Muy admirado y respetado Don Carlos D Mesa Gisberth: Gracias por compartir la hermosa historia de su madre como boliviana viviendo fuera de nuestra patria me siento privilegiada de tener hermanos bolivianos como su persona. Admirable su descripción sobre la vida de su madre que solo una persona como ud es capaz de deleitar al lector de una forma extraordinaria,culta y el amor de hijo sumado a la admiración de su obra que es un legado para siempre.Estaré atenta sobre la publicación de la vida de su querida madre.

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