América Después de Panamá

imagen: telemundo47.com

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Los presidentes Obama y Castro han decidido poner fin a medio siglo de darse las espaldas y reiniciar relaciones diplomáticas plenas entre Estados Unidos y Cuba, cerrando una página ominosa y anacrónica de la historia y abriendo otra plena de buenos augurios.

Resulta difícil entender porqué un país con una elite política significativa, ha necesitado cincuenta años para darse cuenta de que lo que está haciendo es absurdo, no produjo los resultados buscados y generó una situación innecesaria de tensión con toda una región del planeta.

Inicialmente las respuestas pueden adivinarse y son tan evidentes como discutibles. En el periodo de la guerra fría era una cuestión estratégica probada por la crisis de los misiles de 1962. Las dos superpotencias se jugaban en Cuba desde situaciones de alto riesgo bélico hasta aspectos de orgullo nacional. Tras la caída del muro en 1989 el escenario cambió sustancialmente, Cuba estuvo al borde del colapso definitivo, cosa que no ocurrió. Pasada la fuerte tormenta, en los albores del siglo XXI apareció Hugo Chávez -el de la Venezuela de los petrodólares y el Socialismo del Siglo XXI- le alcanzó el brazo y salvó a la Isla de un naufragio que parecía inminente. Eso dio aire para que la beligerancia se mantuviera aún a pesar de la renuncia de Fidel Castro a la presidencia de su país.

Está claro además que durante el primer cuarto de siglo de esta historia el poderoso lobby cubano instalado en Florida, logró influir hábilmente en el Capitolio y frenar, como frena hasta hoy entre buena parte de los representantes, cualquier iniciativa de flexibilizar las políticas con La Habana. Pero hoy nuevas generaciones de descendientes de cubanos en Estados Unidos tienen una visión más abierta, menos entrañable y más distanciada de la situación del país de sus ancestros.

Irónicamente, el embargo que se decidió a poco de que Cuba se declarase Estado socialista, se convirtió en un gran argumento que victimizó a la Isla -no sin razón- y permitió que las dificultades o insuficiencias de su manejo económico tuvieran siempre como caballo de batalla, la brutalidad de l enemigo con la citada medida. En ese escenario no se puede discutir que Cuba propuso en 1961 una forma distinta de encarar la relación con Estados Unidos que se transformó en un emblema de dignidad. Frente a las imposiciones estadounidenses en América Latina con varias intervenciones militares de por medio y una injerencia diplomática abierta, dio una respuesta de independencia de acción de Cuba a través influir en el Capitolio, frenase como frena hasta hoy entre los representantes, cualquier iniciativa de flexibilizar posturas con de la inflamada y revolucionaria voz de Fidel Castro. Esa postura tuvo dos aspectos cuestionables. El primero, la evidencia de que sin el respaldo soviético, que transformó la economía cubana en una frágil maquinaria sostenida por la subvención, esa fuerza podía desvanecerse. El segundo, la aplicación de un sistema político de partido único vulneró de manera sostenida las libertades ciudadanas y los derechos humanos.

La realidad, sin embargo, es mucho más cruda que la ilusión de la ética puramente declamatoria de Estados Unidos. Lo que valía para Cuba no valió para Pinochet ni para Banzer ni para Videla. Lo que vale para Cuba no vale para China ni Vietnam. En otras palabras, para Estados Unidos la primera prioridad es Estados Unidos y, más allá del modelo que defiende como referente universal, la aplicación de sus estándares no tiene que ver con cuestiones morales sino con un descarnado pragmatismo. Precisamente por eso sorprende que hayan tenido que pasar once presidentes para decidir dar un salto que no podemos sino celebrar.

A partir de este paso Estados Unidos necesita reformular su política latinoamericana en clave de respeto y de no intervención, en clave de cooperación mutua y de intereses económicos compartidos. Cuba, a su vez, necesita terminar de dar el giro hacia una economía mixta razonable, hacia una normalización de relaciones con Estados Unidos, potencialmente su socio económico más importante, y empezar a pensar en una apertura política y de libertades ciudadanas que parece inexorable. Debe hacerlo hoy mas que nunca, dada la evidencia de la compleja situación que vive Venezuela, uno de los aliados económicos más significativos para los cubanos.

La reanudación de relaciones plenas es un hecho consumado. Podrá tardar todavía, habrán pataleos de ambos lados, especialmente de un Congreso estadounidense capturado en estas y otras cuestiones por el ultrismo del Tea Party, pero ocurrirá. El siglo XXI reacomoda piezas en un tablero convulso. En América ese realineamiento tiene que ver con un desplazamiento hacia posiciones sujetas por un eje menos escorado. Basta como ejemplo ver lo que está pasando en Venezuela, Brasil, Argentina o Chile y, por supuesto, entender las inteligentísimas señalas que han dado Barak Obama y Raúl Castro. Cuba puede convertirse en un mediador; lo es ya en Colombia, lo puede ser en Venezuela.

Da la impresión de que el hemisferio tiene ya un antes y después de Panamá

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