Honrar la Vida

Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 11 de marzo de 2012

Nada hay más parecido al infinito que el universo. Nada hay que desafíe más la mente y el espíritu humano que ese vasto mundo aparentemente interminable.

Para “entrar” en el universo es indispensable ir de la mano de la física. Pero para el desentrañamiento de sus enigmas la física newtoniana no alcanzó. Tuvo que llegar La teoría de la relatividad de Einstein (1915) que, como escribió Paul Johnson, inauguró el siglo XX. Aunque ciertamente no fue ese un motivo para que la física newtoniana se desplomara. Sigue firme para poder comprender entre otros muchos, un fenómeno tan importante como la gravedad.

Ocurre, sin embargo, que hay dimensiones que trascienden la ecuación clásica de espacio, tiempo y materia. Ninguno de los tres tiene una aplicación necesariamente equivalente cuando los científicos se internan virtualmente en las profundidades de un conjunto de estrellas (billones de ellas), que están inmersas en un sistema de galaxias (billones de ellas), a una distancia de centenares de miles de años luz de la Tierra (en kilómetros, un número interminable de ceros a la derecha). Ninguno de los tres la tiene a su vez en un conjunto de partículas (trillones de ellas), que están inmersas en un sistema de átomos (trillones de ellos) a distancias infinitesimales unas de otras.

La humanidad tardó miles de años en estructurar mecanismos que permitieran conocer como funciona la Tierra, y cientos de años en contar con algunas claves del universo y del átomo. Lo logró a través de  dos nuevas lecturas de la física. La que plantea la teoría de Einstein sobre el espacio-tiempo, que nos permite comenzar a entender cómo funciona el Universo, y la que plantea la física cuántica (Max Planck) que, por el contrario, nos permite comenzar a entender como funcionan los átomos. Ambos caminos empezaron a responder preguntas que la física clásica no podía resolver.

¿La física termina siempre en la pregunta crucial sobre la existencia de Dios? Sí, suponiendo que uno quiera encontrar una explicación a las maravillas inconmensurables y sin aparente final del universo y del átomo, asumiendo que  un ser sobrenatural lo creó todo. Esa opción combina dos necesidades humanas: la primera, encontrar respuestas definitivas e inamovibles que no requieran otro argumento que la fe, que es en esencia la negación de cualquier razonamiento. La segunda, la necesidad de la esperanza que no es otra cosa que lograr la certeza de que hay una vida después de la muerte.

Curiosamente, y contra todo pronóstico de quienes anclaron su barca espiritual en la diosa razón y en la lógica cartesiana, el descubrimiento de que las leyes clásicas espacio temporales no estaban escritas en piedra, permite pensar que por la vía de la experimentación, por prueba y error, por la extrapolación y el desarrollo de los cálculos matemáticos a partir de la observación de los fenómenos del universo, es posible llegar a conclusiones sorprendentes. Por ejemplo, que hay un tiempo más allá de este tiempo, que en otra dimensión es posible pensar en vidas-espejo, que nuestra concepción de principio y final no es la única posible para comprender la linealidad de la historia, la humana, la de la tierra y la de todo lo que conocemos como realidad “material”.

En la oscura inmensidad del espacio nos esperan muchas respuestas que más que aclarar nuestras preguntas, nos enseñarán cosas que desafiarán todo aquello en lo que hemos cimentado nuestras certezas. De hecho, esa fue la gran revolución de Einstein, concluir en que en el mundo “real, tangible y mensurable” en el que creímos, todo es relativo. Desde entonces se rompió un tabú básico. Que habían verdades físicas (materiales) incontrastables; que si esas verdades eran cuestionadas, literalmente el cielo se desplomaría sobre nuestras cabezas. La conclusión, en muchos sentidos fantástica, es que no hay verdades reveladas, ni absolutas. El nobel demostró lo peligroso que es aferrarse a la inamovilidad de lo aprendido, o peor, a la idea de que hay alguna disciplina en la que hemos llegado al final. Nunca habremos llegado al final en ese fascinante camino del conocimiento.

Muy probablemente, lo que vale para la física vale para otras muchas disciplinas humanas. No es gratuito por ello que, desde la mirada de la religión católica, el Papa Benedicto XVI haya emprendido una cruzada contra el “relativismo moral”. En definitiva quien acepta el relativismo en moral, cuestiona los pilares intocables de la palabra divina revelada por los siglos de los siglos.

La ironía es que quienes creen que encontrarán en la física el suelo seguro donde pisar, lo que en realidad encuentran es un inmenso espacio de arenas movedizas. En el, cada paso es una incertidumbre y una promesa, la más hermosa de las promesas que Prometeo nos dejó como legado. La posibilidad de un descubrimiento permanente, algo que marcará nuestras vidas y las de quienes nos siguen, pero que nunca será definitivo. La metáfora de Ítaca cobra así un valor extraordinario. Cada día es nuevo, cada día renovamos nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro espíritu.

Quizás ese sea el toque de divinidad que tanto obsesiona a los humanos. Por eso era crucial para Dios prohibir a Adán y Eva el acceso a los frutos del árbol que permite “saber lo que es bueno y lo que es malo” y ser “como Dios”.

De lo que se trata al fin, como me dijo un amigo “tuitero” hace unos días, es algo tan simple y tan extraordinario como aprender a honrar la vida.

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2 pensamientos en “Honrar la Vida

  1. ¿La física termina siempre en la pregunta crucial sobre la existencia de Dios?………………La física no termina!, solo continua cuando el hoyo negro de lo desconocido atribuye; acciones, fenómenos y libertades a lo que para unos es llamado Dios, sin embargo tal atribución exige que la física u otra ciencia demuestre la causa/ proceder de éste hecho, fenómeno o como quieran llamarlo, el huevo o la gallina,la física o Dios?

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