“A Nadie le Importa si Naciste Honrao…”

corrupción

Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 11 de septiembre de 2011

La idea dominante sobre nosotros mismos como país es no sólo la de la autoflagelación, sino la de que nuestra historia no es otra cosa que una suma de horrores, saqueo, corrupción, violencia y arbitrariedad. Una especie de camino al infierno o al suicidio, o peor aún, un camino a la nada.

Los presidentes fuimos todos unos ladrones o unos ineptos, las elites un conjunto de poderosos con el único objetivo de enriquecerse a costa de los más pobres, los gobiernos unas gavillas de aprovechadores reunidas para favorecer a unos pocos, los empresarios arribistas o sanguijuelas del estado, los intelectuales loros que repiten ideas ajenas y que las tratan de imponer en una sociedad a la que esas ideas no se adaptan…

La consecuencia de esa lectura está a la vista. El descreimiento general, la desconfianza como norma, la idea preconcebida de que todo lo que hace un político o una figura pública tiene única y exclusivamente una intención oculta para su beneficio personal. La caza de brujas funciona porque mezcla el grano y la paja.

Nuestra percepción como colectividad es la de la derrota y la frustración. La idea generalizada es que siempre perdimos en los emprendimientos que encaramos, sean de construcción social, sean de guerras internacionales, sean simples y pedestres competiciones deportivas.

Ante la pregunta de ¿Cómo te va? En el mejor de los casos la respuesta es “más o menos”, cuando no “mal, como siempre”.

Así, vemos pasar como en una película, el año cero, la refundación, Bolivia la nueva, la nueva Bolivia, Patria nueva, La segunda República, La restauración, la revolución, la reconstrucción nacional…En un extremo y en el otro, nuestra pulsión es darle un día, o un año, o una década de gloria a la patria.

Pero con el paso de los años las grandes ilusiones y las esperanzas en los “salvadores”, aquellos “iluminados” que van a cambiar la historia definitivamente, se van diluyendo hasta terminar en el total desencanto.

Por eso las nuevas generaciones creen que el único tiempo es el futuro, el presente es insuficiente, el pasado es amargo, sólo el futuro –en muchos sentidos una superstición- tiene sentido. Pero es un futuro pensado como redención, como limpieza, como –lo dijo ya Daniel Salamanca- la necesaria “curación” del pecado del país. La mirada judeocristiana trasladada a la lectura de la historia. Hay que castigar ejemplarmente. ¡Eso cambiará nuestra ética!

El tránsito de la edificación de grandes civilizaciones en las alturas y en los llanos, los imperios prehispánicos cuyos testimonios todavía nos dejan boquiabiertos, parecen no evocar otra cosa que mitos y paraísos, no obras tangibles de pueblos y sus líderes. Los tres siglos en los que occidente y el mundo indígena chocaron y construyeron la sociedad que somos en cosmovisión, culturas, lenguas, creencias, contradicción y lucha, se arrumban como si una larga oscuridad lo hubiese velado todo. Ni que decir de una república que de acuerdo a las lecturas más elementales, no fue sino un sin fin de extravíos. En ese vaivén caprichoso de héroes colectivos  e individuales que hacen una suerte de montaña rusa, acomodamos los recuerdos para cada tiempo. Un día es Bolívar, al siguiente Tupac Katari, según el lugar Warnes o Ibañez, según la mirada Pando o Zárate Willka. Podría también hacer un interminable listado de villanos para cada momento, villanos que deben ser quemados por la inquisición de hoy. La sociedad entera es zarandeada. A pesar de que se recuperen una o más de una figura de esa supuesta ciénaga, en lo íntimo transmitimos a nuestros hijos el sabor de la derrota y el fracaso, el de los villanos que lo perpretaron.

Esa lectura lo trastoca todo. Trastoca los valores básicos en los que debemos creer, olvida los esfuerzos titánicos por ser un país, las propuestas de la sociedad en los diferentes estadios de su desarrollo que planteó y ejecutó propuestas de gran aliento, que permitieron la existencia misma de la nación. Ese sólo hecho, la existencia de Bolivia, en el peor contexto y en las más difíciles condiciones es un logro que nos negamos a aceptar.

Se trata de comprender nuestra dimensión exacta, sin excesos ni insuficiencias. Se trata de lo más importante, lo que menos hacemos, ser ciudadanos, con conciencia individual y responsabilidad en la comunidad. Se trata de que nuestra vida cotidiana refleje corrección, honestidad, respeto al otro, vocación de trabajo, idea del cumplimiento de las tareas que nos tocan y, lo más importante, la certeza de que sólo desde la base, desde la colocación del ladrillo que a cada uno de nosotros toca, haremos una sociedad mejor y más justa.

Estamos atrapados en la transferencia de todas nuestras taras al otro.  Queremos un espejo perfecto al mirar a las figuras públicas y sólo vemos sombras, no otra cosa que las sombras que proyectamos.

Si además la sociedad, como en el tango no distingue una cosa de la otra, podríamos repetir como Santos Discepolo: “¡Dale, nomás…!/¡Dale, que va…!/¡Que allá en el Horno/nos vamo’a encontrar…!/No pienses más; sentate a un lao,/que a nadie importa si naciste honrao…/Es lo mismo el que labura/noche y día como un buey/que el que vive de los otros/que el que mata, que el que cura,/o está fuera de la ley…

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