Razones para el escepticismo

Publicada en Pàgina Siete y Los Tiempos el 3 de julio de 2011

Las causas justas no convierten en seres perfectos a quienes las defienden. A nombre de las causas justas no se puede subvertir la ética humana.

En los últimos días, a raíz de un manifiesto publicado por un pequeño grupo de disidentes del MAS, ha surgido un dinámico debate en torno al proceso político que vive el país. Quizás lo más interesante de ello sea la toma de posición de quienes lo alientan, a partir de una tabla de calificaciones en torno a las ideas defendidas que inevitablemente conduce a una no menos maniquea división de valores. Revolución contra Democracia, República contra Estado Plurinacional. Estado de Derecho (liberal-burgués) contra Estado de Derecho (socialista revolucionario).

No cabe duda de que se trata de un posicionamiento legítimo y que establece la naturaleza de la confrontación dentro de nuestra sociedad y sobre todo en sectores políticos e intelectuales polarizados. Pero detrás de esa discusión que obviamente no será sino un juego de esgrima apuntalado por la mayor inteligencia de los esgrimistas, está lo que a mi juicio es el meollo del problema que enfrentamos.

Aquí lo que está en juego es una ética universal subvertida y ninguneada, y una honestidad intelectual abandonada por algunos de los protagonistas de la discusión.

¿Hay una ética universal? Sí la hay. Una ética en la que los valores esenciales no pueden ser subastados ni a nombre de la democracia ni a nombre de la revolución. No voy a hacer el recuento de esa ética recogida con sobrada consistencia por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esa es nuestra rosa de los vientos, nuestra brújula, y si me apuran la piedra filosofal descubierta por nuestra especie después del mayor holocausto de la historia.

¿Se puede exigir honestidad intelectual? Más que eso, se debe exigir honestidad intelectual en aquellos que demandaron a unos lo que consienten a otros.

Muchos creyeron, pelearon y sufrieron prisión, tortura y exilio. Muchos otros conocieron la muerte por la utopía socialista. Una buena parte de quienes dedicaron toda su vida a ese ideal creyeron (no por primera ni única vez) que el gobierno de Morales era por fin la respuesta histórica a sus anhelos, a la lucha de toda su vida, y creyeron además que el cambio le daba a sus ideales un ingrediente añadido al cerrar la herida histórica de la discriminación del otro, el indígena, recuperando una dignidad y una humanidad que comenzó a amasarse medio siglo antes.

Yo no creí que Morales fuera esa respuesta, ni la consecución del ideal anhelado, y no lo creí por algunas razones esenciales. Ningún proceso histórico de magnitud puede ni debe ser encarnado por una sola persona sin pervertirse. La fuerza y el derecho soberano del pueblo se encarnó equivocadamente en la mitificación y deificación del valor y la proyección de la política de las calles. No sólo que esa política de las calles carecía de un fundamento ideológico consistente como lo tuvo la COB en los tiempos revolucionarios del 52, sino que disfrazó un conjunto de grupos de presión y de interés. Muy pronto se pasó de reivindicar el bien común y un ideal superior, a defender en muchos casos objetivos mezquinos cuando no ligados al delito. Pero lo más grave, la idealizada política de las calles que hundió el viejo sistema político, a la vez comenzó a debilitar al actual Estado que, en apariencia poderoso, es también víctima del zarandeo de esas masas que lo entronizaron y que hoy están casi fuera de control. Digámoslo de una vez. Los movimientos sociales están moralmente tocados, son manipulados y mal usados y han sido profundamente penetrados por la ilegalidad.

Con el paso del tiempo se fue desmontando más aún esa ilusión de transformación. El nuevo régimen reveló muy pronto su naturaleza autoritaria. No hay cambio ni renovación ni nuevo Estado ni nuevo ser humano en Bolivia, sin una democracia real, participativa sí, pero real en su educación y práctica, basada en los derechos individuales tanto como colectivos, sin reservas y sin discursos relativistas a título de la razón superior  de la sociedad (para hacer papilla a quien sea menester, vulnerando los principios innegociables de una ética humana). El proceso se vio capturado además por la corrupción que asoló a tantos gobiernos del pasado. Hay que insistir en algo fundamental, no sólo la corrupción de quien como funcionario comete un delito, sino la corrupción de las estructuras de funcionamiento del Estado por la forma de administrar el poder, por la tergiversación de sus principios, por el prebendalismo y la cooptación, por el chantaje y el tráfico de influencias, por el aprovechamiento indiscriminado de la jerarquía que se ostenta. Muchos de los actuales gobernantes practican la idea perversa en si misma de que en política sólo hay dos objetivos concretos, llegar al poder y quedarse en el poder.

El debate ideológico es necesario siempre y cuando no se olvide que aquella utopía por la que tantos bolivianos dieron su vida, no se resuelve en la discusión de abstractos que prescindan de una combinación que en Bolivia hace mucha falta: ética y honestidad intelectual

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