Nacer y Morir

Three ages of a Woman by Klimt.jpg

Publicado en página 7 y los Tiempos el 24 de mayo de 2010

Si nuestras vidas estuvieran signadas por la conciencia de la muerte, quizás nuestra forma de encarar el presente sería diferente. Nacer y morir son los trances definitivos de todo ser humano.

El primero queda en el inconsciente y reaparece de vez en vez en los sueños, en las sensaciones de un estadio anterior al choque irrepetible de salir literalmente al mundo y encontrarse con él en medio del primer vagido. El segundo se encara de diverso modo. Sabemos que moriremos y que ese es un hecho ineluctable. Sabemos además que la muerte nos encontrará en un momento no adivinado. El futuro no existe mientras no ocurra, el futuro es una forma gramatical que da pie a la esperanza, a la derrota, al desafío o al miedo. Un día cualquiera de ese futuro imaginado dejaremos de estar.

La respuesta ante el nacimiento es la conciencia de ser, la respuesta a la muerte es, en un extremo, la fe en la trascendencia, en el otro, la certeza de que después de la vida viene la nada.

Sobre esos dos límites hay una amplia gama que la humanidad ha encarado de las más disímiles formas aunque, es bueno reconocerlo, la inmensa mayoría cree en el más allá, porque si no creyera, probablemente la vida tal como la definió Santa Teresa no sería otra cosa que “una mala noche en una mala posada”.

Desde el principio nuestros ancestros, admirados por la grandeza incontrolable de los fenómenos naturales, asumieron que una fuerza superior controlaba sus vidas. Vino luego el fatalismo de la tragedia griega, o el destino sazonado por el libre albedrío de algunas de las grandes religiones monoteístas, o la búsqueda del desprendimiento absoluto de lo material en el oriente, o la idea de la conexión intrínseca de la vida como un todo del que lo humano es una simple pieza. Sólo son opciones que quizás ni siquiera resolveremos en el momento definitivo e intransferible de morir. Momento en el que la unicidad, la conciencia individual, la certeza del ser único reaparecen. No hay ningún camino que pueda deshacer algo esencial, cada ser humano nace y muere solo.

Pero en el tránsito entre el nacer y el morir, la humanidad ha escogido casi siempre los caminos del horror, quizás por sus pulsiones naturales esenciales, la más importante, el “mandato” mayor de la vida: sobrevivir, que nos marca con mucha más fuerza que lo otro, la construcción de una conciencia elaborada de lo que entendemos por hacer el bien. El primer impulso químico del deseo sexual, elaborado en milenios en la sofisticación del amor cortesano que demanda la entrega espiritual junto a la desbordada pasión física, viene acompañado por el impulso básico de la violencia. El color de la sangre nos tiñe desde el primer minuto hasta el último. Por eso la violencia que no repara en llegar hasta la muerte del otro y que, igual que el amor, ha desarrollado la sofisticación de la tortura, del placer ante el sufrimiento del otro (que ningún otro animal elabora). Ambos parecen apoyarse en el tercer pilar que es en realidad la base de los otros, el poder. Poder que garantiza la sobrevivencia, que garantiza todo lo demás. Poder que, como todo, se desvanece en el momento de la muerte. Lo escribió Jorge Manrique: “que a papas y emperadores y prelados, así los trata la muerte, como a los pobres pastores de ganado”.

No deja de ser una ironía el hecho de que los seres humanos que pensamos las más de las veces que eso de la muerte no va con nosotros ahora, y que es una cuestión que no puede condicionar nuestras vidas, tendemos a vivir como si fuésemos eternos, luchando por el poder, acumulando bienes materiales, alimentando resentimientos y rencores y enemigos, juzgando a los otros (¡cuántas veces he juzgado!), sin entender cuánto de fuego fatuo es todo eso.

La fe es un don que se tiene o no se tiene. Dios es una presencia que te guía o una negación a la que te conduce inevitablemente la razón. Con Él o sin Él, lo único real es el otro, el prójimo, quien está a tu lado, a quien amas con todo tu corazón, a quien te debes (tu propia sangre), pero inevitablemente, por egoísta que parezca, aún en el amor al otro estás siempre tú, inexorablemente. El misterio del nacer y del morir sólo tiene respuesta en cada uno. La vida, en suma, es una construcción individual. La felicidad o la ilusión de la felicidad, sólo es posible con referencia a uno. El más generoso de los seres humanos, aún ese, recibirá en la intimidad de su ser la satisfacción egoísta de la gratificación que produce su generosidad.

A la hora de la muerte si te es dado, reflexionarás y desesperarás largamente en la agonía indigna y brutal impuesta por la enfermedad, o serás un vegetal descerebrado librado a la vida como condición primaria, o perecerás en la fracción de un segundo sin opción a pensar nada, o quizás tendrás la tranquila e infrecuente oportunidad que te permitirá enfrentarla con serenidad y buen juicio o con el natural miedo a lo desconocido. Pero en ese momento estarás tú, sólo tú, por si a alguien le cabe alguna duda de la sabia reflexión de los griegos sobre nuestra conciencia individual intransferible.

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Un pensamiento en “Nacer y Morir

  1. Me es grato poder leer algo escrito por Ud. en otros temas que no sean los que le dan a uno dolor de cabeza y plantearse otros asuntos de una manera diferente.
    Siga Ud. en la misma linea, nos complace poder tenerlo cerca a travez de un articulo cada domingo.
    La vida tiene muchas cosas para escribir sobre ella y otras tantas diferentes.
    Reciba Ud. mi mayor cariño,
    mn garcia O.

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