Entre el Asombro y el Horror

astronauta

Publicada en Página 7 y Los Tiempos el 10 de abril de 2010

Cuando el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong dio el primer paso sobre la superficie lunar, el mundo entero quedó atónito, a tal punto que buena parte de sus habitantes se resistieron a creer que lo que veían fuera verdad. Era algo tan insólito que abatió en una tormenta de asombro las mentes de quienes no estaban preparados para algo tan maravilloso.

Parecería que allí, bajo las botas espaciales del astronauta, cubiertas de polvo lunar, quedó enterrada una de nuestras capacidades esenciales, la capacidad de asombro. En la hipótesis de que un ser humano pise por primera vez otro planeta, probablemente el hecho generará interés, pero no tendrá esa magia de lo inverosímil, de aquello que está más lejos de la imaginación.

Es sin duda una pérdida, es la constatación de que el imparable ritmo de los avances tecnológicos, la velocidad vertiginosa con que aparecen cosas nuevas y la misma rapidez con la que se desvanecen y son sustituidas por otras, en esta loca carrera del “úsese y tírese”, se nos está apagando el alma en una de sus vertientes más bellas, la de esperar con ansias lo nuevo, la de saber siempre que hay cosas inesperadas en nuestras vidas que las pueden transformar.

Tendemos a creer que lo hemos visto todo, que lo hemos experimentado todo. Por eso, es cada vez más difícil lograr que un joven se emocione. El arte ha muerto dicen unos, la poesía es arqueología dicen otros, nada hay que no se haya dicho, o escrito, o pensado, suponen muchos intelectuales. Pocos se detienen a preguntar cuánto de ese “todo” ya creado ha sido siquiera arañado por nuestro espíritu.

Si perdemos la capacidad de asombrarnos y celebrar nuestro asombro, es que se nos marchita una parte central de nuestra entidad como creadores, como constructores, como soñadores, como aventureros.

A la par, todo parece más aburrido. Nuestro ejercicio cotidiano frente a la pantalla de TV es el “zapping”. Tras haber dado dos vueltas enteras a medio centenar de canales, gruñimos afirmando “no hay nada que ver”. Nuestros abuelos tardaron cincuenta o sesenta años de su vida para ver la primera imagen de televisión, nosotros conocimos el pequeño aparato con un solo canal y en blanco y negro y pasábamos horas fascinados mirando las únicas imágenes que nos transmitían, como si fuera un regalo. Escribir era primero un esfuerzo de pluma y tinta, luego de máquina de escribir, después de máquina eléctrica, hoy es de tecla y pantalla con capacidades de edición y corrección casi infinitas. A poco será un pensamiento transformado en imagen o en signo. Cómo explicarle a un adolescente que “twittear” es un milagro, que el chat entre dos personas separadas por cinco o quince mil kilómetros sería, para alguien del siglo XIX, como resucitar a un muerto, algo imposible.

Todo en el mundo de hoy se da por obvio, por sabido. Nadie se pregunta cómo hace un avión de 500 toneladas de peso para levantar vuelo con 850 personas a bordo, o cómo se puede trasplantar una mano de un cuerpo a otro, o clonar animales y muy pronto seres humanos, o transformar a un hombre en mujer, o recibir imágenes alucinantes del espacio exterior de astros que están a miles de años luz de distancia de la tierra.

Pero –otra vez la paradoja humana-, quizás el último instante de quedar anonadados después del alunizaje del Apolo XI, fue el horror de la caída de las torres en Nueva York. Fue horror no asombro, fue desmoronamiento no creación, fue sangre amasada no ingenio constructor.

El horror sustituyó a la sorpresa, el dolor dejó de lado la celebración.

Nos queda el último asombro horrorizado por vivir. Ahora que estamos al borde del abismo, que el apocalipsis, no el de San Juan, sino el que hemos provocado sobre el planeta, corremos el riesgo de revivir el asombro, pero no el de la maravilla de nuestro ingenio, sino la dimensión de nuestra estruendosa estupidez.

Puede que lo que no han podido hacer las reflexiones del humanismo surgido del fondo del holocausto incesante de la historia, lo podrá la mayor perplejidad, la de la trampa en la que hemos convertido nuestro hábitat. El mayor desafío, el más importante, está a punto de obligarnos a juntar los hombros y las mentes, pero sobre todo a escarbar en la esencia de nuestras almas.

El riesgo es que -como tantas veces- quedemos divididos sobre el supuesto de que la supervivencia no será posible para todos y que habrá que escoger. La sombra del darwinismo, el biológico y el social, comenzará a planear sobre una humanidad agobiada por la explosión demográfica, y habrá quienes creerán en la fatalidad de destino de los más aptos y los menos aptos.

Es probable que entonces recuperemos la capacidad de asombro, o la certeza del horror. Podría ocurrir también que –como tantas veces- demostremos que nuestro ingenio cargado de humanidad y de pasión de alma, pueda salvarnos del cataclismo. El dilema lo llevamos con nosotros, el dilema entre el asombro y el horror.

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