Europa, Democracia vs. Nacionalismo

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En tiempos de convulsión cuando los valores esenciales en los que creemos se ponen a prueba, cuando la confusión y el desánimo parecen hacer presa de todos, es cuando más sólidas son las pruebas de que los principios democráticos republicanos demuestran ser esenciales, el único escudo posible contra el totalitarismo y la arbitrariedad.

Sólo la ley, aquella escogida y redactada por el pueblo a través de sus representantes legítimos elegidos mediante el voto popular, puede proteger a los débiles de los poderosos, a los más solos, a los olvidados, a los que ni siquiera saben que tienen derechos…

El mayor proyecto colectivo de la historia por construir un espacio común, la Unión Europea, atraviesa las mayores turbulencias desde que en la década de los años cincuenta del siglo pasado, unos visionarios concibieron el camino más ambicioso de integración después de la hecatombe brutal de la guerra. Un proyecto fundado en una visión europeísta por encima del nacionalismo miope y retardatario, con el objetivo de que lo que había sido históricamente uno de los escenarios más brutales y fragmentarios del mundo se convirtiera en la casa común de todo un continente.

Sus raíces, las del pasado greco-latino y cristiano, le permitieron fundar las bases de una sociedad abierta plural, tolerante y constituida entre iguales. Difícil tarea dadas las asimetrías entre las grandes potencias, pongamos por caso Alemania, y las naciones más débiles, mencionemos por ejemplo a Rumania. Implicó la cesión de parte de la soberanía, eso fue la moneda común, o los acuerdos de Maastritch en el ámbito macroeconómico. Eso fue la elección de un sistema legislativo y de justicia de rango europeo con carácter vinculante. Un camino que parecía ideal y que, de pronto, sufrió los embates de la realidad. Primero fue la dramática crisis económica generada por el crack de 2008, después el embate del fundamentalismo religioso y las guerras en el Oriente Medio que provocaron una masiva migración.

La respuesta tuvo dos puntas, la de los europeístas convencidos de una vocación anclada en principios y, por supuesto, el rebrote de los nacionalismos arcaicos que ante “el llamado de la tribu”, clavaron las banderas del miedo basadas en el terrible zombie que ha quedado de los trazos del nazismo: la supremacía racial y los derechos de los “originarios” de cada país. El discurso ultra y xenófobo tuvo buen caldo de cultivo ante los cientos de miles de desesperados migrantes que escapaban de la extrema pobreza o de la guerra. La ola del nacionalismo irracional tocó todas las puertas de los grandes y pequeños países europeos.

En ese escenario la respuesta de los cinco países más grandes fue diversa. Alemania aguantó el embate de los movimientos de raíz nazi y, aún con dificultades, los partidos “tradicionales” al mando de la excepcional Angela Merkel entendieron que el destino democrático del país está por encima de la mezquindad. En Francia, las arremetidas de Marie Le Pen fueron respondidas por la combinación de juventud intelectual y claridad europeísta de Emmanuel Macron que salvó la debacle socialista y gaullista. El Reino Unido, de la mano de un desorientado David Cameron fue a un Referendo suicida que llevó al Brexit, una de las mayores tonterías de la política exterior británicas de toda la historia. Italia, sumida en la inestabilidad política crónica desde el nacimiento de la República, encontró tierra fértil en votantes hartos de una estructura con epígonos como Silvio Berlusconi y se dejó seducir por la combinación insólita entre la xenófoba Liga Norte y el incierto populismo del movimiento Cinco Estrellas. Una movida de ficha del Presidente italiano Sergio Matarella, consiguió imponer un primer ministro moderado que, sin embargo, no cierra la incertidumbre en torno a una nación que fundó la Unión y que es crucial para su futuro. Finalmente España. A pesar de atravesar una crisis interna muy seria por la combinación del desafió separatista de la mitad de los habitantes de la autonomía catalana y una espiral de corrupción, logró una inesperada solución política, incierta aún pero clara para marcar que, como ninguna otra de las potencias europeas, tiene un arco político flexible. La caída de Mariano Rajoy, víctima de la corrupción incontrolable de su partido, dio paso a alguien que no estaba ni era esperado, Pedro Sánchez que le abre una puerta al alicaído PSOE. En la grilla de salida para las elecciones de octubre de 2019 están en ese orden, Ciudadanos, un partido con claridad democrática que puede desplazar al PP y Podemos que, amigo de proyectos políticos autoritarios, reivindica el movimiento popular del 15 de marzo.

Son tiempos de confusión y de duda en los que, a pesar de todo, la potente institucionalidad democrática europea sigue mandando en la conducción de la nave democrática más importante del planeta.

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