Salvador Romero Ballivián escribe sobre “Bolivia 1982-2006 Democracia”

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Momento histórico. 10 de octubre de 1982. El Presidente del Senado Julio Garrett impone la medalla presidencial al Presidente Hernán Siles. A la derecha el Presidente militar saliente Guido Vildoso

Este es el texto de la presentación del libro “Bolivia 1982-2006 Democracia” que hizo Salvador Romero Ballivián el 22 de febrero de 2017 en el Paraninfo de la Universidad Católica Boliviana.

Carlos Mesa no requiere presentación. Sin embargo, el lanzamiento de un nuevo libro, “Bolivia 1982 – 2006: democracia” ofrece la oportunidad de subrayar la variedad de sus talentos, que escapan al encasillamiento.

 Conjuga al historiador meticuloso, que recorrió página por página los anuarios administrativos para reconstruir la historia del Poder Ejecutivo, con el de la mirada sintética y amplia sobre la evolución nacional republicana en sus distintos campos. Fue el referente del periodismo boliviano, analítico y ponderado, con una habilidad particular para la entrevista, a la par que el creador de documentales que relataron la vibrante, y en muchas oportunidades dramática, historia del país. Apasionado del cine, contribuyó al rescate de las primigenias cintas bolivianas, igual que del fútbol, cuyos partidos mira con concentración y elaboró las estadísticas más serias en la materia (permítanme un paréntesis para compartirles el resultado de la investigación: el equipo con más títulos es Bolívar, y lo demás, gritos de aficionados en las graderías). En cada uno de esos centros de interés, ha dejado huella con una prolífica obra compuesta por documentales, artículos y libros, de reflexión fuerte y prosa límpida. Su cultura enciclopédica y privilegiada memoria lo mueve con soltura en conversaciones sobre política, literatura, deportes o aviación. Por último, el intersticio misterioso donde convergen los azares de la coyuntura de cada período histórico; la voluntad, la convicción y los sueños de un hombre; el poderío de las fuerzas sociales y políticas que traza los destinos notables, lo condujo al cargo más alto de la política: la presidencia de la República.

Aquello que se asemeja a una apretada presentación del autor, constituye un ejercicio indispensable para comprender y analizar “Bolivia 1982 – 2006: democracia”, que Carlos me ha conferido el honor de presentar esta noche y en el cual me anota un agradecimiento tan generoso, que sólo la amistad lo explica.

En efecto, el caleidoscopio de las facetas del autor sirve para dar cuenta de los niveles y los alcances del libro. Se lee como la historia política contemporánea, narrada con el lenguaje ágil, ameno, atento al detalle revelador, de la crónica periodística. Esa amplitud puede seducir por igual a sus estudiantes universitarios, a sus antiguos colegas de la comunicación, a políticos e investigadores, y en última instancia, a cualquier lector o ciudadano con un mínimo de curiosidad por los personajes, los hechos, las evoluciones y las inflexiones del país.

Comienza en la tarde que Hernán Siles, con los papeles desordenados, leyó el discurso de posesión como presidente y coronaba la terca lucha del pueblo por alcanzar el puerto democrático, al cabo de los cuatro años más caóticos de la historia, tantas veces heroicos y muchas veces, trágicos.

Sin ceñirse a la delimitación de períodos presidenciales, estudia este tiempo a partir de la coyuntura que enfrentó cada presidente, analiza las principales realizaciones, así como las debilidades y los problemas. Al eje cronológico, suma un segundo, de capítulos temáticos, que abordan temas decisivos de la política y la sociedad: la causa marítima en el campo internacional; en el ámbito local, las demandas regionales o las reivindicaciones indígenas que, siempre presentes como fuerzas tectónicas, se agudizaron en el inicio del siglo XXI en un ambiente polarizado, de intensas movilizaciones, a veces convergentes, a menudo contrapuestas, y cuyas réplicas no han concluido, a lo sumo, se han apaciguado.

El balance de la cronología del subtítulo, 1982 – 2006, se presenta en claroscuro, sin exaltaciones enceguecidas ni condenas fáciles. Son cuentas honestas. Allí figuran los defectos que con frecuencia, y con razón, se le endilgaron al primer cuarto de siglo democrático. Un sistema de alianzas partidarias para gobernar, que no son malas ni perversas en sí mismas, al contrario, se inscriben en el genoma de la democracia, pero que se envilecieron hasta convertir el reparto de los cargos públicos en su leitmotiv. La agobiante presencia de ciertos actores de la comunidad internacional que intervinieron en demasía en la política local y dejaron un gusto amargo en la ciudadanía.

También se destacan los logros. Al menos tres se subrayan con énfasis. El primero, y fundamental, la conquista de la libertad, ejercida, disfrutada, de una manera sin precedentes, considerada consubstancial a la esencia de la democracia. La acompañó la voluntad consensuada de construir una institucionalidad moderna y con vocación de servicio público, que ofreciera garantías de imparcialidad y justicia al conjunto de actores, más allá de las preferencias del gobierno de turno, en repetidas ocasiones, contra esas inclinaciones. Por último, la puesta de piedras angulares de la inclusión social y territorial que cambiaron progresivamente la faz de la historia nacional y hacen del gobierno de Evo Morales tanto la ruptura como la continuidad del legado de 1982 – 2006. En la perspectiva larga, han sido hitos clave que, hoy sabemos, no son caminos lineales ni de una sola vía.

El autor completa el análisis con el repaso de las condiciones del contexto internacional y económico en el cual transcurrieron las décadas iniciales de la democracia. De particular y grave impacto sobre las oportunidades de políticas públicas, los planes gubernamentales, las condiciones socioeconómicas de la población, fueron dos crisis económicas. La primera coincidió con el retorno a la democracia y colapsó el modelo del nacionalismo revolucionario; la otra estalló a fines del siglo XX y quebró el esquema de economía liberal. Las secuelas de ambas tardaron años en desaparecer, lastraron la gestión pública de varios gobiernos y realinearon el sistema de partidos.

El libro pasa de la descripción y la explicación en tercera persona al relato en la primera persona del singular. Ineludible cuando uno se convierte no solo en testigo, sino en protagonista de primera línea de la política y la historia. Llegan las páginas donde la imparcialidad y la distancia retroceden, aunque permanece la honestidad intelectual. Son los momentos dedicados al ingreso a la política y la valoración de la gestión gubernamental. La escritura adquiere un ritmo vertiginoso, a la altura del torbellino de una época tormentosa; en simultáneo entreabre las puertas de la intimidad de la presidencia, es decir de su experiencia. El presidente comparte con franqueza con el lector sus angustias, sus temores; celebra los triunfos; recapitula las limitaciones que constriñeron los márgenes de acción; con veta incisiva, polemiza con los adversarios; cavila si otros rumbos pudieron ser posibles.

El título es engañoso. En apariencia, se cierra en enero de 2006, cuando Evo Morales juró como presidente. Pero el libro no es historia, o no es solo historia. Se adentra en la actualidad, aunque no exista un capítulo dedicado a este período, y quizá no sea necesario, por los constantes contrapuntos entre la fase anterior y la actual. Carlos Mesa hace un hincapié en los contextos muy disímiles de ambas etapas, en especial del clima económico internacional: de los exiguos precios para los productos de exportación a la bonanza inédita. Contrasta la diferencia de ambiciones, proyectos y de medios. Si resalta las notas críticas, en particular sobre el retroceso del pluralismo y el avasallamiento de las instituciones independientes por parte del poder presidencial, también subraya los aportes. Por encima de los lances políticos, menciona las características y los cambios que hicieron y hacen de las presidencias de Morales, en especial de la primera, un parte – aguas, con decisivas repercusiones para el futuro.

Al término del libro, el lector aprecia mejor los ejes centrales del recorrido de la vida política y social boliviana de las últimas décadas, los motivos para la satisfacción, algunas veces para el orgullo, y, conociendo al autor, tal vez menos para el desasosiego, que para la alerta y la advertencia ante los riesgos y los peligros. Por otro lado, comprende que la prosa ha juntado al periodista, al historiador, al político, pero a través del tamiz del hombre que ya desprovisto de la banda y la medalla, rinde cuentas a la sociedad, deja testimonio para la historia y se compromete en el debate sobre el futuro de la democracia boliviana, que tan hondo cala en su ánimo, compromiso y vocación.

 

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