Colombia: Celebrando la Paz

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No hay precio que no se deba pagar por la paz. El Presidente Juan Manuel Santos con un coraje extraordinario apostó por conseguir lo que varios de sus antecesores intentaron sin éxito, y lo hizo sobre la base de una convicción y sobre los riesgos de un eventual fracaso. A su vez, las FARC conscientes de su situación real, decidieron negociar en serio esta vez sí con la intención de cerrar la larga y sangrienta página de más de medio siglo de guerra interna.

Como suele pasar en estos casos ¿se acuerdan sus protagonistas de la razón de ser de la organización de un movimiento guerrillero para combatir al Estado? ¿Hay alguna línea de continuidad que vincule a los combatientes idealistas de los años sesenta con este ejército envilecido por la violencia ciega, los secuestros desquiciados y los vínculos descarados con el narcotráfico? En 1964 la definición ideológica del naciente grupo rebelde era el marxismo leninismo, el foquismo y el ejemplo de la Revolución cubana…ideales desfondados hace mucho.

¿Se puede rememorar con orgullo la acción de las Fuerzas Armadas colombianas obligadas a jugar a veces el mismo juego? ¿No es terrible saber que el ejército protagonizó en muchos momentos una guerra sucia con, por ejemplo, los llamados “falsos positivos” (jóvenes universitarios secuestrado, asesinados cuyos cuerpos eran “identificados” como de militantes de las FARC)?

Desde los esfuerzos de los años noventa hasta hoy esta larga y fructífera negociación en La Habana con importantes mediadores internacionales (mérito para Noruega, Cuba, Chile y Venezuela), ha corrido mucha sangre de colombianos.

Irónicamente el principal adversario del proceso de paz, el expresidente Álvaro Uribe, la hizo posible. La razón: él y –otra ironía- su ministro de Defensa Juan Manuel Santos, entonces el más duro de su gabinete, llevaron adelante en su gobierno las acciones militares más importantes –y controvertidas- que acorralaron a una guerrilla que una década antes era dueña de casi un tercio del territorio colombiano. Al fin de su mandato Uribe había debilitado a las FARC de manera irreversible y había diezmado a sus cabezas militares. A partir de esa realidad los jefes guerrilleros supieron que nunca volverían a recuperar el poder que tuvieron y que su posibilidad de ganar la guerra era cero.

El debate intenso y polarizado de la sociedad colombiana, ha sido el de las responsabilidades jurídicas de quienes firman la paz. ¿Por qué liberar de cargos a criminales de guerra? ¿Por qué viabilizar políticamente a quienes derramaron tanta sangre colombiana? ¿No es imperativa una reparación a los millares de víctimas de las FARC? Las preguntas tienen sentido, pero en una negociación de paz de esta naturaleza y con esos antecedentes, las cesiones eran imperativas e inexcusables. Eso es una negociación, no para recibir a cambio un plato de lentejas, sino para ganar la paz, una paz anhelada por un país agotado, harto de un conflicto sin sentido, que ha perdido toda racionalidad y que carece de justificativo moral alguno.

El gobierno de Santos estuvo dispuesto a negociar sabiendo que tenía que hacer concesiones. Preparó para ello un escenario que es fundamental, la justicia transicional y los efectos del post conflicto, en otras palabras un contexto sensato y amplio en el que Colombia pueda manejar la paz, en el que las partes, victimarios y víctimas, puedan aprender una nueva convivencia en la que se establezcan responsabilidades sin inviabilizar el camino del desarme, de la reinserción y de la viabilidad política del futuro. El precio a pagar de aquí en más será alto y, por supuesto, muchos de quienes sufrieron la brutalidad de las acciones de los rebeldes no aceptan hoy ni aceptarán mañana este acuerdo. Sin embargo, para la mayoría de los más de 45 millones de colombianos es, por fin, el cierre de una larga noche de pesadilla con la que la nación ha tenido que convivir, y a pesar de ello avanzar en un camino de desarrollo, crecimiento económico, mejores condiciones de vida y el ejemplo de lo que un gran país puede hacer por su presente y su futuro.

No hay cosa más terrible que el miedo a la paz, que la coartada alimentada por un afán justiciero de venganza, para tomar la equivocada bandera de la “búsqueda de la derrota definitiva del enemigo”. Si algo debiéramos haber aprendido los humanos es que ningún precio es más bajo que el diálogo, la negociación y la consecución de la paz. La idea de tener una causa justa y avalar la “guerra santa”, cualquiera que esta sea, a nombre de una verdad absoluta y revelada, no lleva a otra cosa que al holocausto horroroso del que la historia está jalonada.

La paz en Colombia es una extraordinaria noticia, es el testimonio de que siempre es posible sacar lo mejor de nosotros mismos para encontrar una solución, la causa mayor, que termine con la violencia irracional cuyo único saldo es el dolor y la muerte.

 

 

 

 

 

 

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