Borges, 30 Años, el Otro, el Mismo

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“Sabía que otro – un Dios – es el que hiere/ De brusca luz nuestra labor oscura / Siglos después diría la escritura/ Que el espíritu sopla donde quiere./ La cabal herramienta a su elegido/ Da el despiadado Dios que no se nombra/ A Milton las paredes de la sombra/ El destierro a Cervantes y el olvido/ Suyo es lo que perdura en la memoria/ Del tiempo secular. Nuestra la escoria”.

¿Y a Borges?… El otro, el mismo, el círculo inmenso de pasillos, el arcano descubierto en los anaqueles, la vida prestada, escudriñada, descubierta, creada y recreada, olvidada y encontrada. Para Borges la memoria es una cadena que nos ata al principio, que es el nexo indisoluble de la creación. Borges es siempre el otro, parte de una entidad que ha alimentado su imaginación y lo ha conducido a la realidad fantástica, atrapada siempre en los confines arbitrales de un principio y un final implacables, que sólo pueden redimirse en los otros, parte íntima de uno mismo.

En 1969 escribió que su libro El otro, el mismo (1964) era el libro que prefería, a pesar de reconocer que se trataba de una compilación que recogía escritos en diversos “modos” (sic). Probablemente el sentido de esa selección es la idea central del propio autor en ese prólogo: la identidad que perdura. Para entenderlo hay que asumir la compleja idea del tiempo borgiano, un círculo, un laberinto, una entidad que no se define ni exacta ni necesariamente por el transcurrir, sino por la agregación, por la invasión de mundos repetidos.

Tomemos aquellos poemas que el propio Borges escogió como la bitácora de esta obra magnífica (ni más ni menos que muchas de las otras, las mismas, que escribió a lo largo de su vida).

El poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ Esta declaración de la maestría/ De Dios, que con magnífica ironía/ Me dio a la vez los libros y la noche”. ¿Dios? Tras esa estremecedora y cáustica imagen, sigue… “Algo, que ciertamente no se nombra/ Con la palabra azar, rige estas cosas;… suelo sentir con vago horror sagrado/ Que soy el otro, el muerto, que habrá dado/ Los mismos pasos en los mismos días”. Es uno, es el otro, somos todos, pero no, en realidad es el que sigue la senda de aquellos que recibieron los libros y la noche.

El poema conjetural: “Yo Francisco Narciso de Laprida/ Cuya voz declaró la independencia… Yo que anhelé ser otro/ Ser un hombre de sentencias de libros, de dictámenes/ A cielo abierto yaceré entre ciénagas/ Ya el primer golpe… que me raja el pecho/ El íntimo cuchillo en la garganta”. El destino, el azar, es juego permanente en la reflexión del poeta. El que quiso ser un juez y encontró la muerte en la batalla, envuelto en la bandera de la independencia… ¿Es un lamento o es más bien una sorpresa?

Una rosa y Milton: “Quiero que una se salve del olvido/ Esa flor silenciosa, la postrera/ Rosa que Milton acercó a su cara/ Sin verla… deja mágicamente tu pasado/ Inmemorial y en este verso brilla”. La flor recogida de la historia, de la presunción de un momento, de la literatura, llega a esta lectura para preservarse. Escojo una flor, la escribo, la hago inmortal, me burlo del tiempo, del tiempo de la flor perecedera, parece decir el vate.

El otro tigre: “Pienso en un tigre… (en su mundo no hay nombres ni pasado/ Ni porvenir, sólo un instante cierto)”. El tigre de Borges, animal de eterno presente, no es el tigre fatal, es el de los versos, el de su vocativo, no el verdadero de caliente sangre. El autor ha decidido crear un tigre de ficción, no una criatura, es también parte de un sueño, aunque, insiste, no cejará en buscar al otro tigre (otra vez el otro), el que no está en el verso.

Límites: “De estas calles que ahondan el poniente/ Una habrá (no sé cuál) que he recorrido/ Ya por última vez, indiferente/ Y sin adivinarlo sometido”. Es una despedida, es el sentido único de la muerte que en Borges tiene, como una campana que le machaca los oídos, una significación inequívoca: “Creo en el alba oír un atareado/ Rumor de multitudes que se alejan/ Son los que me ha querido y olvidado/ Espacio y tiempo y Borges ya me dejan”. Es como una maldición y se llama olvido…

Junín: “Soy, pero soy también el otro, el muerto/ El otro de mi sangre y de mi nombre/ Soy un vago señor y soy el hombre… Vuelvo a Junín donde no estuve nunca, a tu Junín abuelo Borges”. Es el que no estuvo, lo es porque es su abuelo, porque no hay ruptura posible en ese circuito complicado de la temporalidad literaria y de entraña de Borges.

Podría seguir con esas páginas iniciales en las que el poeta destaca aquellos poemas que le merecen unas líneas de explicación o de disfrute, pero prefiero quedarme con uno: el Golem, en el que el nombre, lo nombrado prefigura y contiene “y todo el Nilo en la palabra Nilo”. El ser amasado por Judá León es la búsqueda de hacer lo que Dios, alguien a su imagen y semejanza. Golem fue llamada la imagen, un simulacro, pero con vida. El rabí condujo a Golem al conocimiento, pronto se lamenta el autor de tal engendro: “¿Por qué a la vana madeja que en lo eterno se devana/ Di otra causa, otro efecto y otra cuita?”. Otra vez la cruda ironía, de nuevo el diálogo implacable que confronta la idea de Dios. El absurdo, la calca de una engorrosa imperfección, que es lo que somos.

No hay para Borges otra ruta que ésta que repite situaciones y momentos como las ruinas circulares, pero siempre dentro del cristal en el que se desgrana la vida: “Todo lo arrastra y pierde este incansable/ Hilo sutil de arena numerosa/ No he de salvarme yo, fortuita cosa/ De tiempo, que es materia deleznable”. El olvido, al fin será, aun para Borges.

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7 pensamientos en “Borges, 30 Años, el Otro, el Mismo

  1. Borges en su integridad cuando apoyaba la dictadura de PInochet, refiriendose a Chile y al dictador.
    “En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita (…). Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”
    “El es una excelente persona, por su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho”

  2. Leer a Borges puede ser un ejercicio de subjetividad, sin la cual es dificil entenderlo. Pero, entender en este caso es creer en una interpretación de su pensamiento, una de muchas. Por ejemplo el “Aleph”, es una historia corta, por supuesto de ficción, y que se aproxima más bien a ciencia-ficción desde mi punto de vista.

    Después de leer el Aleph pensé que todo aquel que quede impresionado por ese atisbo del infinito habría captado la esencia de lo escrito. Pero, ahora creo que cada persona puede encontrar algo diferente, lo cual no le resta mérito pero si vale como reflexión personal. Este ejercicio intelectual puede justificar el leer Borges y que uno quede satisfecho puede ser otro motivo.

  3. Si el pasado, presente y futuro, están inmersos en la paradoja del tiempo, aquel; donde se “engendra, acciona y goza eternamente el espíritu”1, éste y el olvido, se alojan definitivamente -anejados- en ese eterno silogismo, donde uno es parte del tiempo y el tiempo es parte de uno.

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