Fiesta es Cultura, sin “También”

 

Publicado en el suplemento “La Ramona” del periódico Opinión de Cochabamba el 9 de septiembre de 2012

En un extenso artículo** publicado el pasado 2 de septiembre en Opinión bajo el título “Fiesta También es Cultura”, Marcelo Guardia Crespo, refiriéndose a una entrevista que me hizo ese medio en abril de 2012, indica que “Mesa…no dudó en ignorar todo lo que es indígena o popular-mestizo (en la cultura boliviana)”,

para reafirmar, en el contexto de quienes reescriben la historia y se suman al imaginario del “año cero de la Revolución” marcado el 22 de enero de 2006, que el reconocimiento de lo indígena, mestizo y popular como expresión de creación y práctica cultural es aceptada recién ahora. Repite, igual que quienes quieren consagrar una nueva historia, que hay un “discurso oficial” sobre la cultura boliviana, del que -afirma- soy parte.
Es el riesgo de juzgar a alguien por un fragmento y no por el todo. Para comenzar lo invito a leer las páginas 115-126, 613 y 714-715 de la octava edición de nuestra Historia de Bolivia. Pero, algo más, si hubiese investigado antes de despacharse con tanta soltura sobre mi interpretación de las culturas bolivianas, hubiese leído el libro Territorios de Libertad (1995) en el que dedico dos capítulos expresamente al tema de culturas e identidades. Me permito extraer un fragmento de esa obra (escrito once años antes del “año cero de la nueva historia”) que demuestra que el empoderamiento de la fiesta como hecho creativo indígena-mestizo es muy anterior al 2006, y que mi posición sobre el tema nada tiene que ver con lo escrito por Marcelo Guardia Crespo.

Carnaval: los nuevos caporales*

Cascabeles en las botas, pecho semidescubierto, saltos acrobáticos, el mundo a los pies….Los caporales están en las calles. Por primera vez, los cuatro puntos cardinales de la ciudad han sido tomados por un baile que había transitado solamente por la vereda de lo popular. Una estética, una forma de expresión que había estado expresamente omitida como reflejo de la totalidad de la sociedad boliviana, empieza a transformarse en un símbolo de identidad. La identidad es, en esa dimensión, un proceso de construcción muchas veces inconsciente. El caso del carnaval es un notable ejemplo de cómo una nación va construyendo sus paradigmas entre el enfrentamiento, la captura y la mutua conquista.

El carnaval tal como lo entendemos y valoramos hoy va parejo a la evolución de una sociedad enquistada por siglos, que fue progresivamente asumiéndose en su realidad. La superposición de fiestas rituales del mundo campesino, de fiestas religiosas católicas y el carnaval traído de occidente, terminó por conformar lo que hoy es orgullo de todos. Así, comienzan a confluir quienes no solo no se tocaban sino que se rechazaban, el patrón no bailaba con el pongo, el patrón imitaba las mascaritas, pierrrots y colombinas venecianos (los cholos inventaron en cambio, con un original y bello toque propio, el pepino), mientras en el campo quechuas, aymaras y orientales bailaban en una sinfonía de colores y de ritmos musicales absolutamente distintos, la perpetuación de su pasado. Ni unos ni otros sospechaban que la dinámica del folklore terminaría derrotando esos compartimentos estancos. Así, el danzanti, los diablos y los morenos, trasladarían al mundo indio la colisión cultural con occidente, y un auto sacramental que refiere la derrota de Luzbel se transformaría en el símbolo pagano religioso más caracterizado del carnaval más famoso del país. La fiesta de la Virgen del Socavón fue prestada al carnaval, mientras los arlequines eran derrotados por los bailarines descolgados del altiplano y los valles en las grandes ciudades. El carnaval a la europea que La Paz, Cochabamba y Santa Cruz desarrollaron exclusivamente para “gente bien” fue inevitablemente desplazado. La revolución de 1952 dio un espaldarazo a ese cambio con la irrupción de los festivales indígenas. Las plumas multicolores, las tarkas y las quenas dejaron de están aisladas en el ámbito rural, pero siguieron todavía como música de indios y para indios. El patrón comenzó a ver, mal que le pesara, a los excolonos circulando por las calles de “sus” ciudades al ritmo de una música monótona y repetitiva para sus oídos.

Imperceptiblemente los aymaras y quechuas se encholaron en la ciudad y la impregnaron de sus elementos culturales, pero, igual que en las viejas ciudades coloniales, sus fiestas y celebraciones no rompían los límites de la muralla ya inexistente infranqueable de los viejos barrios de indios impuestos por el Virrey Toledo. Al despuntar los años sesenta Oruro, por ejemplo, era ya un carnaval importante, pero los caballeros los ignoraban. Bolivia se mostraba mestiza cada vez con menos vergüenza de si misma.

Hacia mediados de los setenta, Oruro y Santa Cruz habían construido ya una tradición carnavalera, en los Andes con la fuerza del pasado colonial mestizado, en el llano con la influencia de la Tarasca ( remembranza europea del Apocalipsis), los aires afros del Brasil y una lógica “aristocrática que todavía pervive.

Cuando en La Paz la fiesta del Señor del Gran Poder cruzó el río Choqueyapu y logró que sus bailarines bajaran por la Mariscal Santa Cruz y el Prado, la fiesta chola había comenzado a ganar una batalla que obligó al ex-patrón a aceptar que “su ciudad” quizás nunca había sido suya.

De pronto, los estancos se abrieron. Los jóvenes de la clase media primero y de la burguesía después, descubrieron la sensualidad y el erotismo de determinada música folklórica. La promesa a la Virgen del Socavón de bailar por lo menos tres años en Oruro, que había sido resorte de la minúscula clase media y acomodada de Oruro, comenzó a extenderse lentamente a las ciudades más próximas. En tanto, una Virgen “advenediza”, la de Urkupiña, era la patrona de la nueva fiesta estrella en Cochabamba. El carnaval se alarga en el año y se vuelve una rueda (como la de la fortuna) en la que los extremos se tocan.

A la vuelta de un par de años, la burguesía paceña y cochabambina empiezan un proceso de apropiación. La música mestiza ha seducido a los ex-patrones, que finalmente bailaran en la misma fiesta con sus ex colonos. Han pasado varios siglos y una revolución para que eso ocurra. En el ínterin una estética de espectáculo sensual-sexual con aire de carnaval de Río ha ido tomando lugar en la fiesta india. La aparición de travestis, el progresivo y desbocado reducir de las polleras hasta convertirlas casi en cinturones que exhiben a plenitud las piernas enfundadas en medias de nylon y bombachas de primorosos encajes blancos, han impuesto una nueva idea de belleza en un carnaval que seduce a todos. En poco tiempo las señoras respingadas y los caballeros que jamás en su vida hubieran sospechado que se matarían por enfundarse botas doradas y con ruido de cascabeles, toman las calles y bailan e inventan pasos y transpiran y disfrutan y aman el baile más que la vida misma. Bailar en Oruro es un honor, aunque les toque el puesto 47 precedidos por ex mineros relocalizados, dueños de flotas y micros y prósperas maestras mayores de mercado. Los estudiantes toleran siete aplazos pero no el rechazo de una comparsa en la entrada universitaria. Las ciudades de occidente han sido tomadas por el carnaval mestizo. Unos se apropian de otros. Aún en Santa Cruz, la saya intenta una valerosa presencia en medio de la tradición camba.

Aunque por ahora los ex-patronos sólo bailan de caporales, con el látigo en la mano por si las dudas. No son ni chutillos, ni llameros, ni auqui auquis. Han escogido un baile en el que la belleza y la soberbia se mezclan. Al fin y al cabo cada cual intenta representar su propio papel, aún en el carnaval.

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* Extraído del libro de Carlos D. Mesa Gisbert, Territorios de Libertad, La Paz 1995, Edición de PAT y Banco BISA, pp. 83-86.

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Un pensamiento en “Fiesta es Cultura, sin “También”

  1. Resulta interesante leer este articulo justo ahora que se polemizo lo mestizo. Es como para acercar a los ojos de todas las autoridades actuales que indican que este termino es solamente racial. No hay necesidad de indagaciones historicas para saber que el carnaval, tan nuestro, es de origen europeo pero en nuestro medio se transforma y adapta, creando un mestizaje cultural. Y los caporales que se popularizaron tanto, son la muestra de mestizaje por excelencia pues tiene origen africano pero ahora, como explica Mesa, es un baile preferido y que evoluciona ante nuestros ojos. Lo mestizo se difunde y no le importa fronteras pues hasta en Chile se interpreta este baile. Y Evo mismo participo en estas muestras de mestizaje (no muy brillantemente a decir verdad) al cantar coplas que aunque con letra actual son de herencia europea. No creo que se necesite explicar mas, Bolivia ha sido y sera inevitablemente, con el tiempo, mas mestiza, aunque este gobierno no quiera contarlos en el censo.

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