El Contenedor de la Felicidad

Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 24 de abril de 2011

Cuando aprendí a caminar no tenía conciencia de que caminaba. Cuando encontré la luz la disfruté sin saber lo importante que era ese instante, sin más. Ambas cosas son tan cotidianas como esenciales. La vida suele ser una extraña suma de acontecimientos en los que el dolor y el sufrimiento tienen más espacio que el placer.

Muchas veces nos preguntamos qué es la felicidad, pretendemos que la felicidad es la máxima meta humana que se vincula el amor, la fe, la espiritualidad, o en el otro polo, la pura sensualidad. La felicidad en realidad es un paso transitorio, ínfimo en el tiempo y probablemente una mezcla de sensaciones en las que lo físico-químico y lo mental van de la mano.

Otras tantas veces nos preguntamos sobre el sentido de la vida y la respuesta está frecuentemente referida a cuestiones trascendentes, a la filosofía del ser, por ejemplo. Eso, cuando lo intelectual se sobrepone, las más de las veces la pregunta es desechada o simplemente no se la plantea nunca. Otra vez. Mover la mano y levantarla es algo que valoramos cuando nos cuesta mover los dedos, cuando estos se paralizan, cuando el cerebro da una orden y la mano no responde. Todos los demás días en los que la mano se mueve y es capaz de atar un zapato, acariciar una piel o abrir una puerta, asumimos que es un hecho insignificante casi inconsciente que pasa desapercibido a nuestra propia percepción de lo que hacemos.

Somos cuerpo más allá de cualquier otra consideración. Aún si aceptáramos que es el envoltorio de un alma superior que busca la perfección, del cuerpo dependemos no ya para transcurrir en la vida, sino para definir lo más importante de todo, nuestra entidad individual. Cuando el cuerpo se consuma, lo que vendrá es para la mayoría -en nuestra elaboración de seres vivos- la trascendencia, la divinidad, el más allá, una vida después, por encima de esta vida material que la tradición cristiana define como un valle de lágrimas (culpa aparte, no es una lectura muy descaminada del camino cotidiano del vivir).

Pero, he aquí el meollo de la discusión, la única pregunta que me parece válida y cuya respuesta no es difícil de adivinar, es si después de abandonar el cuerpo material, suponiendo que la trascendencia es ese regalo maravilloso que todos merecemos por haber vivido, podemos ser lo que hoy somos. No, claro que no podemos, el envoltorio corporal, o el cuerpo como esencia, es inescindible de nuestra entidad como seres humanos con personalidad propia, con conciencia, con un pensamiento que nos hace quienes somos. Todo nos lo podrán arrancar menos la cabeza, y esta sólo podrá vivir si tiene los órganos que alimentan su vida, sin esa combinación dejamos de ser quienes somos. Si de verdad gozamos después de la muerte de ese regalo de la trascendencia (y asumimos que no habrá un infierno en el que suframos por toda la eternidad), esa otra vida sería la de una entidad individual (¿Sería individual?) que podría ser muchas cosas o una sola pero no será nosotros, o yo, como ser intransferible con una conciencia de ser quien soy.

Para ese premio no estoy preparado, para esa hipótesis simplemente no hay cabida, porque la oferta no garantiza la permanencia del yo individual. En consecuencia, podrá ser atractiva como esperanza colectiva, pero muy poco en lo que se refiere a la preocupación de lo que uno es, no sólo para sí ,sino para con los demás. La sangre de mi sangre, quienes me engendraron y a quienes engendré, con quien los engendré, no tendrían posibilidad alguna de reconocerme en ese nuevo universo prometido.

La razón, todo hay que decirlo, es enemiga mortal de esa opción magnífica –según se vea- de llegar más lejos que nuestro imperfecto y finito envoltorio físico. Si, pero la razón puede también destocarse ante la increíble maquinaria de ese execrado contenedor al que se le atribuyen tantas miserias y al que reputan de ser casi infinitamente “pecador” y –carne mediante- portador de todas las tentaciones y los males. Si falla, y claro que falla, caemos con todo contra su fragilidad, sin reconocer lo que por nosotros ha hecho durante tantos años. Los hay que sólo habitaron un cuerpo mutilado o deforme, o una cerebro incompleto, es verdad, mayor razón para apreciar lo que tenemos hasta que lo tengamos.

Mi recuerdo más lejano es -cuanto puedo escarbar en mi memoria- un recuerdo asociado a una fotografía de mi tierna infancia (probablemente es una trampa de la mente que construye pasados a partir de relatos escuchados más  que de experiencias realmente vividas). Recuerdo entre brumas el rostro de mi madre y su sonrisa, recuerdo entre brumas el calor de una tarde en el viejo barrio de San Pedro en una casa conventillo, escucho en la lejanía las voces de mi hermano y el patio de nuestros juegos, todo aparece en fogonazos.

La felicidad podría ser, ahora que lo pienso, esos recuerdos que testimonian la explosión de la vida, la certeza de este presente y la seguridad de que este mi cuerpo soy yo y de que no hay posibilidad alguna de serlo sin él.

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6 pensamientos en “El Contenedor de la Felicidad

  1. Lovely lecture Mr Meza. Wish you all the luck, and thanks for always keeping a straight neck, despite all the circunstances. By the way, if you were elected president, are you going to run from it again? I may just vote for you next time. Only wondering

  2. Es un texto impresionantemente hermoso y profundo que convoca a detenerse a meditar en la inmanencia que encarnanos; pero, al mismo tiempo, y es lo más increíble, se proyecta a la trascendencia que buscamos.

    Intelectual, filósofo y poeta, así te descubro en las líneas que nos regalaste.

  3. Que lindo artículo! Sabes Carlos, muchas veces he pensado en las mismas cosas, especialmente desde que mi amado hijo mayor murió.

    He llegado a una conclusión: La vida no sirve si uno la vive sin sueños e ilusiones. Mi sueño, mi ilusión, están ahora representados por la confianza de mi corazón en que Dios existe, en que esta pascua de resurrección me renueva sus promesas de vida eterna, y que yo, simple mortal, tengo oportunidad de vivir eternamente debido a que existe esta promesa.

    Hay dos hechos. Uno, el que esta vida es muy corta y dos, que después de esta vida hay muuuuuucho tiempo. Como soy un poco matemática, me gusta tomar siempre la opción mejor. Es decir, si yo cumplo con mi parte y soy mejor persona, amo a mis semejantes y les hago bien, en caso de que la promesa de Jesús de llevarnos en su carro de oro por su casa llena de amor sea real y se cumpla, al haber sido lo mejor que puedo, El me llevará en su carro y seré feliz eternamente.

    Si no se cumple su promesa, entonces igual he tenido el honor de hacer algo bueno con este mi cuerpo imperfecto, que en la medida de su imposibilidad de perfección me permitió sentir, amar, llorar, reir…

    Asi que estoy yendo por el premio mayor: mi vida eterna con Dios, al lado de Jesús mi hermano, y con la posibilidad de abrazar de nuevo a mi hijo que se fue, solamente a guardarme un lugarcito hasta que me toque el turno.

    Un abrazo,

    Jacqueline

  4. Muy buena reflexión. Es que se trata de eso, de que somos insustituibles y eso es la identidad, en este tiempo que está de moda los identitarismos, peligrosa visión que puede llevar a los comunitarismos, ver, Libia, Siria, etc. es pertinente su ensayo sobre el sentido de la vida y tiene profundidad política. Felicidades!

  5. Gracias Carlos te admiro mucho por tu trayectoria, leyendo este articulo llego a la conclusion de que debemos tomar en cuenta muchas cosas en la vida, este articulo me ha hecho reflexionar sobre la vida y lo que uno tiene que valorar. Gracias

  6. Tus palabras en definitiva alimentan la gran cuestion de debate de que somos seres en constante busqueda de lo imposible, el definir erroneamente “nuestra felicidad” como un fin, sin permitirnos disfrutar desde dentro de nuestros procesos y darles siempre esa sensacion tan vivida y envidiable de nuestros primeros encuentros con la vida.

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