La Esquiva Modernidad

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Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 12 de diciembre de 2010

El pensamiento “neo arguediano”, de acuerdo a la lógica de lectura de superficie sobre el intelectual e historiador más vituperado de nuestro pensamiento, combina una mirada despreciativa de lo boliviano con una postura intrínsecamente racista.

Arguedas, mal que nos pese, se ha convertido en una especie de martilleante conciencia de nosotros mismos. A diferencia de lo que pasó con la generación del 98 española, que hizo una lectura desgarrada del desastre de la guerra hispano-estadounidense que terminó de hundir el imperio español, pero que hoy nadie en España usa para reflexionar sobre el actual momento que vive la península, la mención de Arguedas sigue vigente, nos sigue doliendo, irrita tanto o más que cuando fue uno de los grandes protagonistas del pensamiento boliviano. Por eso, es imprescindible preguntarnos el porqué de esa herida abierta que su sólo nombre sigue marcando.

Mucho tiene que ver la naturaleza de nuestra propia discusión conceptual. Por alguna razón, estamos enzarzados siempre en el pasado, nuestras cuitas sociales y políticas se hallan encadenadas a la profundidad de unas raíces que parecen haberlo condicionado todo. La historia no es un referente indispensable de lo que pasó, sino que está en el centro de nuestras más encendidas pasiones.

Esa es una de las razones que no nos permite avanzar. Nuestras propuestas de futuro están teñidas de ilusiones y utopías de pasado. Parecemos no comprender la naturaleza del transcurrir del tiempo y la necesidad de entenderlo como un camino de cambio permanente, en el que las circunstancias son siempre distintas. Sólo si supusiéramos que somos una sociedad congelada en un determinado momento de la historia, tendría validez la discusión a propósito de reglas, condiciones y propuestas adaptadas a la intemporalidad separada en el espacio del resto de las sociedades.

Si Arguedas vuelve de modo recurrente a nuestra mente para enzarzarnos en admoniciones, acusaciones y amarguras, es porque asumimos que lo que valía en 1910 vale hoy, lo que demostraría una incapacidad de la sociedad boliviana de entenderse a sí misma.

El riesgo está en que podemos ir tras una quimera en el sentido estricto del término, un “mundo perfecto” que está sólo en la mente de quienes lo conciben prescindiendo de la terca realidad. Valdría la pena discutir en este contexto la propia lectura de lo que entendemos por pretérito y por nuevo, por moderno, en suma. La palabra modernidad ha cobrado varias sinonimías, una de las cuales se liga con la idea de que se trata de un artificio creado por Occidente para justificar su propia mirada del mundo. En la medida en que la fuerza de una cultura se apropia de un término le da contenidos. Eso ha ocurrido en este caso. Pero ocurre que estamos viviendo un momento de transformaciones de una profundidad tal, que los parámetros del dominio occidental sobre las ideas matrices de lo moderno, no sólo están en cuestión, sino que atraviesan una grave crisis.

En el centro de la discusión teórica está nuestra propia adscripción. ¿Dónde estamos? ¿Qué somos desde el punto de vista de la cultura, del pensamiento, de nuestra constitución social? Vivimos un eufórico momento de negación de Occidente, nos negamos a nosotros mismos como parte de Occidente. Algún intelectual definió a América Latina como el Occidente Extremo. Creo que, más allá de la calificación, lo somos, no sólo por un imperativo geográfico; parte del hemisferio occidental y unidos geográficamente a la primera potencia occidental, sino que hemos construido nuestro ideario libertario sobre premisas occidentales. Pero el criterio de “Extremo” como palabra sumada a “Occidente” tiene que ver también con la peculiaridad de la complejidad de nuestro corpus histórico, mucho más intenso aun al estar en el corazón del área andino-amazónica. Cualquiera de las dos líneas es riesgosa, la que pretende una mirada exclusivamente occidental por afirmación radical, o la que la niega con la misma radicalidad. La construcción de la idea de lo moderno es imprescindible para poder encarar el futuro sin mirar adelante con el espejo retrovisor.

Arguedas –ejemplo tomado intencionalmente- sirve como una conciencia que más de una vez descalifica, pero sirve además como advertencia de lo peligroso del debate. Anclarse en posiciones arguedianas o antiarguedianas es reducirse, es abdicar de la posibilidad del futuro. El referente no puede convertirse en el centro. En tanto no hayamos matado nuestro propio complejo de pasado, no seremos capaces de encarar el camino a recorrer. Esto quiere decir que es inexcusable aceptar que formamos parte de una entidad presente alimentada por brazos que no se contraponen sino que se complementan, son ya inseparables, están ligados entre sí como los músculos, los huesos, los nervios, la venas, las arterias, las articulaciones, el todo corporal de una sociedad alimentada por formas esenciales que literalmente se encarnaron.

El pasado no puede ser una prisión, el futuro debe ser una opción a encarar sin complejos, sin mala conciencia. Bolivia debe encontrar su propia forma de modernidad, sin execrar la palabra, porque el contenido se lo debemos dar nosotros mismos.

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Un pensamiento en “La Esquiva Modernidad

  1. Decía un servidor público (hace un año), en referencia a la intensión masista de cambiar el “La España Grandiosa” del himno cruceño, que las pretensiones no se quedarían ahí. Si no que el deconstruccionista pretende “reinventar” la historia en si. Sostenía, el servidor público, que habría que modificar la parte de nuestra historia boliviana que establece el rol de los criollos y mestizos (blancos) con respecto a la independencia y al nacimiento de la República. Sindicando a los mismos como oportunistas y advenedizos a la revolución como tal. Y estableciendo que “indios”, “indígenas” y seguramente hasta Hatun Curacas fueron quienes realmente -exclusivamente- estallaron y lucharon la revolución.

    Pero no señor! La historia, así como su verdad identitaria, no pueden ser concebidas como meras membresías al “club de los resentimientos e imposturas sociales”.

    En la “Plurivia” de hoy se promueve una abrupta imposición, una versión, del “pretérito (boliviano) ruin”. El programa deconstruccionista del oficialismo es una muestra clara de lo que llamo disforia social; es decir un cierto sentimiento de aversión, el de los deconstruccionistas, para con su esquema identitario (social) real. Esa antipatía social, con respecto a su verdad identitaria, hace que los deconstruccionistas proyecten (con reniego y resentimiento) versiones tan abigarradas, como así amorfas de lo que pretenden hacer creer al resto.

    Es por esa facilosidad interpretativa y argumentativa de lo que acontece, y que invita hacia muchas veces lo desconocido, hacia algo que es en demasía dañino -la modernidad-. Es por ello que se llegan a producir infecciones sociales que corroen, especialmente, la latinoamericanidad, con sus valores modernamente acuñados.

    Este último tiempo la sociedad mundial se está viendo afectada por este cáncer “moderno”. Por el cual todos piensan que la política, la ideología, la conducta y la vida misma pueden ser un dibujo libre al más grosero apetito. La parafernalia de la “todología” y los esbozos de “intelectuales” baratos inventólogos y verborreicos.

    Un mundillo donde se intenta fervorosamente normalizar lo anormal y crear más anormalidad. A partir de la indiferencia, la ignorancia y del asentimiento aletargado del rebaño.

    La -progresiva- modernidad es un sistema que tiende a la barbarie.

    La tradición y las costumbres -reales- están ausentes, más no extintas. Pero llegará el tiempo de la necesaria reordenación preceptual y valorativa, llegará…

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