Boliviano (a). Mucho Más que un Gentilicio

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Publicado en Página Siete y Los Tiempos el 8 de agosto de 2010

La idea de edificar un “nuevo país” es una obsesión en el proyecto nacional que desarrolla el gobierno. A estas alturas, está claro, sería un absurdo negar la evidencia de que se están produciendo transformaciones muy profundas que nos obligan a todos a plantear el debate intelectual y el debate político en este nuevo escenario. Por eso, no se puede ni se debe pasar por alto que el proceso iniciado en 2006 tiene características de importancia equivalente a los dos grandes proyectos nacionales recientes, el de 1952 y el de 1982.

Vano es ya proponer una descalificación de algo que dejará una secuela en el tiempo, como vano sería presuponer que ese camino de cambio está consolidado en el sentido ideológico que pretenden imprimirle sus protagonistas.

Hay dos cuestiones esenciales que están en juego. La primera, el destino de este arriesgado experimento social que se lleva adelante sin brújula, con un líder que no es totalmente consciente de la profundidad y dimensión de lo que está en juego y en medio de un salto al vacío sin red. La segunda, es la pregunta en torno al ser boliviano. Una pregunta elemental que debiera dar lugar a una respuesta clara, es hoy la pregunta del millón y su respuesta una gran incertidumbre.

La razón que lo explica no está referida a nuestra posición ante el gobierno y el Presidente, sino ante nosotros mismos y ese es quizás el talón de Aquiles más notable de este enredado proyecto: nuestra identidad nacional.

En función de un objetivo comprensible en los tres últimos lustros, se construyó un discurso cuya fuerza era demostrar la diferencia, sostener la tesis de que el gran modelo del mestizaje como unificador de la nación propuesto en 1952 se había agotado y que, si bien es cierto, había cumplido un rol fundamental de transformación e incorporación del corpus boliviano en su conjunto, olvidaba la diferencia como inherente a las comunidades humanas que habitan nuestro país. El esfuerzo de procesar la idea que se concretó en la Constitución de 1994: Bolivia multiétnica y pluricultural, fue también cuestionado. Para ello se apeló al radicalismo. En realidad somos muchas naciones dentro de la nación, dijeron los teóricos del nuevo modelo. El concepto, atractivo sin duda, se forzó a una realidad en la que una cosa no es la otra. La idea de muchas naciones en un escenario de país urbanizado (más del 70%), de población indígena abrumadoramente andina en su origen (96 % de todos los indígenas de Bolivia), llevó a un diseño artificioso de la diferencia con la invención de treinta y seis naciones y pueblos “indígena originario campesinos” (pasaremos por alto la cacofonía y la incongruencia sociológica de los tres términos convertidos en un concepto), equiparando comunidades de millones con grupos de una veintena de miembros.

A ese artificio se sumó una incomprensión básica del discurso del poder. El “nosotros” de Morales no fue nunca un “nosotros los bolivianos”, sino un “nosotros los indígenas”, o en el mejor de los casos “nosotros los oprimidos”. Al no generarse un mensaje que incorpore y que identifique, se profundizó la diferencia que devino en polarización. Pero más allá de la polarización política, lo que se produjo es una gran confusión a propósito de nuestra identidad. El reconocimiento de las identidades particulares, necesario y positivo, no vino acompañado de la afirmación fundamental de la identidad de todos. El asunto se agravó cuando de modo deliberado los ideólogos del 2006 propusieron una interpretación de la historia por la negación. Al “dejar en el pasado” (preámbulo de la Constitución) a la Colonia y la República, no con  un sentido de asumirlo como algo ocurrido, sino en función de descalificarlo, dejó sin “piso de identidad” al conjunto, no sólo no indígena, sino también indígena. La cosmovisión de los bolivianos, para ponerlo en términos caros a los “revolucionarios” de hoy, pasa para todos sin excepción y necesariamente por ambas etapas. El gobierno no ofreció, en consecuencia, un camino para resolver las heridas de un pasado pendiente, de las cuenta con la historia que aún no se han cuadrado, sino por el contrario, escogió pelearse con una parte de la historia e idealizar la otra.

Consecuencia, enfrentamos un problema gravísimo ¿Qué somos realmente los bolivianos? ¿Qué nos une? ¿Por qué tiene sentido que un colla, un camba y un chapaco apuesten por esta nación común? Si niego aunque sólo sea parcialmente el sentido de su fundación como ente político y jurídico el 6 de de agosto de 1825 y lo defino como una “independencia en el papel”, quito el piso sobre el que se sustenta la idea de Bolivia, y me vería obligado a pensar en las entidades políticas y territoriales prehispánicas que obviamente no coinciden con el actual territorio de Bolivia, cuyo eje político, social, económico y cultural, pasa inexcusablemente por la Colonia.

Por esa elemental razón y por muchas otras de carácter especifico e histórico, debiéramos empezar con urgencia por sacar de la Constitución a la wiphala como símbolo nacional, que divide más todavía si cabe a nuestros compatriotas, y dejarla como lo que es, el símbolo de aymaras y quechuas, de una parcialidad, no del todo. Pero eso es sólo el principio, lo simbólico. El problema es mucho más grave. Si los gobernantes no se dan cuenta de ello, corremos serios riesgos de fracturar la unidad espiritual y material de los bolivianos.

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