Paradigmas de Desarrollo en un Mundo en Crisis

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Publicado en Nueva Crónica en julio de 2010

Es recurrente en la mirada latinoamericana al panorama global, la cuestión de los paradigmas de desarrollo y en consecuencia, la filosofía del bienestar.

Una de la hipótesis más socorridas es la de partir de la base de cuestionar los dos grandes modelos propuestos por Occidente al mundo durante el siglo XX, el socialismo y el capitalismo. La primera y apresurada conclusión fue que el desmoronamiento del andamiaje del socialismo real en 1989, pareció en principio, cerrar el debate sobre las bondades y opciones de uno de los dos modelos.

En cambio y coincidentemente con ese descalabro, reapareció con toda su fuerza la propuesta liberal occidental. Neoliberalismo, se la bautizó y de ella se hicieron primero grandes cantos de alabanza y luego execraciones que aún no han llegado a su paroxismo, aunque por momentos lo parezca.

Pero, tras el descalabro de la arquitectura del llamado “Consenso de Washington” y las grandes falencias de la aplicación ortodoxa del llamado neoliberalismo de fin de siglo en algunas naciones latinoamericanas, vinieron contra propuestas ideológicas que rescataron la vapuleada utopía socialista, pretendieron reflotar específicamente el experimento cubano y aderezarlo con una puesta al día en la definición aún en construcción  (si tal construcción teórica realmente existe) del “socialismo del siglo XXI”, cuyas variantes más significativas son la de Venezuela, que ahora transita por los caminos del marxismo, por lo menos de boca para afuera, y la de Bolivia, con sus complejidades étnico culturales y la formulación que busca crear (nominalmente ya lo hizo) un Estado Plurinacional basado en lo que es todavía una entelequia, el “socialismo comunitario”.

Este giro pendular continental tiene como sustento esencial el debate  –cosa muy común desde hace décadas- entre dos interpretaciones. La primera y más radical, que dice que estamos ante la agonía final del modelo capitalista expresada en el desmoronamiento de su paradigma central de crecimiento y desarrollo, con el colofón incontrastable del apocalíptico calentamiento global. Es pues tiempo, sigue la premisa, de comenzar a construir un nuevo modelo, ya no desde Occidente, sino desde el eje latinoamericano para América Latina.

La segunda interpretación  es menos categórica, afirma que el capitalismo ha vivido varios momentos de crisis, más o menos graves, y que éste es uno de esos momentos, del que saldrán, como siempre ha ocurrido, respuestas que resuelvan esta crisis y pongan de nuevo en marcha el gran motor de la economía de mercado y el liberalismo político, aunque se los pueda atenuar con regulaciones razonablemente fuertes y límites razonablemente rigurosos.

Se trata en cualquier caso de posturas que sobre simplifican la complejidad de cada una de las dos corrientes en cuestión. Primero, porque en una perspectiva teórica la utopía socialista expresada por el marxismo y sus variantes de pensamiento, mantiene vigencia en muchas de sus premisas esenciales, que tienen que ver básicamente con la construcción de un bien común universal y un bienestar basado en la igualdad entre los hombres. Si vamos a la otra fuente primaria, Smith, su base filosófica es también una premisa ética de la búsqueda de la felicidad y el bienestar que en última instancia es equivalente al objetivo socialista.

El capitalismo, por otra parte, se ha expresado de muchísimos modos, tanto en el ámbito político como en el económico y social. A más de la democracia política y la libertad económica, también ha experimentado capitalismo de Estado y dictadura política con economía abierta. En este contexto, está claro que la distancia entre la mirada política de los Estados Unidos y sus dos grandes partidos, y la de parte de Europa, en particular desde la visión social demócrata, es significativa, pero no al punto de ser contradictoria en los términos. Los socialdemócratas (que aplican en economía gran parte del recetario del capitalismo), apostaron a la premisa de la construcción de un Estado del Bienestar que marca las responsabilidades del Estado, su papel en la sociedad y en la economía y sus objetivos socialistas en los mismos términos generales que los del socialismo real, aunque sus resultados fueron bien distintos hasta hoy –la libertad individual hace buena parte de la diferencia entre uno y otro modo- como se ve si estudiamos por ejemplo a los países nórdicos. Esto demuestra que tener una mirada unívoca sobre el capitalismo es errado.

Pero el problema nuclear no está allí, está en la lectura que pretende hacer sinónimo entre capitalismo y calentamiento global, capitalismo y descalabro ecológico, capitalismo y sobreexplotación de las naciones menos desarrolladas o, peor que eso, en concreto sobrexplotación de los oprimidos dentro de sus propios países, o capitalismo y migraciones masivas y un largo etcétera.

Veamos. Las zonas más devastadas ecológicamente del planeta están en lo que fueron los países socialistas, la sobreexplotación y la falta de derechos básicos de trabajo y seguridad social se pueden ver con nitidez también en la China comunista de hoy, inmersa en esa paradoja la economía ultra liberal y la dictadura ultra draconiana con graves recortes de las libertades individuales. China y la India se han sumado al club de los países con mayores emisiones de CO2, junto a Estados Unidos y Europa. En naciones de “izquierda” de nuestra región, es el caso de Brasil y Bolivia, en el periodo previo a la primavera se registra el mayor número de focos de calor como producto de los chaqueos con grandes emisiones de CO2, desbosques y grave daño ambiental.

En otras palabras, la idea de que nuestro futuro pasa por la sustitución del capitalismo, no toma en cuenta –otra vez- la complejidad de nuestros desafíos. Lo que es cierto es que el paradigma capitalista no se puede sostener más y que en consecuencia es indispensable una respuesta estructural en los países desarrollados, boquiabiertos y paralizados por las sucesivas crisis de 2008 y 2010, pero a la vez, debe ser respondida por nuestras naciones con ideas aplicables y no demagógicas.

El gran drama es que ni el liberalismo avaricioso ni el liberalismo socialmente responsable pueden sostener déficits crónicos, gasto público e inversión y generación de empleo productivo y digno. Pero no nos equivoquemos, el socialismo tampoco pudo obtener resultados benéficos con sus métodos, en todo caso, si el primer modelo esta en la picota, el otro está ya enterrado.

Pero lo que no está tan claro es que la sustitución de ese paradigma contradiga la esencia filosófica de Smith que partía de una lógica hasta hoy incontrastable. No hay utopía posible que pueda dejar de lado la naturaleza humana. Es aceptándola, potenciando sus elementos creativos buenos y restringiendo, limitando y legislando sobre sus naturales impulsos destructivos –y sólo así- que podemos proponer un salida al laberinto. Eso, sin embargo, hasta hoy no se aplicó en puridad, pero fue –aún con esas observaciones- un camino que logró superar las restricciones de Malthus hace un par de siglos.

La primera conclusión es que no hay salvación individual, la segunda conclusión es que la negación de las bases del pensamiento Occidental es absurda, como lo es la negación en su centro de cualquier pensamiento generado en el mundo. De lo que se trata es de proponer nuevos paradigmas que serán inevitablemente heterodoxos. La tercera conclusión es que la voz de los países no desarrollados cuenta y contará cada vez más, siempre y cuando una racionalidad colectiva domine cualquier formulación de futuro y siempre y cuando se entienda que éstas pasan inevitablemente por el mundo desarrollado.

La lección de oro que le hemos dado a ese mundo desarrollado, occidental y no occidental (el Asía fue y es un jugador clave en ese escenario) es que la soberbia, la autosuficiencia y la prescindencia de las voces de los más débiles, ha sido suicida para ellos y criminal contra nosotros.

La pregunta más terrible, sin embargo es ¿Vamos camino a la respuesta de salvarnos juntos, o a la respuesta monstruosa de que no hay espacio para todos y que el camino a la tierra prometida pasa por la exclusión de los más débiles en la vieja tradición del darwinismo social?

La respuesta humanista dada además desde el Sur está clara, luchar por la salvación común con todas nuestras armas legítimas y con todas nuestras fuerzas concentradas.

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