Mangabeira y una Utopía Social

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Publicado en Página Siete y Los Tiempos el 11 de julio de 2010

Hace algunos días en Buenos Aires conocí a Roberto Mangabeira, teórico social brasileño. Quedé sobrecogido por su lucidez, por su construcción metodológica de estilete, por su crudeza al hablar, por su claridad, por su propuesta polémica y desafiante.

Algunas de sus premisas van a contramano del desarrollo contemporáneo, proclive a creer que la globalización nos conduce a un destino de disolución de los estados nacionales sólidos como una respuesta a la mundialización. Para empezar  propone una nueva izquierda que descarte los dos caminos de las izquierdas contemporáneas, la recalcitrante y trasnochada anclada en premisas dogmáticas que rechaza, ciega, la realidad del mundo globalizado y la economía de mercado, como si ese voluntarismo pudiera hacerlos desaparecer. Critica también a la izquierda contemporizadora con el modelo mundial, cuyo único esfuerzo es la “humanización” de los mecanismos del mercado. Cree en un tercer camino, una izquierda capaz de reorganizar la economía de mercado y redefinir el rumbo de la globalización.

A partir de ese gigantesco desafío, Mangabeira da un salto que es en realidad la recuperación de una premisa filosófica decimonónica. Nuestro objetivo mayor debe ser engrandecer de modo integral al ser humano. La búsqueda de la igualdad y la justicia son caminos, no fines, subsidiarios de esa premisa mayor. Este giro en la lectura social plantea la transformación radical de las instituciones sobre tres premisas, la democratización real del mercado, la profundización de la democracia y la capacitación del individuo.

Si te quedas en la igualdad como fin, dice, estás capitulando ante el destino, de lo que se trata, es de conspirar contra el destino, eso es el progresismo. Esa es, añado, la verdadera utopía y sin duda la idea más bella de este filósofo social.

La receta, sin embargo, es más compleja, menos poética. La lógica no puede ser la simple ecuación “hidráulica” de más Estado y menos mercado o al revés. Se debe construir una nueva relación Estado-empresas, descentralizada, participativa y experimental. No es difícil de entender, no es otra cosa que una promoción de las pequeñas y medianas empresas. Abrir un espacio protagónico en esa relación marca la necesidad de una reorientación de la lógica estatal. El segundo paso –más polémico- es un repudio a la idea del enriquecimiento con el dinero de los otros, es decir la sustitución de la inversión externa mediante dos mecanismos, un acuerdo fiscal serio (piedra filosofal que me gustaría ver aplicada), y la segunda, la ruptura de un modelo basado en el extractivismo y el rentismo. Sólo la capacitación del hombre con una educación de calidad y excelencia, descentralizada y compatible con el gran proyecto nacional, permitirá ese salto. La búsqueda del industrialismo no debe apoyarse en la vieja lógica de la producción en serie, sino en un paradigma productivo basado en el conocimiento y en la innovación  permanente.

En agricultura, sostiene, de lo que se trata es de romper el falso dilema entre agroindustria y agricultura familiar, las características de la primera son posibles también para la agricultura en pequeña escala.

Su visión de la democracia parte de la idea de profundizar la participación, pero los mecanismos de la democracia directa no pueden en ningún caso romper con la democracia representativa, en tanto ésta es la garantía esencial de un orden democrático interno.

El cambio institucional debe ser local, nacional y global. Para hacerlo se requiere la construcción de estados nacionales fuertes que contrasten con fuerza las directrices universales en las reglas de juego de la economía abierta, de modo que el crecimiento sea incluyente y equilibrado.

El disenso y no el consenso forzado son saludables y necesarios en las relaciones internacionales.

Pero ese Estado nacional fuerte no debe estar basado en el caudillismo, la hipercentralización y la imposición vertical, sino en lo colectivo, que movilice la constitución de una sociedad cuya energía nazca de una necesidad de crear la palanca del engrandecimiento.

Países como Bolivia han ensayado varias de sus recetas con resultados más bien modestos, sobre todo porque la estructuración de ese nuevo orden de cambio y de esa exigencia transformadora se estrellan con uno de los problemas más graves de nuestra sociedad, el rescate de un pasado reinventado, la hipótesis ahistórica de la recuperación del paraíso perdido y no la construcción del paraíso soñado.

La imposibilidad de dar ese salto pasa por un hecho incontrastable. Carecemos de sentido de responsabilidad social y de deber ciudadano, confundimos participación con caos y violencia irracional, no hemos promovido un espíritu genuinamente democrático. Nuestro sistema de formación de recursos humanos está secuestrado por un mecanismo educativo arcaico, retardatario e inflexible. Será imposible la construcción de esta propuesta si nos empeñamos en confundir las cosas y los caminos, si avanzamos de modo fragmentario, si seguimos aplicando el paradigma desarrollista del pasado, y si no nos damos cuenta de que la diversidad interior no puede quebrar la consistencia del proyecto nacional. Mientras la izquierda recalcitrante y el discurso arcaizante sustentado por una persona nos dominen, esta utopía será sólo eso.

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