El cerco, siempre los cercos

El quiteño Ignacio Flores, teniente coronel del rey, tras larga y dura peripecia militar impuso la bandera real en la ceja de El Alto y bajó a la ciudad el 30 de junio de 1781. Quedaba todavía un largo vía crucis, el segundo cerco de septiembre y octubre, la prisión de Bartolina Sisa, la apertura definitiva de la ciudad por el teniente coronel José de Reseguín, la prisión de Tupac Catari delatado por uno de sus hombres y su muerte decretada por el alcalde paceño Tadeo Diez de Medina,

quien dispuso  el descuartizamiento del caudillo y ordenó que su cabeza fuera exhibida en una pica en los altos del cerro de Quilliquilli, el brazo derecho en Achacachi, el izquierdo en Sicasica, la pierna izquierda en Caquiaviri, la derecha en Chulumani y el tronco del cuerpo reducido a cenizas y esparcido al viento.     

Esa marca de fuego, retrato de una sociedad desgarrada, quedó para siempre en nuestras almas, en las de todos, en las de sitiadores y sitiados, como un brasero que no se apaga y que sin que se sepa muy bien cómo nos ha inundado el subconsciente de temores y de odios. Por eso resuena tan fuerte el rumor incesante de una posible poblada bajo el mando del jefe indígena vestido a la española de cabriolé, peluca y sombrero de tres picos (bajo el nombre simbólico de Mallku), arrasando el valle de Chuquiago y sus habitantes, que alguna vez Ignacio Flores pensó que debían irse para siempre de La Paz y dejarla abandonada, porque no valía la pena defensa de lugar tan desolado.

Una y otra vez, como el espasmo brutal del parto, o como la dura agonía que anuncia la muerte, la ciudad enfrenta su sino trágico. El precio de ser la ciudad capitana y el costo del triunfo histórico de la guerra Federal que nos trajo de hecho dos de los tres poderes del Estado a los pies del Illimani, lo pagan sin cesar sus habitantes a un costo material y emocional que agota las fibras de la esperanza y los arrastra a una desazón perpetua.

En los cuarenta y cuatro años de democracia hemos vivido la realidad de la invasión, el cerco y el sitio. Hemos estado y estamos bloqueados. Ocurrió en las jornadas de marzo de 1984 cuando miles y miles de mineros tomaron la ciudad. Ocurrió en septiembre y octubre de 2000 cuando Felipe Quispe y Evo Morales bloquearon accesos y salidas de la urbe por más de tres semanas. Ocurrió en septiembre y octubre de 2003 cuando los mismos protagonistas sitiaron la ciudad por casi un mes. Ocurrió en mayo y junio de 2005 cuando se repitió la tenaza de la invasión y el sitio. Ocurrió en noviembre de 2019 cuando se volvió a estrangular el flujo del tránsito libre.

La frase demoledora, por ser a la vez una decisión criminal y una confesión, la expresó Morales, ya huido a México, cuando instruyó a uno de sus seguidores mediante una llamada: “hermano, que no entre comida a las ciudades, vamos a hacer cerco de verdad…”.

Nos ocurre hoy. Más de cuarenta días después de iniciado el sitio, concluimos que la estrategia de los gobernantes es resistir apostando por el agotamiento de los sitiadores. Pero la ciudad, las ciudades (el área metropolitana La Paz-El Alto-Viacha-Achocalla-Mecapaca-Palca) en ese contradictorio y perverso circuito de secuestradores secuestrados y sitiadores sitiados, asume en sus espaldas el peso de esta gigantesca y oscura losa, no la de este cerco, sino el sino de la historia circular e implacable que se repite sin cesar y que desangra el alma citadina. Se ha instalado en estos días, sin combustible, sin alimentos o con estos con el precio multiplicado por tres, con calles desiertas, basura acumulada, rostros demudados, un silencio ominoso que lo cubre todo cuando cesan los estallidos de cachorros de dinamita, gritos, palos, gases y agresiones a quien osa expresar su repudio a esta sinrazón.

Dudoso privilegio el de ser la sede de gobierno, ciudad repudiada por su centralismo y su supuesto poder para aprovecharse de los recursos de los demás departamentos del país. Muchos conciudadanos piensan lo mismo que Ignacio Flores, que deben irse para siempre de La Paz. Pregunten sino a los cientos de miles de paceños que viven en Santa Cruz, recibidos en una ciudad abierta y cosmopolita.

Miro la montaña que nos cobija con la certeza de que en esta tierra mía, la de mi nacimiento, tan mía como la de cualquiera de sus descendientes milenarios, herida por su sola condición, es necesario tener un temple especial, un alma preparada para resistir, para saber que este precio que pagamos, entregando nuestra vida a la idea de una comunidad que concibe un horizonte y un futuro compartido, es la única respuesta en estos días aciagos. Pero ciertamente, sería suicida aceptar que ese círculo despiadado es interminable. Es tiempo de remover cimientos y escombros y pensar este entrañable escenario urbano asentado tan cerca del cielo y con el infierno tan próximo, de otro modo. Pensar, en suma, una respuesta estructural que detenga este sinsentido.

Es un parteaguas, el de las decisiones. Quienes conducen el departamento y la ciudad, sus empresarios, sus medianos y pequeños productores, sus trabajadores, sus comerciantes, sus habitantes todos, estamos interpelados. No podemos encarar el futuro, anonadados. Somos herederos no sólo del trauma y la violencia, sino de quienes edificaron una ciudad que lideró la ruta histórica de Bolivia, en la construcción de la independencia y en su camino a la igualdad. Debemos empezar por reconstruir los lazos indispensables entre las dos grandes ciudades, La Paz y El Alto, que en lo esencial son una. Debemos también comprender que autolesionarse de manera sistemática es un suicidio lento pero definitivo y que si no tenemos una idea compartida hacia el mañana solo nos espera la debilidad y la incertidumbre.

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