Crisis y falacias argumentales

Carlos D. Mesa Gisbert

El problema del país, según le dijo Felipe Quispe en el año 2000 a la periodista Amalia Pando que lo entrevistó en la cárcel, era la existencia de dos Bolivias separadas por una brecha infranqueable. Lo ilustró de manera implacable: “No quiero que mi hija sea su empleada doméstica”.

Evo Morales lo dejó claro en su discurso inaugural como presidente el 22 de enero de 2006: “Estamos acá para decir basta a la resistencia. De la resistencia de 500 años a la toma del poder para 500 años, indígenas, obreros, todos los sectores para acabar con esa injusticia, para acabar con esa desigualdad, para acabar sobre todo con la discriminación, opresión donde hemos sido sometidos como aymaras, quechuas, guaraníes”.

Esas verdades descontextualizadas pueden parecer irrebatibles, por eso requieren de una serena reflexión.

El ustedes y el nosotros define en ambos casos dos visiones, dos horizontes diferenciados que cohabitan pero no conviven. La tesis es que no es posible articular esos dos mundos y que la realidad se expresa en el conflicto permanente y espasmódico, el del socorrido “empate catastrófico”. 

Si nuestra visión de esa confrontación con el Estado era la de la tensión social e ideológica, la de la pobreza y la marginalidad frente al poder de las elites, hoy se apoya en una supuesta vieja evidencia. La sociedad indígena -muy especialmente quechua y aymara- interpela con todo el derecho del mundo al gobierno capturado por los grupos de poder q’aras. Después de haber ocupado ese espacio durante veinte años, de la mano de Evo Morales referente de la indianidad y, como yapa, por el gobierno de Luis Arce, es un imperativo recuperar el poder, sea por la vía del voto, sea por la de la violencia en las calles y las carreteras, porque es el lugar que les corresponde por estirpe histórica.

¿Tiene fundamento este escenario? Los cimientos de nuestro traumático pasado parecen un referente relevante. El periodo en el que fuimos parte del imperio español y el periodo republicano hasta 1952, avalan un pasado de racismo y exclusión marcado por el perverso circuito sangriento de los levantamientos y masacres consecuentes, cuyos dos vértices son el levantamiento de Katari en 1781 y el levantamiento de Zárate Willka en 1899.

Pero hoy no se puede aceptar como bueno lo que los indígenas radicales afirman: que son la mayoría del país y los verdaderos dueños de esta tierra en la que los no indígenas somos apenas inquilinos. Más allá de la desmesura y la incomprensión de la premisa básica de la existencia de una nación (aún una plurinacional), de acuerdo al censo de 2024, el 38,7% de la población se identifica como indígena y el 61,3% como no indígena. Por primera vez en nuestra historia el departamento más poblado está en el oriente y no en el occidente, se trata de Santa Cruz con una población de 3.122.605 habitantes el 27,47% del total nacional. El área metropolitana de Santa Cruz de la Sierra, también la más grande, tiene una población de 1.939.139 habitantes. Una buena parte de ese total está compuesta por migrantes e hijos y nietos de migrantes del área andina, que fueron y siguen yendo a Santa Cruz. En este siglo es el espacio cosmopolita y abierto a las oportunidades que inyecta una nueva y vigorizante savia al mestizaje boliviano.

El hecho de que el eje del poder político esté en el área metropolitana La Paz-El Alto, genera una percepción de las cosas fuertemente cargada por el factor étnico, no solo por la realidad objetiva de la presencia significativa de población de origen aymara, sino por la evidencia de que las posiciones ideológicas indianistas más radicales han nacido y se alimentan hoy en el área de influencia de la región del Titicaca. Se trata de una distorsión muy grave de la realidad que aprovecha la fragilidad estratégica de la ciudad que alberga al gobierno nacional.

El otro factor obliga a volver a la consideración política de este último cuarto de siglo. La crisis iniciada en 2000 con los bloqueos de caminos protagonizados por Felipe Quispe en el altiplano y Evo Morales en el trópico cochabambino, la crisis de octubre de 2003 y el triunfo de Morales en las elecciones de 2005 que dieron lugar a la creación del Estado Plurinacional en 2009, marcó la insurgencia de un movimiento político que atrajo a una parte muy significativa del electorado, que se adhirió a la seductora propuesta de cambio que ofrecía el MAS. La diferencia con el MNR del 52 fue relevante. No se trataba de un gobierno que representaba a los indígenas, era un gobierno de los indígenas conducido por un indígena. Nótese el énfasis. Muy rápidamente un núcleo radical copó espacios de decisión e inclinó con mucha fuerza al gobierno masista a una posición teñida del discurso étnico de amigo-enemigo. Esta postura sostenía algo muy poderoso. Por primera vez en la historia los indígenas sentían en lo más íntimo que ese gobierno salía de su entraña. Era una cuestión de piel, de identificación esencialista. Morales había nacido en Isallavi en un retazo del duro altiplano orureño, en una casa con piso de tierra y sobre un cuero de oveja.

La opción de los ideólogos de ese gobierno (uno de ellos un q’ara en toda regla, Álvaro García Linera) no era integrar, tender los puentes que no se habían tendido, cerrar heridas y construir un espacio común, el que los hechos estaban tejiendo sin prisa pero sin pausa desde 1952. Actuaron en la dirección opuesta. Se dieron cuenta de que la fidelidad tanto emocional como genuina de aymaras y quechuas, garantizaba por lo menos un 20% muy sólido de su fuerza electoral y de su capacidad de movilización. Durante veinte años se llevó adelante un adoctrinamiento del que el país no tiene conciencia. El discurso de odio, de descalificación de cualquier valor occidental (“occidente es la cultura de la muerte”), de mitificación del pasado “originario”, de legitimación del derecho a la revancha, es de una profundidad tal que ha permeado en colegios y universidades de todo el país, en los medios estatales vía radio, televisión y redes sociales, profundizando la narrativa de una historia maniquea de los 500 años: “Así conformamos nuestros pueblos, y jamás comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia…dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal” (preámbulo de la Constitución promulgada en 2009).

Pero la realidad es testaruda. Bolivia no es sólo la castigada sede de gobierno, es mucho más, es una sociedad mestiza cultural y étnicamente, es ya una geografía ocupada en casi su totalidad, con población en plena dinámica de crecimiento en el norte, el este y el sur del territorio, estableciendo una presencia que hace medio siglo era recién un proceso en desarrollo. Pretender que los jóvenes indígenas que se sienten y son parte de un mundo contemporáneo competitivo, tecnificado y globalizado, que buscan y logran oportunidades, posibles gracias a instrumentos como el celular, la computadora, el transporte sofisticado, la internacionalización del comercio, el intercambio de experiencias económica, sociales y culturales, se niegan a sí mismos, es un despropósito. La sociedad boliviana no sólo está en el camino de la modernidad (que por supuesto no excluye la permanencia de valores heredados de una largo pasado indígena), sino que es consciente de que su futuro pasa por una construcción colectiva y un horizonte común.

¿Es menos indio un vecino del Plan Tres Mil en Santa Cruz que uno de Villa Ingenio en El Alto? No se requiere renegar de nada, el imperativo es construir un futuro común. No es un deseo, es lo que demuestran los hechos.

Las minorías radicales que agreden al país con bloqueos que vulneran los derechos más elementales de sus conciudadanos, con un sitio a la sede de gobierno, irracional y punible por la ley, no son ni la mayoría del país, ni la mayoría de los quechuas y aymaras. La brecha étnica no es parte de nuestro imaginario. El discurso en esa dirección es un artificio que la discutible habilidad de un expresidente que, descalificado por la historia y su propio comportamiento, trata de hacernos creer en el despropósito de los “dueños” y los “inquilinos”. 

No se puede ya concebir Bolivia sin el pujante oriente que es hoy Santa Cruz. Pero también en los nueve departamentos se teje un presente mucho más esperanzador que el de estos días atribulados que vivimos en La Paz y El Alto. Más allá de lo que ocurra en el tiempo corto, la idea de que es imposible un horizonte para todos, es parte de una falacia que el futuro se encargará de desmantelar. Es en tiempos de desaliento en que se aprecia el triunfo histórico que es el hecho mismo de la existencia de Bolivia.     

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