El Crimen que nos pone en Jaque

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Una de las mayores aspiraciones de América Latina es hacer realidad un proceso de integración que le permita desarrollar de verdad lo que sus discursos plantean desde la raíz bolivariana de la unidad total, aun una utopía.

Irónicamente, es el crimen organizado el que está consiguiendo una integración operativa, económica y política de dimensiones inconmensurables en nuestro continente.
La region, caracterizada como el único continente sin guerras internacionales y en camino de resolver el saldo de sus guerras internas (caso Colombia), es sin embargo la zona más violenta del mundo. Basta medir el número de muertes sangrientas por cada 100.000 habitantes. Veintidós  de las veinticinco ciudades más violentas del mundo son latinoamericanas, casi el 90% del total. Tres de ellas, San Pedro Sula, Caracas y Sao Paulo, tienen mas de 100 muertes por cada 100.000. Un escenario pavoroso que tiene que ver con una estructura de redes en las que el narcotrafico aparece como el eslabón más fuerte, pero no el único de una cadena en la que están imbricados el sicariato, la trata de personas, la migración, el tráfico de armas, el blanqueo, el contrabando, etc. La realidad dramática es que el crimen y su poder económico han penetrado profundamente el sistema. Lo han hecho en la política, en la justicia, en las fuerzas de seguridad y aun en las tuerzas vivas de la sociedad.
Lo ocurrido en México con la masacre de los 43 jóvenes normalistas en el estado de Guerrero (cuyo desenlace pone todavía en duda buena parte de la sociedad mexicana, a pesar del informe oficial) es el retrato del horror en todas las dimensiones. Una acción de una brutalidad barbara, en la que el ultimo rasgo de humanidad ha desaparecido en el humo de los huesos triturados y calcinados de las víctimas, en la que el poder asesino y corrupto ha tomado a los gobernantes locales, a la policía municipal y al ministerio público, convirtiendo a quien debe garantizar el orden y la justicia en la más peligrosas de las amenazas contra la sociedad. México, hay que recordarlo, es la décimo tercera economía del mundo y la segunda de América Latina, es una nación con casi 120 millones de habitantes y más de 2 millones de km2 de superficie, con una rica historia y profundos procesos de desarrollo político, con una sociedad dinámica y un núcleo de liderazgo intelectual, artístico y social del más alto nivel. No se trata de un pequeño país perdido en el planeta. El ejemplo muestra el drama latinoamericano que asola casi todos nuestros países y ante el que es imperativo un camino de integración de otra dimensión.
Todo esto trae consigo como consecuencias abrumadoras la corrupción y la impunidad, que culminan con altos índices de inseguridad ciudadana, pone en jaque nuestras instituciones esenciales y acorrala a la democracia en su conjunto.
Vivimos la mayor amenaza contra la democracia desde que esta se recuperó al comenzar los años ochenta del siglo pasado. La respuesta no puede ser individual, sino de conjunto. Ya no nos podemos dar el lujo de esperar soluciones concertadas con países extra regionales. Ni Estados Unidos ni Europa sufren de modo tan directo este flagelo en el que, sin embargo, toman las decisiones que bloquean politicas autónomas por nuestra parte. Nuestro camino debe surgir de nuestra decisión, de una tarea compartida de integración en una lucha contra el crimen organizado en la que nos va la vida.
Sin embargo, no cabe espacio para la ingenuidad. La derrota de los criminales es la derrota del enquistamiento de ese poder en la política. Y, en consecuencia, no será tarea fácil. Demandará  un esfuerzo común de proporciones gigantescas que debe fundamentarse en una lógica radicalmente distinta de la impuesta y aplicada hasta hoy. Comienza por el narco, pero no esta referida exclusivamente al narco, tiene que ver con fortalecer el Estado penetrado y cada vez más débil, recuperar el control del territorio, terminar con los ‘territorios libres’, retomar el poder armado para la sociedad, desmantelar fuerzas policiales completamente copadas por los criminales, establecer nuevos lazos entre sociedad y Estado y asegurar el control de sus propios espacios.
Pero hay que ir aun mas lejos. El crimen se ha adaptado a las ideologías, es una falacia suponer que un discurso progresista te vacuna, como lo es suponer que lo hace un discurso liberal. Esta no es una cuestión de izquierda o derecha, es una cuestión de garantizar a la sociedad que el Estado es capaz de ofrecerle confianza y seguridad, sin que eso implique un recorte de su libertad. La ecuación parece imposible, pero hay que buscar respuestas, porque de lo contrario nuestras sociedades entrarán en la anomia, en el descrédito total de cualquier camino ofrecido desde el poder legal. Más allá de las ideologías, América Latina tiene que construir una propuesta ante el mundo, una propuesta capaz de poner todo cabeza abajo, capaz de cuestionar viejos paradigmas, capaz de encarnar una acción que compatibilice sus intereses con los intereses de las naciones más poderosas, y eso quiere decir que todo es posible, desde las respuestas moderadas hasta las más radicales, desde las posturas gradualistas hasta las de shock (que, por ejemplo, propugnan la legalización de las drogas). No se trata ya del experimento de unos pocos, sino de una revolución de todos. No habrá integración posible, si no se encara este desafío que no es la guerra clásica a punta de tiros y coleccionando muertos por millares y el dolor infinito de quienes sobreviven al horror, sino de decisiones inteligentes en el ámbito político, económico y social.
No será sobre una pirámide de cadaveres que desterraremos la violencia como si de un terrible tzompantli se tratara. Será sobre la responsabilidad compartida de una región pacifista que cree en la integración total para derrotar al crimen organizado.

 

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