Lidia Gueiler

Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 15 de mayo de 2011

Con la muerte de Lidia Gueiler se cierra una de las más notables páginas de la historia política boliviana. Paz Estenssoro, Siles Zuazo, Guevara y Lechín que a su turno ocuparon la presidencia o la vicepresidencia de la República, lideraron una generación política de una dimensión que se puede juzgar ya con la distancia histórica suficiente. Lidia Gueiler es la última presidenta de esa saga.

Quizás la palabra dignidad sea la que mejor defina el gobierno de Lidia Gueiler. Dignidad frente a la fuerza atrabiliaria de hombres armados, dignidad frente a las agresiones de un “jefe de la seguridad presidencial” que aún nos avergüenzan a todos, dignidad frente a los despropósitos del radicalismo político que con tanta facilidad se ceba en quienes tienen, a través de complejos equilibrios, que garantizar el futuro.

La Presidenta entendió perfectamente cuál era su tarea histórica, reencauzar un proceso democrático amenazado por todas las puntas, amenazado sobre todo por el maximalismo de quienes en el lugar que ocupaban se creían con derechos, desde el ético hasta el de la fuerza bruta, pasando por el cálculo político electoral o por la búsqueda de popularidad del sindicalismo más desbocado.

¿Pero cuál fue verdaderamente su toque mayor de dignidad? Sacrificar su propia imagen, su “obligación” de actuar con el rigor que la Constitución demanda, a favor de un bien realmente superior, la democracia y la paz para el pueblo boliviano.

Lidia Gueiler demostró entonces que entendía perfectamente el mandato de su hora política. Acompañada por un grupo de ciudadanos que (con algunas execrables excepciones) estuvieron dispuestos a encarar la tarea de llegar al puerto electoral y si era posible a la entrega democrática del mando, dedicó todos sus esfuerzos a trazar esa ruta. Supo desde el primer día, como lo había sabido Guevara que prefirió quemar las naves en el fuego de la idea subjetiva de cuál era la tarea que se le había encomendado, que había que hacer lo inverso, garantizar que las elecciones fueran limpias y que se llevaran a cabo. Alguien podrá decir que no logró su objetivo pues fue derrocada por uno de los golpes más nefastos de nuestra historia que lo primero que hizo fue anular los comicios, pero sí lo logró. Finalmente la democracia recobrada definitivamente el 10 de octubre de 1982, llegó de la mano del reconocimiento de la elección que había ganado Hernán Siles Zuazo en 1980, elección por la que Lidia Gueiler se jugó completamente.

Pero además, fue la primera y única mujer Presidenta de nuestra historia. No llegó al cargo por un acaso. Su vida como activista política y como mujer de partido se inicio en la década de los años cuarenta y siguió el intenso tránsito de la revolución y sus propias contradicciones. Gueiler se alineó en la crisis movimientista al lado de Lechín con la creación del efímero y poco destacado Partido Revolucionario de Izquierda Nacional (PRIN), para volver a las filas de la tradición histórica con Paz Estenssoro en la elección de 1979 que la hizo diputada y presidenta de la cámara baja.

No fue fácil ser mujer y Presidenta en un país todavía acorralado por el machismo más secante (del que no nos acabamos de desprender). Las críticas sobre su capacidad estaban casi siempre filtradas por una cierta mirada por encima del hombro por parte de los hombres. A diferencia de sus antecesores, no se cebaba en sus incapacidades reales o inventadas en el manejo del gobierno, sino en su condición de mujer, con toda la ambigua maledicencia de l peor humor popular.

El tiempo le dio la razón. Su espíritu democrático se tradujo en su vida política después de la presidencia (como parlamentaria y embajadora). La dignidad de la que hizo gala en el mando, fue parte de su vida cotidiana hasta el día de su muerte. Fue llamada por la historia para ocupar un lugar doblemente importante, como mujer y como política, y respondió adecuadamente a ambos en las peores circunstancias que imaginarse pueda. Para juzgar su gobierno es imprescindible valorar el momento de extrema crisis que le tocó. Pocos recuerdan en ese contexto la valentía especial que tuvo al encarar, en medio de la turbulencia y ante posiciones populares desmesuradas, una crisis económica que se preanunciaba y que terminó desencadenándose con toda crueldad. La devaluación monetaria que impuso en diciembre de 1979 fue el último esfuerzo sensato de estabilización antes del desastre, y lo asumió a sabiendas de que no le significaría ningún rédito personal sino todo lo contrario.

Las veces que conversé con ella sentí que había hecho carne de los valores democráticos, que cuando hablaba de su admiración por el pueblo boliviano (“ese pueblo maravilloso”) lo sentía de verdad, no era una frase para la platea. Siempre fue una mujer de acción en la política diaria, en la huelga de hambre (que alguna vez hizo) y en la barricada, pero cuando le tocó pensar en el Estado, fue una mujer de Estado.

Lidia Gueiler es un referente de la mujer boliviana, de sus valores, de su tenacidad y de su compromiso con una causa que en el inicio fue una bandera partidaria y una idea determinada de cambio, pero que en definitiva, en la hora grande, fue una vocación y una convicción por la democracia que nunca la abandonó.

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5 pensamientos en “Lidia Gueiler

  1. Estoy de acuerdo con las apreciaciones del Señor Carlos Mesa, es mar fué una mujer que supo sortear con capacidad el sin número de dificultades.

  2. Seguramente usted desconoce que la Sra. Gueiler fue espía del ejército según consta en la biblioteca del Sr. Gastón Velasco y tampoco sabe que ella fue expulsada de Alemania por haberse juntado a una mafia que contrabandeaba whisky. deshinrando su calidad de Cónsul en Hamburgo. Esto también está documentado en los anales del gobierno Alemán en su departamento de ralaciones consulares en Berlín. Un historiador debería investigar estas fuentes.

    • No es bueno confundir fuentes históricas con rumores o afirmaciones basadas en publicaciones de prensa. El señor Velasco, efectivamente, afirmó lo que usted dice en su comentario, pero nunca respaldó tales asertos con documentos de fuente primaria, es decir documentos desclasificados del gobierno alemán. Si usted tiene tales documentos, le agradeceré me los haga conocer, mientras tanto, como historiador en las investigaciones que he realizado, no tengo ningún elemento para aceptar como buenas las acusaciones que usted hace.

  3. Considero un justo y excelente reconocimiento a la personalidad de la sra. Gueiler, ojalá muchas mujeres bolivianas llegaran a ese sitial. las condiciones políticas de ese entonces muestran el temperamento de una mujer con valentía. El comentario(de Juan) no hace otra cosa que mostrar exactamente porque hoy Bolivia se debate en una confrontación de acusaciones sin fundamento, enlodando gratuitamente el honor de ciudadanos y ciudadanas que pusieron su granito de arena para vivir en democracia. Erradicar la confrontación debe constituirse en una consigna nacional, aprendamos a ejercer la democracia.

  4. Estoy muy de acuerdo que doña Lidia Gueiler ha sido y será un referente importante para comprender la histórica del país, sin embargo no me agradan los comentarios cuando sólo se refieren o resaltan su imagen por haber sido la “primera mujer” que ocupó la presidencia del país, porque creo que ella no llegó a ese sitial necesariamente por haber sido mujer, sino sobre todo por haber sido una excelente profesional en la política y como tal, haciendo abstracción de su condición de mujer hizo lo que un profesional con ética y principios tenía que hacer, no jugó, como dice Carlos Mesa, al cálculo político ni se sometió a las corrientes hegemónicas, tanto de derecha o izquierda, porque ella sabía que lo importante era construir una cultura democrática en un país con rasgos autoritarios. Hoy gracias a ella, podemos afirmar que para cumplir plenamente el ejercicio del poder es necesario asumir que éste es fundamentalmente de servicio por el bien común.

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