Han Pasado 30 Años, Luis

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Publicado en La Razón el 14 de marzo de 2010

Tenía una figura menuda, la piel blanca, casi transparente de tan blanca, los ojos profundos y una pronunciada nariz. Era rubio, muy rubio.

Luis Espinal era un hombre austero, poco estridente, poco amigo de la figuración. Radical de ideas y de alma, radical consigo mismo. Un “Santón” hubiera dicho de él Walter Guevara. Un hombre íntegro, pienso, algo tan difícil de encontrar en los días que corren. Íntegro porque hacía lo más simple y lo más difícil, vivir como pensaba y hacer lo que decía.

Es curioso, pero la imagen que de él queda para la historia es la que alguien escogió en un momento de modo arbitrario, la suya es la de la media sonrisa, el rostro demacrado, un medio mechón sobre la frente, la barba crecida y una chalina, la foto que le tomaron cuando salía de la huelga de hambre contra la dictadura de Banzer en 1978. Nunca usó barba y era de vestir atildado con un sempiterno traje gris claro.

Él y muchos otros compatriotas habían acompañado en esa huelga a Domitila y las cuatro mujeres mineras que hicieron historia. Yo recuerdo más intensamente y no puedo olvidar otra fotografía de esos días, aparecía en ella durmiendo, en plena huelga, tenía los brazos medio caídos sobre el pecho, se veía con el rostro tranquilo y el cuerpo inerte como si estuviese muerto. Dos años después, ese mismo cuerpo apareció en otra terrible foto, desnudo, golpeado, lleno de moretones. Estaba realmente sin vida. Su expresión en esa imagen tenía un rictus, el del sufrimiento. Era, es inevitable subrayarlo, una imagen parecida a algunos descendimientos de la pintura europea. Torturado, golpeado salvajemente, vejado y muerto. Esa fue la acción brutal de sus asesinos y el espíritu miserable e inhumano de quien decidió su muerte y quien la ordenó. Ese ha sido el sino terrible de los mártires, mujeres y hombres que salpicaron de sangre el camino para recuperar la libertad de nuestro pueblo.

Espinal, que había obtenido la nacionalidad boliviana la ganó para siempre, para la eternidad, en ese trágico 22 de marzo de 1980.

Siempre he pensado que no hay causa alguna que valga una vida, pero sé que la libertad que hoy tengo se la debo a miles y miles de vidas tronchadas a lo largo de la historia y me duelo de saberlo, porque siento el sabor amargo de la paradoja humana. Tantas existencias quemadas para lograr lo que debimos tener desde que aparecimos sobre la tierra y, lo peor, tantas vidas que aún veremos quemarse y perderse brutalmente por el capricho de los poderosos, por la inaceptable idea de que hay una sola verdad y que esa verdad, la que cada uno defiende, puede valer la imposición de un discurso, de un pensamiento, de una idea a costa de quién sea y como sea. O lo otro, la certeza de la brutalidad de quienes saben que sólo matando podrán permanecer en el poder que le han usurpado al pueblo por la violencia.

Luis hizo lo que tenía que hacer, dónde tenía que hacerlo; con el espíritu, con el pensamiento, con la voz. Luis habló en voz alta y dijo cosas terribles contra los atrabiliarios, los poderosos, los privilegiados de siempre. Pero hizo algo peor, fue insobornable. Pocos son los seres humanos que no tienen un precio y esos pocos, cuando abrazan una causa y no están dispuestos a matar ni a sojuzgar a nadie para imponerla, corren el riesgo de ser físicamente destruidos, porque no hay otro modo de callar su voz, que perfora, que hiere, que pega donde más duele, en las conciencias, denunciando y diciendo cosas que rebotan en los tímpanos de muchos una y mil veces y que, como siempre, los déspotas creen que pueden callar matando el cuerpo que alza la voz y habla por quienes no pueden hablar.

La vida de Luis Espinal quedó trunca. ¡Lo asesinaron vilmente! Y eso no tiene reparación posible. Nada nos lo devolvió, nada hizo posible que su integridad, su inteligencia, su compromiso social, su talento profesional como crítico, promotor de la cultura y realizador cinematográfico y por supuesto, su vida sacerdotal basada en la opción preferencial por los pobres, dieran todo lo que todavía tenían por dar.

Nada justifica la pérdida de una vida, nada. No creo que el martirio sea un camino para la germinación  de la justicia, la verdad y la libertad.

Pero, aún con esa convicción inalterable, sé que el asesinato de Luis es un  hecho que lo convirtió en un símbolo, demostró una vez más que no hay forma alguna de matar las ideas y que el fruto de esa muerte indeseada, siempre indeseada, quedó indeleble en esta tierra. Bolivia tiene en el modelo de Luis Espinal un referente, un ejemplo, tiene la oportunidad de mirarlo como debe mirarse, con el imperativo -paradójico es cierto- de celebrar la vida, de luchar todos los días porque no se necesiten mártires para construir una sociedad más justa.

Luis amó Bolivia y nos enseñó a todos, indígenas, mestizos y blancos, que el color de la piel y el lugar de nacimiento no significan nada, lo único importante es el sentido de cada vida. Porqué y para qué se vive. Luis vivió por Bolivia, para sus compatriotas, y de ellos, para los más desvalidos, discriminados y oprimidos.

Conocí a Luis Espinal a través del cine y fue un guía que recordaré siempre por todo lo que me enseñó sobre las imágenes en movimiento, pero aprendí mucho más de él como ser humano. Aprendí que el valor de un hombre está en su coherencia, no la de un día, sino la de todos los días, desde que naces hasta que mueres. A pesar de esa lección inestimable, nunca dejaré de llorar su muerte, porque perdí un maestro, un ejemplo, una persona a la que admiré y admiraré siempre.

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