Morales, pasado y futuro

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6 de diciembre de 2009, publicado en La Razón de La Paz

El país vota hoy. Todos sabemos lo que votará y sabemos también porqué. No es muy difícil adivinarlo.

Los vendavales suelen ser intensos, muy intensos y tras ellos queda una larga secuela. Este vendaval ha traído cambios sin duda alguna (todavía más del lado del simbolismo y de la retórica que de hechos tangibles), más allá de lo que sus propios protagonistas pudieron adivinar, más allá de sus propias propuestas, más allá de ellos mismos. Encontraron la historia y la historia los encontró a ellos, supieron aprovechar con destreza el viento, subirse a la ola y mantenerse en su cresta. El plural es una concesión. Quienes colgados de la chaqueta de Morales se sienten dueños de esta operación política – lo saben – son fichas prescindibles e intercambiables. Hasta hoy, los creadores del fenómeno electoral del 2005 y los que subieron al carro con gran oportunismo, simplemente lo capitalizan

El hombre muestra una historia personal fabricada para consumo interno e internacional cuya nebulosa es tan difícil de desentrañar como sus móviles íntimos como político y como ser humano. Lo que sí está claro es que se apoderó con sagacidad de un movimiento que sin saberlo estaba sustituyendo a la poderosa fuerza de la Federación de Mineros, aquella de la Bolivia popular que fue parte de una Revolución que compartió con el MNR.

Los cocaleros cuyo objetivo inicial era defender su producción en el Chapare, evitar los abusos del narco, desarrollar “razonablemente” la comercialización de la hoja y jugar a doble carta, la de la negociación y la presión con diferentes gobiernos y con la embajada de los EE.UU., a la vuelta de unos años se encontraron encabezando un movimiento que iba sustituyendo progresivamente a la debilitada COB. Los creadores del 21060, atrapados por el desplome de los precios del estaño, terminaron por incubar el huevo de su propia destrucción, los relocalizados fueron la tumba de los ideólogos del Estado pos 52. Luego aparecieron, ingenuos, aquellos que creyeron que aleccionando a los dirigentes de la coca podrían controlar el movimiento. No entendieron que en política si te encuentras con un ave de presa te enfrentarás al puro instinto, la frialdad y la falta de escrúpulos. Filemón Escobar puede dar fe de ello.

Morales construyó un liderazgo implacable pero eficiente y bien diseñado. Golpeó cuando tuvo que golpear, negoció cuando tuvo que negociar, esperó cuando tuvo que esperar, lanzó a su gente al abismo cuando lo creyó necesario y manipuló cuando tuvo que manipular. El país pagó por la cuota parte de esa confrontación de años. Determinación contra determinación ¿Por qué ganó uno y perdió otro?, porque además de la decisión cuentan los “idus”, los “buenos augurios”. La circunstancia que diría Ortega. Los dramas de los hombres están más allá de ellos mismos, la suerte es azar. Donde juega el ser humano es en la decisión que toma de hacer una cosa y no otra. Morales sumó además algo muy importante: Su razón suprema es el poder, indispensable para llegar a puerto. Que para él sea bueno o malo es algo que está por verse, que para Bolivia sea bueno o malo es algo que ya estamos viendo y aún no hemos llegado a puerto.

Un Morales tenía que llegar, podía haberse apellidado Quispe o Mamani o Condori o Choquehuanca. Estaba reservado, por obvias razones, el lugar del “primer Presidente indígena” a un aymara o a un quechua. Producto de 1952 y del proceso del país fue un indígena de sangre pero un mestizo de formación, tipo de vida, cultura, visión de mundo y lengua, mal que le pese. El Presidente apenas pergeña unas cuantas frases en lenguas nativas, su lengua es el castellano, impregnada de la estructura mental que le da su esencia indígena, pero castellano. Es un sindicalista de tradición organizativa occidental obrerista y por si fuera poco ligado a la coca, el producto más controvertido de nuestra sociedad. Es un machista sin rubor (ante el silencio cómplice de las feministas que apoyan a su gobierno). Es autoritario como corresponde a la vieja tradición prehispánica y colonial y tiene una característica adicional, su vida es la política a tiempo completo. Si a la razón política le conviene romper premisas que defendió cuando era opositor, pues olvida las premisas las niega en los hechos.

Ese camino no fue fácil, por supuesto que no lo fue. Fue la inusual ruta del éxito en un país terriblemente injusto, de un hombre nacido en la pobreza, sin educación académica que peleó milímetro a milímetro el lugar que hoy ocupa. Pero hasta ahora lo han dominado sus pulsiones humanas más mezquinas. Ni la generosidad, ni la mente abierta, ni el espíritu de diálogo y conciliación han marcado su estilo cuando fue vencedor; porque se puede entender las necesidad de una reacción áspera ante las torpezas de una oposición que en varios momentos fue miope, ciega al cambio, desestabilizadora ante la evidencia de que la mayoría del país apoyaba al nuevo Presidente, pero no se entiende cuando –vencedor- siguió con la idea de aplastar al enemigo. Morales no ha demostrado un espíritu democrático ni pluralista. La imagen del jefe Colla, Cari que decapitó a Zapana al conquistar Hatuncolla, puede más que la de Antonio José de Sucre que gobernó buscando el bien de todos los bolivianos.

Morales muy probablemente empezará el próximo 22 de enero su segundo gobierno. Si eso ocurre tendrá una segunda oportunidad. Para bien usarla deberá entender que Bolivia democrática sólo será posible sobre algunas premisas inexcusables: Ser construida por indios, mestizos y blancos, todos juntos y sin privilegios de unos sobre otros, con instituciones sólidas y poderes independientes entre sí, con autonomías reales equilibradas y solidarias y con alternancia en el poder. Si ocurre, no se debiera coronar por segunda vez un emperador, sino posesionar a un ciudadano con valores democráticos y republicanos. Morales debería olvidar agravios reales e inventados y cubrir su alma de humanismo.

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