
Arturo Posnansky es una de las figuras más interesantes de entre los extranjeros que dedicaron su vida al país. Hombre polifacético y no exento de polémicas en su trayectoria, se vinculó con Tiwanaku por encima de cualquier otra actividad en su vida.
Su apellido es indisoluble al de ese hito esencial de nuestro pasado. No contento con su monumental obra bibliográfica y sus tareas de investigación y trabajo in situ, emprendió el diseño y construcción de su casa que debía expresar en sus formas, los elementos arquitectónicos y ornamentales tomados del complejo arqueológico.
La edificación concluida en el periodo 1916-1918, demostró una capacidad notable de nuestro personaje para plasmar en una obra arquitectónica del siglo XX, los rasgos de una civilización cuyo esplendor se había producido varios siglos atrás.
En 1922 tras varias gestiones en los gobiernos de José Gutiérrez y Bautista Saavedra se concretó la compra de la residencia particular del arqueólogo austriaco-boliviano, para albergar objetos referidos a Tiwanaku y otras culturas andinas.
La iniciativa de 1838, por decisión del presidente Andrés Santa Cruz, de preservar bienes arqueológicos se concretó por fin en un edificio que los albergara, que a partir de 1960 se denominó Museo Nacional de Arqueología.
Se trata de una combinación afortunada entre contenido y contenedor. A lo largo de casi dos siglos de agregación de un patrimonio invaluable que suma miles de piezas, la vieja casa de Posnansky ha sido el albergue de obras emblemáticas de nuestros predecesores.
Declarada Monumento Nacional en 1990, atraviesa hoy la realidad de una situación crítica de deterioro que requiere un mantenimiento de gran envergadura, así como una actualización de los sistemas de catalogación y criterios museográficos contemporáneos para su invaluable acervo.
La desaparición del ministerio de Cultura del que dependía el Museo es, en este caso, una oportunidad, la que tiene más sentido y que cuenta con unas credenciales impecables. Lo más lógico y mejor sería pasar el Museo Nacional de Arqueología a la tuición de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB).
La Fundación es responsable de instituciones imprescindibles para la preservación de nuestro pasado. La lista habla por sí sola: el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia (Sucre), la Casa de la Moneda (Potosí), la Casa de la Libertad (Sucre), el Museo Nacional de Arte (La Paz), el Museo de Etnografía y Folklore (La Paz), el Centro de la Cultura Plurinacional (Santa Cruz), la Casa de Marina Núñez del Prado (La Paz), y el Centro de la Revolución Cultural (La Paz). La FCBCB ha garantizado -incluso en el contexto de radicales giros políticos en la conducción del país- el respeto al patrimonio que estos repositorios albergan, el mantenimiento adecuado, cuando no la ampliación y sustancial mejora de su infraestructura, la garantía de un personal especializado con salarios razonables que, desde su tuición, son prenda de garantía para la sociedad boliviana en lo que toca a la adecuada valoración de la riqueza cultural que administran.
De entre los muchos objetivos que concibieron con lucidez los creadores de la FCBCB en 1995, que se han cumplido a cabalidad, están los de: “Administrar, proteger, conservar, promocionar y mantener los repositorios nacionales y centros culturales de Bolivia”. Ese acierto da una respuesta clara a cualquier pregunta sobre qué hacer con el Museo de Arqueología. Solo cabe cumplir lo que el propio Estado definió hace tres décadas. No hay mejor lugar para cobijar este Museo que aquel que el propio Estado concibió para albergar a sus más importantes repositorios. Cuando algo funciona bien y es un ejemplo -poco frecuente- de manejo eficiente con sentido de continuidad de aquello que nuestra sociedad tejió por milenios, no hay nada mejor que confiarle la responsabilidad que le corresponde.