Literatura y País Antes de 1952

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Hasta antes de 1952 la construcción del imaginario colectivo boliviano no pasaba por la idea de un país cuyo supuesto ideal llegaría con la consolidación de un Estado étnica y culturalmente mestizo. El debate sobre la esencia de la nacionalidad fue propuesto de modo explícito precisamente por algunos de los grandes escritores bolivianos, aquellos que a decir del investigador Leonardo García Pabón forman parte del canon boliviano (los autores que son la columna vertebral de la literatura del país).

De hecho, el punto de partida de esa construcción es el gran maestro de nuestra literatura colonial Bartolome Arzáns de Orsúa y Vela, quien reflejó esa curiosa percepción americana del mundo desde la óptica de un español nacido en América, que había dejado definitivamente de ser un espejo de la metrópoli para convertirse en una marmita nueva y viva. Esta conciencia nació de un parto doloroso y traumático que dejaría en los hijos del gran Potosí una marca que definió el contradictorio y a veces frustrante destino del ser nacional boliviano. Arzáns es la señal inequívoca de que el mosaico social boliviano estaba ya enajenado del occidente cristiano tal como se veía desde el horizonte severo del Escorial de Felipe II. A partir de la Historia de la Villa Imperial se descubre una nueva lógica teñida de occidente y de amerindia que definiría el carácter de Charcas, luego Bolivia.

El segundo escalón de esta saga es la propuesta de Nataniel Aguirre y su impresionante novela Juan de la Rosa. Los ojos de Juan, el adolescente que está en plena lucha por la independencia del país, miran la construcción de la patria como una entelequia en la que cabe una realidad que quiere desprenderse del yugo español, pero que todavía razona con la lengua y la cosmovisión hispánica. Allí, el mundo indio es solo un gran escenario en la trastienda que no ha sido todavía llamado al protagonismo (o mejor que no se lo ha tomado en cuenta para nada). La sociedad de Juan de la Rosa no es integradora, pero responde a una perspectiva mucho más universal de la nación que la que vendría inmediatamente después con el paradigma de las élites.

Gabriel René Moreno, el enciclopédico intelectual cruceño formado a la sombra de la oligarquía chilena, autor de una obra monumental de historiografía, bibliografía, crítica literaria y preceptiva que nos deja boquiabiertos, proponía la nación que conservadores y liberales intentaron construir montados en el pragmatismo económico y el ideal democrático europeo. La nación blanca o supuestamente blanca, no quería entender salvo para crecer a su costa, la evidencia de una mayoría indígena que impedía a Bolivia – aislada en la estremecedora dimensión de sus montañas y sus selvas- lograr un proceso de migración e inversión externa que “integrara” al país al occidente, como ocurrió en varios países latinoamericanos en el siglo XIX. La Bolivia de René Moreno fue paradójicamente la mas coherente de las propuestas de nación, con una vigencia que corre entre las dos grandes guerras internacionales que sostuvo el país, la de 1879 y la de 1932.

Casi paralelamente, Alcides Arguedas y Franz Tamayo plantearon la confrontación más profunda y esencial sobre el ser boliviano y nuestra identidad. Ambos incorporan de manera explícita en la reflexión sobre el país a la mayoría de los bolivianos, los indios aymaras y quechuas en un mundo andinocéntrico, pero inexcusable por la magnitud de su peso demográfico y cultural.

Arguedas se enfrenta a sí mismo en Pueblo Enfermo y Raza de Bronce. Su mirada ácida e incluso irracional en la deconstrucción de los caracteres blanco, indio y mestizo de Pueblo Enfermo, se estrella contra la fuerza testimonial de los indios en rebelión de su novela clásica. Arguedas deja entrever la nostalgia de los grandes levantamientos de Zárate Willca despojados de su contenido político. Pero lo trascendente es esa presencia dinámica y nueva, los indígenas han capturado el escenario y se han instalado como interlocutores imprescindibles del debate sobre nuestro destino común.

Tamayo, poeta modernista y creador del olimpo aymara, hace en su obra lírica y sobre todo en su aporte ensayístico, una reflexión equívoca. Su posición radical contra los blancos y su potenciación ideológica del mestizo (vía educación), encuentra un curioso y discutible presupuesto sobre las capacidades intelectivas del indio -la inteligencia práctica-. ¿No es una forma de calificación de inferioridad? En todo caso se trata de una reformulación radical, integradora frente a la confrontación insoluble de la mirada arguediana. En pleno auge del liberalismo europeizante, los dos escritores avivan una polémica que será definitiva para el futuro.

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