“Soliloquio del Conquistador” de Carlos D. Mesa Gisbert

imagen: spain.info

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El periódico “Los Tiempos” ha publicado  la crítica a “Soliloquio del Conquistador” escrita por el  historiador mexicano Raúl Bringas Nostti, profesor en la Universidad de las Américas, Puebla (México) autor entre otras obras del libro “Antihistoria de México”. Este su texto:

Abordar las figuras de los conquistadores españoles en América Latina es una de las proezas más complejas que enfrenta todo interesado en el pasado. De California a Tierra del Fuego, han sido vilipendiados, odiados y maldecidos, tanto por el público en general como por numerosos especialistas. La aversión que generan no es fortuita.

A fin de cuentas, como resultado de sus proezas, las naciones indígenas americanas cayeron en las garras del imperio español y fueron integradas a un naciente proceso de globalización, cuya semilla se plantó en 1492. Todo intento de un latinoamericano por retratar la conquista adquiere, por lo tanto, complejísimas particularidades.

El historiador latinoamericano que se aproxima a los conquistadores es víctima de su posición en la complicada telaraña que la historia tejió en la región. El lugar que dicho cronista del pasado guarda en la sociedad, en el sistema político o en el sistema de significados culturales puede condenar su obra a la hoguera. Por ejemplo, un hombre blanco, económicamente pudiente y de derecha que exalte la figura de Francisco Pizarro se ganará el odio colectivo. Por supuesto que sería entendible dicho odio, ya que su posición privilegiada en la sociedad es producto del proceso centenario de conquista. En el extremo opuesto, un indígena revolucionario que describa la brutalidad de los soldados españoles difícilmente obtendrá fama como cronista confiable, pues su condición social predispondrá la naturaleza de sus conclusiones.

Navegando las violentas y difíciles aguas de esta realidad latinoamericana, aparece la figura de Carlos D. Mesa Gisbert, con su novela “Soliloquio del Conquistador”. En ella intenta comprender a los conquistadores, en particular a Hernán Cortés, artífice de la caída del imperio azteca. La obra parte de la premisa de que el proceso de conquista no fue un film de Hollywood, que enfrentó a héroes y villanos. Ni los indígenas fueron los seres sublimes que convivieron pacíficamente con la naturaleza y sus semejantes, ni los españoles constituyeron una horda de salvajes asesinos. El maniqueísmo está ausente en el libro. En él se aborda la conquista de una manera creíble, como el producto de seres humanos cargados de virtudes y defectos. Todos, indígenas y españoles, son personajes capaces de amar y mutilar, de escuchar y reprimir.

La naturaleza del autor es determinante para escribir una obra que no se compromete con bando alguno. Como mexicano involucrado en la docencia, en algún momento de mi carrera utilicé frecuentemente a Carlos D. Mesa como ejemplo de una de las virtudes más escasas de la política latinoamericana: la moderación. Yo, que me defino como un extremista de centro o un moderado radical, admiré siempre la manera en que el autor gobernó por casi dos años, como héroe fallido, a una Bolivia atrapada entre dos intolerancias. Lo he mencionado en múltiples oportunidades: el ex presidente Mesa me recuerda la lucha infructuosa de Alexander Kerensky, líder moderado de la Revolución Rusa que contempló cómo su gobierno se desmoronó bajo la presión insensata de leninistas y zaristas. Un personaje que a la moderación abona su condición de euromestizo puede darse el lujo de relatar la conquista sin comprometerse con conquistadores o conquistados.

La estrategia literaria de la obra es un soliloquio. En voz de Cortés, el autor expresa los temores, angustias, deseos y proyectos de los conquistadores. Relata su victoria sobre los aztecas y los sinsabores del conquistador, como caer de la gracia de la corona. El texto se centra en su amor por Malinalli, Malintzin, Doña Marina o Malinche, considerada por los mexicanos como la traidora indígena que renunció a su mundo por unirse a los españoles. Se trata de una aproximación brillante, puesto que, nada, como el amor, muestra con mayor precisión los dilemas de conquistadores y conquistados. Por ejemplo, no todas las indígenas fueron violadas. Muchas, sí, muchas de ellas se unieron gustosas a los españoles. Si daban con el conquistador adecuado, se incorporaban a una forma de amor desconocida, que contrastaba con la tradicional sumisión de la mujer indígena. El drama se repitió en el imperio azteca, en el inca o en las colonias inglesas de Norteamérica. Por cada india violada hubo una Malinche o una Pocahontas que amó a los europeos.

A la mitad de la lectura, Carlos D. Mesa nos traslada hacia Sudamérica, a la conquista del imperio inca. Entrelaza el drama mexicano con el de las naciones andinas. Cortés describe lo ocurrido y nunca deja de patentizar los claroscuros de la historia, siempre con Marina como escucha. El propósito de este atrevido salto se manifiesta al concluir la obra. Ambos, en un inesperado giro final, visitan el presente y conviven con el proletariado urbano. Son vistos con extrañeza hasta que develan cómo el lenguaje, las tradiciones, la psicología que nos distinguen como latinoamericanos provienen de esa conquista en la que no existió el maniqueísmo.

El pasaje final nos hace reflexionar sobre lo injusta que Latinoamérica ha sido con los conquistadores, quienes, si bien la integraron a un ciclo de explotación global, también le otorgaron esa latinidad que la distingue y que va desde la religión católica hasta el lenguaje. Por ello, los restos olvidados del conquistador Cortés, arrinconados en una urna de una modesta iglesia de la Ciudad de México, merecen mejor suerte. No sólo por el sincretismo cultural al que dio origen, sino, como lo afirma en el soliloquio, por su infinito amor por una india que le concedió un hijo mexicano.

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