Soliloquio del Historiador

DURAN

Alfonso Gumucio Dagrón ha publicado en su columna en “Página Siete” este comentario sobre mi novela “Soliloquio del Conquistador”

La literatura es una actividad solitaria, sobre todo cuando quien escribe desafía convenciones, desbarata catecismos y se atreve a ir contra la corriente. Cuando el narrador es además historiador, como en este caso, transita como equilibrista de alturas entre la creatividad literaria y la referencia histórica

Todo relato histórico despierta la imaginación. El rigor científico dice que el historiador debe atenerse a los hechos para poder leerlos de manera crítica, pero el narrador se queda con una inquietud que rebasa aquello que se puede certificar, porque aún allí, los “hechos” son relativos. Al final, escribimos libros que se basan en las historias que otros, que no eran neutros, nos cuentan.

La legitimidad de las novelas históricas está fuera de duda, de ahí que me parece interesante que uno de nuestros historiadores más importantes, Carlos D. Mesa, haya dado el salto que lo lleva, con Soliloquio del conquistador (2014), al terreno de la ficción.

La tentación que sienten por igual historiadores y lectores de hacer literatura a partir de personajes históricos ha dejado grandes obras literarias. Es más, podemos decir con certeza que hay novelas que nos dicen más de la Historia con “H” mayúscula que los libros de historia sin espesor, de cuyas verdades absolutas podemos dudar.

En la novela el narrador tiene la libertad de recrear a los personajes, de proponer una visión de “carne y hueso”, relaciones que quizás no existieron, pero que contribuyen a construir a los personajes. Allí radica el gozo de la literatura, la posibilidad de inventar un mundo que articula a personajes y episodios para darles una nueva oportunidad.

Si bien es la primera novela de Carlos D. Mesa, no es su inicio en la narrativa. Juntos hemos escrito un par de cuentos sobre fútbol  y ello me permite dar fe de su capacidad como narrador. Claro que la novela es una apuesta más difícil, sobre todo cuando se trata de dar vida, desde una mirada actual, a un personaje tan controvertido como Hernán Cortés.

Conozco este proyecto desde hace años, he leído varias versiones anteriores de la novela y me consta que Carlos, con el rigor que lo caracteriza, se ha leído todo lo publicado sobre Cortés y ha peregrinado por los lugares donde el personaje transitó, llegando, incluso, a encontrar, en una iglesia de Ciudad de México, el lugar donde reposan las cenizas del conquistador, algo que pocos conocen. Sobre todo, ha escrito y reescrito su texto varias veces, buscando una estructura y un estilo narrativo apropiado.

La historia oficial, que no tiene matices ni volumen, la historia plana de disfraces y máscaras, ha reducido la personalidad de Cortés a una caricatura. Octavio Paz  dice que “es preciso desconfiar de la historia” y desenmascararla. Lo hizo recientemente Christian Duverger en Crónica de la eternidad, donde rescata la figura compleja de Cortés al afirmar -documentos en mano- que fue él, y no Bernal Díaz del Castillo, quien escribió Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Mesa hace lo propio desde la narrativa.

La novela es un diálogo desde la eternidad entre Hernán Cortés y Marina, su gran amor americano. Octavio Paz comparó ese amor con el de Marco Antonio y Cleopatra. Éstos son diálogos sobre la vida desde la muerte, porque sólo la muerte permite mirar la totalidad y hacer un balance desapasionado y completo.

No es solamente una historia de amor, sino de la historia de la cultura que heredamos, una historia del mestizaje. La relación entre Cortés y la Malinche está metida en los genes de todos los latinoamericanos de una manera inseparable: todos somos hijos de esos amoríos. Todos somos Martín.

Para la tapa del libro se ha escogido un bello fragmento de un mural donde Cortés y la Malinche aparecen desnudos, desprovistos de historia. José Clemente Orozco los pintó sin prejuicios, de la  misma manera que Carlos D. Mesa los retrata en la novela. Octavio Paz escribió que “son el Adán y Eva de México: los fundadores”.

“Que nadie dude del destino de mis sangres”, dice Cortés. Aunque quisiéramos negarlo, apelando a purezas raciales o culturales inexistentes, el mestizaje latinoamericano está representado en ese imaginario que se construye en el discurso del conquistador y de la mujer indígena.

Es natural que el tema fascine a los narradores tanto como a los historiadores. ¿Qué tanto sabemos de lo que existía entre ambos? En la especulación está el gusto del que escribe y del que lee. Al final no hay certezas absolutas, pero una visión más rica y menos acartonada.

Como en toda obra hay capítulos mejor construidos que otros. La voz del narrador se pierde un poco en el relato de la conquista del Perú, donde la descripción histórica prima sobre el estilo literario, pero son capítulos necesarios para subrayar las diferencias históricas entre Cortés y los Pizarro.

La discusión sobre los indígenas está explicitada en el formidable capítulo que reconstruye el debate de Valladolid que enfrentó a Bartolomé de Las Casas con Juan Ginés de Sepúlveda. Y el Epílogo, que tiene sus detractores, es un intento de recordar que el debate del mestizaje no está zanjado hoy, cuando una gran mayoría de la población de Bolivia se reconoce mestiza.

Que la novela se haya publicado en México, país donde la huella de Cortés fue definitiva, es indicio de que se respeta la seriedad de la propuesta de Carlos D. Mesa.

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