Barcelona

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La imagen muestra cuerpos esparcido en el paseo peatonal de Las Ramblas, son como guiñapos, como marionetas que han sido abandonadas por quien manejaba sus hilos. Sus posiciones son grotescas, sus miembros fracturados rompen la armonía que tenían instantes antes cuando sus cuerpos estaban con vida…

En unos pocos segundos la sorpresa, el miedo, el horror y la muerte. Quien conducía el vehículo ha escogido el momento, ha acelerado, ha golpeado, arrollado y aplastado a más de un centenar de sus congéneres, seres humanos como él. ¿Cerro los ojos mientras lo hacía? ¿Miro con ojos bien abiertos cuando los cuerpos se estrellaban contra su vehículo? ¿Estuvo en silencio? ¿dijo algo en voz baja? ¿Gritó? ¿Repitió como un karma, ‘Alá es grande’? Tras su estela quedaron trece vidas segadas y un centenar de heridos. Horas después otro vehículo en una playa llamada Cambrils dejó como saldo un mujer muerta. Esta vez los autores fueron abatidos por la policía.

Ocurrió en Niza, Berlín, Londres, Estocolmo, París, Cambrils y Turku, seguirá ocurriendo. El terrorismo ha encontrado un nuevo mecanismo eficiente para mantener secuestrada la tranquilidad y la seguridad en Occidente. Es un expediente sencillo, barato y con una repercusión mediática tanto en medios como en redes que no tiene equivalentes. Permite además un funcionamiento relativamente autónomo de un centro único de decisiones, lo que lo hace más difícil de rastrear y prevenir. El resultado en la relación costo-beneficio es extraordinario para sus autores y les ofrece incluso una remota posibilidad de sobrevivencia, a diferencia de los atentados con coches bombas o cinturones de explosivos que garantizan la muerte de sus perpetradores. Aunque, está claro que el secreto de estos mecanismos alucinantes es la decisión suicida de sus autores.

La lógica es abrumadora, no hay objetivos específicos, no hay acciones militares contra un enemigo concreto, todos en cualquier lugar de Occidente son blancos potenciales.

La guerra del Estado Islámico que sufre significativas derrotas militares en Siria, Irak o Afganistán, es implacable contra civiles de su propia religión, mucho más estremecedora en su efecto devastador sobre ciudades y pueblos, sobre centenares de miles de personas que mueren, son heridas o huyen precisamente a Occidente. En términos de costo humano se trata de una devastación muchísimo mayor que la que se ha vivido en las ciudades europeas citadas, pero tiene una repercusión inversamente proporcional. El atentado de Barcelona generó un impacto mundial mucho mayor que el atentado en Mazar e Sarif en Afganistán producido el 21 de abril de 217, que cobró la vida de 266 personas.

Miedo, xenofobia, discriminación, aumento de las medidas de seguridad, restricción de la migración, son los inevitables efectos que este tipo de hechos generan en la Unión Europea. Occidente busca y aplica respuestas adecuadas a ésta cada vez más compleja ecuación entre libertad y seguridad, sin romper las bases de sus principios humanistas de democracia, tolerancia y respeto por las diferencias. Ese es el reto. Una vez más, sociedades que han construido después del holocausto de la Segunda Guerra Mundial un entramado cuyo pilar es la declaración Universal de los Derechos Humanos, deben conseguir la permanencia de su modelo como referente para sí mismos y para el resto del planeta.

Una vida es una vida y sobre ese pilar es que construimos nuestra concepción de la convivencia. En un continente en el que habitan 740 millones de personas, el Estado Islámico ha asesinado en un año a través de crímenes brutales e insanos algo menos de 150 personas. La sensación, sin embargo, es apocalíptica, es de total descontrol, hace parecer que todos están inermes y que los gobiernos están acorralados.

Es tiempo de aquilatar los hechos y evaluarlos en su exacta dimensión. Los atentados perpetrados son en número mucho menos que los desmantelados, los terroristas asesinos que logran su objetivo son una parte minúscula de aquellos que han sido detenidos antes de actuar. Los niveles de seguridad desplegada por los sistemas policiales y militares garantizan más a los ciudadanos su tranquilidad. El número de víctimas es, como lo anotamos, insignificante en proporción. Por eso, es una sensación que debemos derrotar. La democracia prevalecerá porque, más allá de cualquiera de las justas críticas que se hacen a su funcionamiento, es un sistema que responde a las aspiraciones que por milenios ha buscado la sociedad humana. Las víctimas inocentes masacradas en Barcelona y Cambrils son el recordatorio de un precio desgarrador, pero son la afirmación de que su sangre derramada por la demencia no es vana. No lo es porque reafirma certezas en torno a una forma de vida, a que el miedo no dominará a las sociedades libres y que, aunque la naturaleza humana estará siempre atrapada en las tensiones de la violencia, es capaz de responder a ellas con templanza y justicia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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