Publicado en Página Siete el 5 de julio de 2010
Es una mañana medio nublada, el sol sale a destellos y resbala sobre el imponente obelisco en el corazón de la bella Buenos Aires. Una pantalla gigante y un sonido atronador convocan a miles de porteños, todos de celeste y blanco, a celebrar por anticipado el triunfo y esperar que, tras ganar el torneo, Diego Maradona esté allí saltando desnudo como ha prometido. Es un espectáculo sin duda. Todo lo que tiene que ver con el fútbol en Argentina lo es.
El partido ha terminado, dos hinchas discuten en medio de la desazón, la bronca y la inmensa tristeza: “La gran mentira de este mundial es Messi”. “Qué decís b…, la gran mentira es Maradona”.
Si algo quedó claro es que Maradona no es Menotti y que Messi no es Maradona. Toda discusión sobre el particular quedó cerrada. Messi, que tanta ilusión generó en toda Argentina, fue siempre un quiero pero no puedo, fue a veces relevante constructor en el área y frecuentemente irrelevante gambeteador de potrero en la cancha, pero lo que nunca fue es el mejor jugador de este mundial.
Una gran desolación cubrió ese estadio improvisado a los pies del obelisco. Los tres últimos goles de Alemania se recibieron como una terrible sombra sobre un gigante caído. El “¡Vamos, vamos Argentina…Vamos, vamos a ganar!” se esfumó en lagrimas, en dientes rechinando, en la certeza de no poder explicar nada.
Expliquemos algo. Argentina no está cuatro goles por debajo de Alemania. Me atrevo a más, Argentina jugó un buen partido y, sobre todo en los primeros veinte minutos del segundo tiempo, tuvo a los germanos contra las cuerdas con opción de empatar e ir al frente. ¿Por qué perdió?, porque tuvo en contra a un equipo con ideas más claras que su propio talento, con una determinación, la de siempre, para encarar y matar y una potencia de contragolpe letal. El primer gol de Mueller a los tres minutos derrotó a Argentina por algunas razones básicas. La gran y mortal delantera albiceleste se estrelló en la indefinición, en la timidez, en la falta de precisión a la hora del remate definitivo. Cuando Maradona decidió –e hizo lo correcto- buscar el empate y jugarse al todo o nada, apostó por una remontada heroica o por una catástrofe que es lo que al final cosechó, pero era ganar o ser goleado, eso demostró valentía y conciencia de lo que estaba en juego. Argentina jugó los últimos treinta minutos totalmente adelantada, con sus marcadores centrales exactamente en la mitad de la cancha, empujando y empujando sin cesar. Palabras especiales para Heinze y De María, ambos hicieron un gran partido, por ellos pasó todo el mecanismo creativo de Argentina. Algo menos, pero también con talento, cabe citar a Rodríguez. Mecí, en cambio, apareció muy retrasado y al verlo allí, es obvio que faltó Verón. Mascherano no se conectó bien con el diez, muy atorado en la marca y muy nervioso. La Pulga, vuelvo a ello, simplemente no tiene condiciones para mirar el partido en grande, está para resolver con genialidad en un par de metros, pero no mira más allá, en ese sentido no es un diez clásico. Y retomo mi análisis de Tévez; si en el anterior partido me calló, en éste volvió a la misma, más energía que cabeza. Agüero hubiese sido una mejor opción desde el minuto uno y no cuando entró. Y el Pipita, atado, tímido e indeciso.
Es que Alemania, muy retrasada en casi todo el partido, optó por un mecanismo perfecto, no dar un centímetro a la delantera Argentina. Todos los remates se vieron bloqueados, enredados, tuvieron que salir de entre las piernas de los defensores de negro, que hicieron una tarea exacta de anulación de algo básico, el espacio para jugar, para mover la pelota.
Lo contrario en el otro arco. Podolski, Klose o Mueller, para mencionar los obvios, jugaron con todo el espacio del mundo, lo que les permitió correr la bola, pasar largo cuando fue necesario. Mientras Argentina moría asfixiada en la doble línea defensiva alemana, los teutones llegaron con opción muchas veces, sobre todo porque el mecanismo de desfondar la defensa albiceleste vía contragolpe se hizo elemental en la última parte del encuentro.
Alemania mereció el triunfo, sin duda alguna, porque hizo lo que tenía que hacer frente a un rival del tamaño de los del Río de la Plata. Argentina mereció perder, sí, por una razón esencial, no entendió cómo desbloquearse y no encontró la ficha clave para organizar desde los tiempos hasta la proyección al medio campo, donde en definitiva se decidió su suerte.
Argentina fue y es un gran equipo. Maradona no es un mal técnico, pero no es ciertamente el técnico para una de las mejores selecciones del mundo.
Alemania que venía desde el fondo de la mediocridad, sale, como casi siempre, con la grandeza de su incontrastable solidez de gran equipo mundialista, de una de las selecciones más imponentes de la historia del mundial, no ésta selección en particular, sino Alemania como marca registrada de un fútbol que jamás se rinde y que nunca, ni en la peor de las derrotas, se siente doblegada.