Presencia en Quito en la Universidad de las Américas

Ernesto Samper ex presidente de Colombia, Sixto Durán ex presidente de Ecuador, Carlos Mesa y Osvaldo Hurtado ex presidente de Ecuador

El 29 de septiembre, invitado por el Foro de Biarritz y la Universidad de las Américas del Ecuador, participé en el Foro “América Latina, dos modelos una región” junto al ex presidente del Ecuador Osvaldo Hurtado y el ex presidente de Colombia Ernesto Samper.

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Nostalgia del “Boom”

Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 25 de septiembre de 2011

Leo los recuerdos de las ya viejas pero entonces apasionadas polémicas de los escritores del “boom” en el libro De Gabo a Mario (Esteban y Gallego,2009), y no puedo menos que preguntarme sobre el largo camino de un desencanto. Cuando Julio Cortazar, Carlos Fuentes y, por supuesto, los dos ganadores del Nóbel más emblemáticos de un mundo que fue y que no sé si aún es, proponían –diría Cernuda- ideas cargadas de futuro.

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Apoyo a la Causa Argentina sobre la islas Malvinas

Diversas figuras políticas, historiadores y ex diplomáticos bolivianos conformaron ayer jueves el Grupo Boliviano de Apoyo a la Cuestión de las Islas Malvinas y firmaron un documento denominado “Plataforma Boliviana de Solidaridad con la Causa de las Malvinas”, que apoya a la República Argentina sobre sus derechos en dichos territorios, disputados con el Reino Unido desde hace más de 150 años.

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Presencia en la Universidad Diego Portales en Santiago de Chile

Entre el 8 y el 9 de agosto estuve en Santiago de Chile invitado por la Universidda Diego Portales y Plataforma Democrática. El tema fue una continuación de la reunión de Sao Paulo, cuyo desarrollo está en una de las entradas de este blog, con algunas variantes más específicas en cuanto a la relación Bolivia-Chile.

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Presencia en el Instituto Fernando Henrique Cardoso en Sao Paulo

Los días 4 y 5 de julio nos reunimos en el Instituto Fernando Henrique Cardoso y el Instituto Edelman, como parte de la denominada “Plataforma Democrática” que impulsan Sergio Fausto y Bernardo Sorj, el propio Presidente Cardoso, el presidente de la Democracia Cristiana de Chile Ignacio Walker, el ex ministro de Justicia del Perú Fausto Alvarado, la senadora uruguaya Constanza Moreira del Frente Amplio y un grupo de políticos e intelectuales sudamericanos para discutir el rol de Brasil en América Latina.

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Vargas Llosa. Más Allá del Nóbel

Publicado en El País de Madrid el 20 de octubre de 2010

Conversación en la Catedral fue para mí un deslumbramiento. Me conectó de modo definitivo con la literatura latinoamericana y me acercó carnalmente a la realidad, una realidad que aparecía en la novela a partir de una Lima agria como “La Catedral”, el bar en el que Zavalita desgranaba el Perú y desgranaba algo más; nuestra América. Era el fin de los años sesenta. A su lado y por contraste, me ronda la figura de otro personaje de esa historia, Bermúdez, el siniestro ministro del Interior, razonablemente pulcro, obsesivamente ordenado, cínico e implacable “como correspondía”. Por si fuera poco, todavía late en mi mente la escena entre fascinante y obscena del amor prohibido entre dos mujeres que, como en el personaje de Lalita en La Casa Verde, tenía mucho de erotismo, de pasión y aunque suene absurdo, de pureza.

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El Nóbel para Zavalita y Lalita

Publicado en Página Siete y Los Tiempos

Zavalita pregunta dónde se jodió el Perú. Es la primera página de Conversación en la Catedral. La frase es ya un tópico, la novela en cambio fue un fogonazo en mi alma, un descubrimiento, la saga de una aventura que –a mis diecisiete años- marcó una doble pasión, por la literatura y por el compromiso con la realidad social de América Latina. El Perú de Odría, su siniestro ministro del interior, la frívola pero ingenua amante que lo acompaña, el padre atormentado por su doble vida, el chofer, la Lima fervorosa de los universitarios de San Marcos, podían perfectamente desdoblarse en cualquier ciudad, en cualquier lugar, en cualquier alma latinoamericana de quienes, al final de los sesenta, estábamos envueltos por la certeza de que la utopía era posible. Zavalita es, paradójicamente, el retrato de un escepticismo, la certeza de una imposibilidad, pero por muchas razones expresa una mirada de futuro, una historia de rupturas y de interpelaciones.

Pero quizás Conversación en la Catedral fue más intensa para mí por su deslumbrante tratamiento literario, por el ejercicio creativo, por las palabras estallando, por los capítulos cruzados, por el complejo y fascinante rompecabezas en que cada parte de la obra planteaba una gran pregunta y otro y otra, a ser respondidas, como el anzuelo permanente que transformó en un círculo de ansiedades literarias su complejo diseño y su adictiva trama.

Mario Vargas Llosa ha ganado el Nóbel. Lo merecía y el Nóbel a él. Pero el premio no será el que defina la talla del gran escritor que es, simplemente es una ratificación. Borges que no lo recibió y es, qué duda cabe, el más grande de los creadores de la literatura castellana junto a Cervantes, lo prueba.

Si Zavalita por cien razones era un personaje con el que me identifiqué intensamente al mirar mi propia sociedad; Lalita, la de La Casa Verde, me enamoró de un modo único. La extraña historia de la joven ciega, su amor físico casi forzado y sentimental a la vez, narrado en unas pocas páginas en una novela aún más compleja en su construcción que la Conversación…, me sigue pareciendo uno de los trozos más enternecedores de la literatura latinoamericana, más aún en el contexto no exento de brutal cinismo de tantos de los personajes de la novela, en particular Fushia y sus interminables tránsitos por los ríos de la amazonía peruana.

Muchos plantean una curiosa lectura dicotómica entre el narrador, dramaturgo y crítico literario, y el ensayista político “derechista”, o el candidato derrotado en unas elecciones presidenciales. La calificación ideológica sobre Vargas Llosa pretende diferenciar uno del otro. Por el contrario es –¿cómo si no?- uno y el mismo.

Todavía recuerdo la primera entrevista que le hice en el programa De Cerca, allá por 1986. Era como sentarse frente al oráculo mayor de la literatura. Hoy, con algo de desencanto, entiendo mejor las posiciones en blanco y negro que con tanta frecuencia llevan al flamante Nóbel a las afirmaciones irreductibles y sin matices que hace, discrepo más de una vez con sus lecturas teñidas de una pasión que lo enceguece, pero no puedo desconocer su profesión de fe en la filosofía política liberal, en aquella que defiende por encima de todo los valores democráticos más puros conceptualmente hablando. No es, a pesar de ello, el mérito mayor de su trabajo intelectual. Donde el narrador de ficciones toca los límites de la perfección es en el desentrañamiento de la literatura misma. Historia de un Deicidio es un trabajo magistral, no sólo sobre la obra literaria de García Márquez, sino sobre la condición creativa. La idea de que el narrador es un deicida y de que el alimento del hecho que se narra es la liberación de los demonios interiores del escritor, está trabajada con una certidumbre, la de quien entiende el acto mismo de escribir. En La Orgía Perpetua, descubrimos el salto a la vida verdadera a través del erotismo, en esa Emma liberada de la mediocridad de la rutina. El fragmento magistral de Flaubert del amor gozado en el coche de caballos, tiene casi un eco que renace más intenso si cabe, en las páginas de análisis de Vargas Llosa. Arguedas, (José María) que había sido motivo de un ensayo corto con el extraordinario título de Entre Sapos y Halcones, se convierte en La Utopía Arcaica en un camino guiado por el pensamiento indigenista peruano del siglo XX, texto imprescindible para entender nuestras pulsiones más profundas y para explicar mucho de esa teoría aplicada de modo delirante en la Bolivia de hoy.

Mario Vargas Llosa a quien tanto admiré como autor en mi juventud, es hoy premio Nóbel de literatura y está –entre tantos más- al lado de Octavio Paz, otro extraordinario orfebre de nuestra lengua. Hoy, con nostalgia, miro al escritor con más distancia y menos vínculo emotivo con él y con su literatura, pero sigo atrapado por su genialidad. Por eso se le pueden perdonar obras menores, es que ha escrito algunas novelas de un tamaño gigantesco y ensayos que son piezas antológicas de una crítica alejada de amaneramientos peligrosos o de métodos que acaban traicionando la esencia del acto mismo de hacer literatura.

Cuando pasen lo años, las estúpidas pasiones políticas se hundirán rendidas ante la evidencia del genio creador, que es aquí de lo que se trata.

Paraguay: El Extraño Doctor Francia

Publicado el 22 de agosto de Página Siete y Los Tiempos

¿Cómo fue realmente el Paraguay del doctor Francia? ¿Cómo la historia de un país tan peculiar?
El pasado paraguayo está teñido por una herida muy profunda, la de la guerra de la Triple Alianza o la Guerra Grande, a decir de los propios paraguayos. Aquella que llevó a una nación entera a enfrentar su destino. Lo interesante de esta historia no es lo obvio, el costo brutal de esa guerra y la factura que tuvo que pagar el Paraguay por ella, sino los elementos inherentes al desarrollo interno de su sociedad en los gobiernos anteriores a la guerra misma, particularmente el de Gaspar Rodríguez de Francia.
Francia, a quien Roa Bastos le dedicó un libro con el adecuado título de Yo el Supremo, lo fue realmente, el Supremo. Difícilmente se puede encontrar una figura tan especial en la que se combinan, se entremezclan y chocan en la paradoja, elementos tan disímiles. El hombre, más bien esmirriado de físico, agriado su carácter por un amor no correspondido que vengó del modo más brutal en el esposo de su amada, era un ilustrado, un iluminista fervoroso, devoto del republicanismo y un jacobino en toda la línea.

 

Entre 1811, año de la independencia paraguaya y 1816, Francia jugó todas las cartas para sí, apoyado en su talento, en su capacidad intelectual sin competencia posible entre sus pares, y en la decisión de mando absoluto que se consagró al declararlo su Congreso dictador perpetuo del país, cargo que aceptó y ejerció en efecto hasta el día de su tranquila muerte en el lecho a los setenta y cuatro años.
Es complicado acercarse al perfil del personaje sin controversia, apasionamiento y polémica, viva aún en el Paraguay de hoy. ¿Cómo conjugar principios sagrados planteados en El Contrato Social de Rousseau, uno de sus libros de cabecera y su profunda admiración por Voltaire, con la mayor experiencia de despotismo que haya vivido el continente? A la vez, si hay una antítesis de nuestra visión de la dictadura, cuyo epígono es Melgarejo, allí está Francia.
Para los apologistas del nacionalismo y para quienes han dividido el siglo XIX en dos grandes tendencias, la del proteccionismo y el libre cambio, o nacionalismo y liberalismo, está claro que Rodríguez de Francia representa la quinta esencia del nacionalismo, lo que devendría en endogenismo en nuestra definición local. Sea por convicción íntima, sea por las circunstancias de un país bloqueado en todas sus puntas, Francia decidió y llevó adelante un desarrollo autárquico que devino en la lógica del autoabastecimiento absoluto. Todo producido en el Paraguay, por paraguayos. Tiene sin duda un toque poético el concepto de las “estancias de la patria” que no fueron otra cosa que el desarrollo de la ganadería a cargo del Estado, además de las gigantescas plantaciones de yerba mate que, aún y a pesar de la mirada interna, fueron parte importante de los ingresos económicos de la dictadura.
El hombre, solitario, en comunión con sus libros, en rebeldía con sus semejantes, supremo jefe, solitario jefe, ministro de sus ministros, dueño del destino de toda una nación, se mantuvo incólume en el mando, derrotando conspiraciones desde su apogeo dictatorial en 1816 hasta 1840. Arbitro de sus semejantes, dueño y señor de una República hecha a su imagen y semejanza a la que dirigió con mano violenta y sin contemplaciones. República que sobrevivió aislada en el centro del surcontinente.

La lógica de un solo rasero para todos, era la lógica del dictador. Medidas impuestas y cumplidas, medidas que arrastraron vidas y haciendas, medidas que a su vez medían al implacable hombre que, como todos los “puros”, quiso imponer la “pureza” de su pensamiento a su patria y definir el destino de su historia.
Francia es, que duda cabe, el ejemplo paradigmático de los justos convertidos en señores, quienes confunden la fe política con la política y la aplican al costo que sea, en función de valores supremos que acaban destruyendo los verdaderos valores supremos que eran en teoría los cimientos de su edificio ideológico.
Francia es también mucho más difícil de catalogar que un dictador arquetípico, precisamente porque conjugó hechos que trascienden la anécdota banal y el juicio fácil sobre lo evidente, la brutalidad porque sí, la discrecionalidad sin sentido, el desarrollo de acciones de terror al azar. No. El hombre lo hacía todo bien pensado y con sistema. Francia lo prueba, no hay cosa más temible que una dictadura bien  pensada y mejor concebida.
El resultado histórico de Gaspar Rodríguez de Francia es difícil de evaluar porque precisamente se le cruzó la historia encarnada en una guerra que destruyó completamente el país que el había concebido y edificado durante más de un cuarto de siglo. A partir de ello cabe cualquier lectura, la de la supuesta irresponsabilidad del prócer de la guerra, Francisco Solano López, y su inexplicable provocación al entrar en el conflicto uruguayo, o la lectura de la supuesta acción imposible de frenar del imperialismo inglés y sus intereses. Probablemente no sea ni la una ni la otra, sino la combinación de estos y otros elementos que cambiaron la ruta trazada por el Supremo.
Suele suceder, además, que los dictadores que creen que lo dejan todo atado y bien atado, acaban vencidos por la libertad, la única posible, la de los hombres libres que buscan su libertad en una patria libre, aunque el camino para lograrlo aún no se haya cerrado.

Mangabeira y una Utopía Social

Publicado en Página Siete y Los Tiempos el 11 de julio de 2010

Hace algunos días en Buenos Aires conocí a Roberto Mangabeira, teórico social brasileño. Quedé sobrecogido por su lucidez, por su construcción metodológica de estilete, por su crudeza al hablar, por su claridad, por su propuesta polémica y desafiante.

Algunas de sus premisas van a contramano del desarrollo contemporáneo, proclive a creer que la globalización nos conduce a un destino de disolución de los estados nacionales sólidos como una respuesta a la mundialización. Para empezar  propone una nueva izquierda que descarte los dos caminos de las izquierdas contemporáneas, la recalcitrante y trasnochada anclada en premisas dogmáticas que rechaza, ciega, la realidad del mundo globalizado y la economía de mercado, como si ese voluntarismo pudiera hacerlos desaparecer. Critica también a la izquierda contemporizadora con el modelo mundial, cuyo único esfuerzo es la “humanización” de los mecanismos del mercado. Cree en un tercer camino, una izquierda capaz de reorganizar la economía de mercado y redefinir el rumbo de la globalización.

A partir de ese gigantesco desafío, Mangabeira da un salto que es en realidad la recuperación de una premisa filosófica decimonónica. Nuestro objetivo mayor debe ser engrandecer de modo integral al ser humano. La búsqueda de la igualdad y la justicia son caminos, no fines, subsidiarios de esa premisa mayor. Este giro en la lectura social plantea la transformación radical de las instituciones sobre tres premisas, la democratización real del mercado, la profundización de la democracia y la capacitación del individuo.

Si te quedas en la igualdad como fin, dice, estás capitulando ante el destino, de lo que se trata, es de conspirar contra el destino, eso es el progresismo. Esa es, añado, la verdadera utopía y sin duda la idea más bella de este filósofo social.

La receta, sin embargo, es más compleja, menos poética. La lógica no puede ser la simple ecuación “hidráulica” de más Estado y menos mercado o al revés. Se debe construir una nueva relación Estado-empresas, descentralizada, participativa y experimental. No es difícil de entender, no es otra cosa que una promoción de las pequeñas y medianas empresas. Abrir un espacio protagónico en esa relación marca la necesidad de una reorientación de la lógica estatal. El segundo paso –más polémico- es un repudio a la idea del enriquecimiento con el dinero de los otros, es decir la sustitución de la inversión externa mediante dos mecanismos, un acuerdo fiscal serio (piedra filosofal que me gustaría ver aplicada), y la segunda, la ruptura de un modelo basado en el extractivismo y el rentismo. Sólo la capacitación del hombre con una educación de calidad y excelencia, descentralizada y compatible con el gran proyecto nacional, permitirá ese salto. La búsqueda del industrialismo no debe apoyarse en la vieja lógica de la producción en serie, sino en un paradigma productivo basado en el conocimiento y en la innovación  permanente.

En agricultura, sostiene, de lo que se trata es de romper el falso dilema entre agroindustria y agricultura familiar, las características de la primera son posibles también para la agricultura en pequeña escala.

Su visión de la democracia parte de la idea de profundizar la participación, pero los mecanismos de la democracia directa no pueden en ningún caso romper con la democracia representativa, en tanto ésta es la garantía esencial de un orden democrático interno.

El cambio institucional debe ser local, nacional y global. Para hacerlo se requiere la construcción de estados nacionales fuertes que contrasten con fuerza las directrices universales en las reglas de juego de la economía abierta, de modo que el crecimiento sea incluyente y equilibrado.

El disenso y no el consenso forzado son saludables y necesarios en las relaciones internacionales.

Pero ese Estado nacional fuerte no debe estar basado en el caudillismo, la hipercentralización y la imposición vertical, sino en lo colectivo, que movilice la constitución de una sociedad cuya energía nazca de una necesidad de crear la palanca del engrandecimiento.

Países como Bolivia han ensayado varias de sus recetas con resultados más bien modestos, sobre todo porque la estructuración de ese nuevo orden de cambio y de esa exigencia transformadora se estrellan con uno de los problemas más graves de nuestra sociedad, el rescate de un pasado reinventado, la hipótesis ahistórica de la recuperación del paraíso perdido y no la construcción del paraíso soñado.

La imposibilidad de dar ese salto pasa por un hecho incontrastable. Carecemos de sentido de responsabilidad social y de deber ciudadano, confundimos participación con caos y violencia irracional, no hemos promovido un espíritu genuinamente democrático. Nuestro sistema de formación de recursos humanos está secuestrado por un mecanismo educativo arcaico, retardatario e inflexible. Será imposible la construcción de esta propuesta si nos empeñamos en confundir las cosas y los caminos, si avanzamos de modo fragmentario, si seguimos aplicando el paradigma desarrollista del pasado, y si no nos damos cuenta de que la diversidad interior no puede quebrar la consistencia del proyecto nacional. Mientras la izquierda recalcitrante y el discurso arcaizante sustentado por una persona nos dominen, esta utopía será sólo eso.

América Latina 1999-2009, el péndulo implacable y la incertidumbre

Publicado en El País de Madrid el 31 de diciembre de 2009

Muy poco de lo que supusimos que ocurriría en la primera década del siglo XXI realmente ocurrió. Es lo que suele pasar con toda predicción. Es el riesgo de la futurología, que acaba atrapada por el lugar y las circunstancias en las que se hace.

América Latina no es una excepción. Cuando el liberalismo económico y las democracias bajo el modelo de los países desarrollados parecían haberse instalado para quedarse, en 1999 el entonces desconocido coronel golpista Hugo Chávez (en 1992 intentó, sin éxito, derrocar al Gobierno democrático de su país), fue elegido presidente de Venezuela. En 2009, montado en una Constitución a su medida, los precios del petróleo, la limitación de la libertad de expresión, las nacionalizaciones, el armamentismo que ha contagiado a toda la región y diversos bonos y acciones a favor de los más pobres, es la figura más relevante de América Latina.

En este año que concluye se conmemoró medio siglo de la revolución cubana. Castro es presidente de esa nación caribeña, pero no es Fidel. El viejo líder que la condujo en 1959 es ahora un personaje parecido al Cid Campeador, que ya muerto fue apuntalado en su caballo con una estaca de madera en la espalda. Hizo así su última cabalgada, su imagen inerte fue entonces suficiente para la victoria. ¿Lo será ahora? Chávez se adscribe como el heredero de Fidel, pero esta América Latina no es la de hace cincuenta años. Las viejas utopías marxistas han sido enterradas junto con el socialismo real, y el mercado (marcado por la especulación, la falta de escrúpulos y el desfonde financiero, aún de pronóstico reservado) es el signo de la globalización, lo que no parece convencer a todos en este hemisferio.

¿Qué simbolizan ambos acontecimientos? Un cambio muy significativo y un enfoque que dio un giro copernicano al continente. ¿Pero es un giro estructural y de largo plazo?

En una década, Chávez pateó el tablero satanizando una palabra, el “Neoliberalismo”, con la que descalificó a la mayoría de los Gobiernos latinoamericanos de la década de los noventa que aplicaron las recetas diseñadas en 1989 conocidas como el Consenso de Washington. Se trataba de un paquete macroeconómico para estabilizar las vapuleadas economías regionales con ajustes monetarios, incremento de la presión fiscal, recortes de gastos y procesos de privatización. Si bien a fines de la década América Latina había logrado la estabilidad e incluso modestos avances en la lucha contra la pobreza, el impacto social de desempleo, marginalidad y “cinturones apretados” hizo estallar varias democracias y desestabilizó la región en su conjunto. En 2009 el 41% de los latinoamericanos vive en la pobreza y de ellos, el 16% en la indigencia. Menos Estado y más iniciativa privada no fueron la solución. Desde 2006 Chávez sumó a su discurso de inspiración castrista, además de Cuba, a Bolivia, Ecuador y Nicaragua e incluso de modo algo ambivalente a Argentina. Vino la radicalización, sonó otra vez el antiimperialismo, la oposición a tratados de libre comercio y la rebelión abierta frente a las políticas de Washington. Contra lo esperado, el escenario no se ha suavizado con la llegada a la presidencia de Barack Obama.

Dos ejemplos dramáticos de esta realidad son Bolivia y Ecuador. En Bolivia, tras una aguda crisis política (2000-2005) signada por la inestabilidad y la violencia, llegó a la presidencia Evo Morales, dirigente cocalero de la zona de la que sale el 90% de la hoja que se transforma en cocaína; es el primer presidente indígena de la historia boliviana en un país donde el 50% de sus habitantes tienen ese origen. El mandatario inició un Gobierno que reivindica a los “oprimidos durante 500 años” con el derecho de gobernar los próximos 500. El “nosotros” de Morales ha sido hasta ahora el de los indígenas, lo que ha generado una polarización y confrontación permanente con la clase media mestiza y blanca y ha dado lugar a una nueva Constitución que ha transformado al país de República en Estado Plurinacional con 36 naciones, con la otra mitad bajo el denominativo genérico de “comunidades interculturales”. El experimento incluye la aplicación de la justicia indígena con el mismo rango que la republicana, cinco niveles de autonomías, desde las de regiones poderosas como Santa Cruz hasta las indígenas reconocidas en el nuevo Estado. Morales acaba ser reelegido por abrumadora mayoría.

En Ecuador, el último presidente que concluyó su mandato lo hizo en 1996. Tras la quiebra del sistema financiero y la dolarización de la economía en 2000, vivió durante casi una década con abortados y precarios Gobiernos que terminaron con la asunción del mando de Rafael Correa, joven y brioso antineoliberal que también hizo una nueva Constitución y ha sido reelecto como Morales. El seguimiento del modelo chavista deja pocas dudas. En política internacional esto ha llevado a la ruptura con Israel y a serios coqueteos con Irán, la bestia negra de Estados Unidos. Bajo esta batuta se ha conformado el ALBA, un bloque de integración bastante débil en lo económico pero de gran influencia política.

Pero tanto o más importante que el desborde chavista es el caso de Brasil. El 1 de enero de 2003 llegó a la presidencia Luiz Inácio Lula da Silva. Lula heredó ocho años de una política liberal encabezada por el intelectual Fernando H. Cardoso. Casi dieciséis años después, Brasil ha dado el gran salto y es hoy una potencia mundial y parte fundamental de las grandes naciones emergentes como China e India.

El Brasil planetario se ha convertido también en el país líder de la región, nada menos que de la mano de un trabajador metalúrgico. Lula simboliza el otro socialismo latinoamericano, moderado y racional, el de Chile, Uruguay, República Dominicana, Guatemala y El Salvador, en la lógica de la globalización, tratados de integración comercial, una presencia importante de la empresa privada combinada con un liderazgo estatal en empresas claves, pero en todos los casos con una inequívoca vocación de inversión social. Los resultados de reducción de la pobreza tan sostenidos como pausados son indiscutibles en la mayoría de estas naciones.

Pero, quizás por miedo a la mala conciencia, los socialistas moderados han preferido -al ritmo de Lula- no hacer olas en contra de Chávez, lo que le ha permitido a éste un liderazgo que ha dado a luz a Unasur, un bloque político que muestra una cara política que trata de disfrazar el terrible fracaso de los procesos de integración económica regional que están en crisis o simplemente agonizando. En el extremo menos malo, el grupo de países centroamericanos, en estancamiento preocupante el Mercosur y al borde del colapso la Comunidad Andina. La política de Bush de promover tratados bilaterales de libre comercio planteó varias interrogantes sobre la integración económica latinoamericana, a pesar de que una parte no poco importante del intercambio comercial es intrarregional. Como pocas veces en el pasado, los problemas ideológicos y los conflictos bilaterales entre países han enrarecido el ambiente general.

Pero sería un error suponer que el péndulo (constante de la historia de América Latina desde su independencia) va inexorablemente a la “izquierda” y al socialismo. Para retrucarlo está Álvaro Uribe, presidente de Colombia, la otra cara de la medalla de Chávez. Firme aliado de Washington y de la globalización, amigo de la iniciativa privada y de los tratados de libre comercio, apoyado en su éxito relativo contra las FARC (a un alto costo de violencia en medio de una turbulenta guerra sucia) y en su gran popularidad interna, Uribe busca con su peculiar autoritarismo seguir al mando de Colombia. Lo acompaña el Perú del presidente Alan García que, como todo converso (en su fallido primer Gobierno hizo gala de posiciones de izquierda militante), es el más liberal de todos los gobernantes suramericanos. En línea parecida están Costa Rica y Panamá.

¿Y la otra gran potencia regional, México? El camino mexicano es una irónica paradoja. Firmó en los noventa el TLCAN con Estados Unidos y Canadá y dio un salto de gigante. Impulsado por la locomotora estadounidense, en pocos años superó en exportaciones a Brasil. Hoy Brasil es la novena economía del mundo y México la décimo primera, pero en 2009 la crisis económica estadounidense arrastró a los mexicanos a la mayor caída de su crecimiento en los últimos veinte años. En política, en 2000 el triunfo de Vicente Fox rompió setenta años de dominio político del PRI. La derrota de la “dictadura perfecta” a decir del escritor Mario Vargas Llosa (“democracia” de partido único) no trajo el cambio que los mexicanos esperaban. El estrecho triunfo del presidente Felipe Calderón sobre su oponente de izquierda lo hirió desde el principio de su mandato y la lucha contra el narcotráfico no ha hecho otra cosa que incrementar la violencia a niveles nunca antes vistos, lo que ha colocado a México en situación de desaliento y desventaja para ocupar su papel de liderazgo regional frente a la iniciativa brasileña.

Si buscáramos en este contexto algún modelo, estaría encarnado en Chile y Costa Rica, países estables, políticamente maduros, económicamente sólidos y con procesos de gran crecimiento e integración internacional -particularmente Chile-. En algo más de una década, Chile está al borde de indicadores del primer mundo. La lección es clara, pero no la entienden todos. Moderación, equilibrios y sentido plural, sin olvidar el pago de la deuda social. La respuesta en el otro lado del espectro político continental es radicalismo, caudillismo populista, autoritarismo y sentido mesiánico traducido en la reelección indefinida del “líder”. Son implacables proyectos de poder personal. El ex presidente uruguayo José María Sanguinetti afirma que los populismos de Chávez, Morales u Ortega son hijos de la abundancia (América Latina ha registrado la mayor bonanza económica del último siglo en el periodo 2004-2008). Habrá que ver si en circunstancias menos promisorias las propuestas del “socialismo del siglo XXI” pueden mantener la avalancha de votos a su favor que hasta ahora los han refrendado.

¿Y el futuro? Hay muchas variables a analizar, pero la consideración de dos de ellas puede ayudar a plantear algunas hipótesis. Primero, la política. La región vive una sucesión de procesos electorales cruciales en el periodo 2009-2011, de ellos hay tres particularmente significativos. El de Chile, que en enero de 2010 en segunda vuelta definirá si el nuevo Presidente es Sebastián Piñera de la derecha o Eduardo Frei de la Concertación. En octubre de 2010 Brasil irá a las urnas. Lula tratará de que su candidata Dilma Rousseff le suceda; el centro derecha, probablemente con José Serra, tratará de romper los ocho años del PT. En 2011, los esposos Kirchner buscarán continuar la alternancia familiar en el mando de Argentina; la oposición, aún fragmentada, pretende interrumpir la saga familiar ante la hoy debilitada popularidad de Cristina Fernández. Si Chile, Argentina y Brasil cambian de polo ideológico en el periodo 2010-2011, el panorama latinoamericano podría dar un vuelco que hace muy poco era impensable y que debilitaría la receta chavista. Segundo, la economía. La bonanza terminó, se trata ahora de saber si la crisis mundial será superada razonablemente o no, pero el tiempo de las vacas gordas es parte del pasado.

Último apunte. Honduras. Contra todo pronóstico, el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en uno de los países más débiles y pobres del continente tuvo éxito. Ni Venezuela, ni Brasil, ni la OEA, ni nadie movieron de su sitio al presidente golpista Roberto Micheletti. Estados Unidos tuvo mucho que ver, terminó apoyando a Micheletti y las cuestionadas elecciones que ganó Porfirio Lobo. A pesar de la teoría de que Estados Unidos le ha dejado a Brasil la responsabilidad de la región, a la hora de la verdad sigue inclinando la balanza. El golpe hondureño se cierne como una sombra sobre América Latina en dos direcciones, la posibilidad de desestabilizar Gobiernos democráticos, pero también la evidencia de que ejecutivos autoritarios hace rato han sometido a través de formas disfrazadas de golpe de Estado a los poderes judiciales en varios países. La Carta Democrática de la OEA ya no es suficiente para resolver el nuevo escenario.

Dos conceptos pueden caracterizar el futuro de América Latina: La enfermedad del péndulo y la constante de la incertidumbre.