El Escritor de la Entraña Mexicana

Publicado en El País de Madrid el 20 de mayo de 2012

Leo. Es el momento dramático e intenso hasta el estremecimiento de Malintzin, Marina, Malinche, el instante definitivo y fundacional del parto, el nacimiento de Martín el primer mestizo mexicano, el hijo del conquistador, el hijo del amor, de la violencia, del odio, de la improbable reconciliación. Es la vida construida a partir del cataclismo más grande de la historia.

Leo. Artemio Cruz está afeitándose mientras se mira al espejo y tiene ya la intuición de la muerte ineluctable. Es el retrato del ocaso, es la certeza del fin, es el recorrido implacable por los surcos de la vida, por el tiempo que ha congelado una cara, unos ojos, unos labios, un brillo que brilla cada día menos. Detrás de la compleja trama tan terrenal del personaje está, como en todos, la semilla del final.

Leo. Es el tránsito complejo del amor en la escurridiza figura de Diana, su oscura sensualidad, sus caminos misteriosos en los que el sexo sin límites se cruza con el amor y la pasión enamorada…las penumbras de las habitaciones de hotel, los paisajes adivinados en las caricias del cuerpo, de los cuerpos, los gritos escondidos y los gritos expresados.

Carlos Fuentes dijo América Latina, pronunció su nombre muchas veces y de muy distintas maneras. El escritor salió de la entraña mexicana y en ella vivió para entenderla, se atrevió a navegar los mares de Colón y sentir el fuego estragado de la espada española.

La metáfora del espejo enterrado, la del humo que queda después del combate de los dioses, y la sangre y los ritos de vida y muerte de la civilización azteca en sus pirámides inasibles, es una afirmación de ser.

La secuela del gringo viejo, aquella que emparenta dos naciones atadas para siempre por la geografía y por los caminos complejos del tiempo, es también la de la revolución que lo trastocó todo, la de la vida de Laura Díaz desde la colina inmensa de su fortaleza femenina.

Fuentes escribió -y el título se volvió descripción inapelable- sobre la región más transparente, el aire leve, la luminosidad enceguecedora, la bruma de las vidas de la gran capital de las alturas. No es muy difícil encontrar la analogía con nuestra propia región transparente. Allí, en México DF como en las alturas de los Andes, lo que bullía era un mundo, el de la ciudad mestiza. En eso y en muchas otras cosas, su reflexión siguió la saga de Octavio Paz, la de descubrir y leer el alma, descerrajar las claves del pasado mexicano a partir de la narrativa, a partir de la palabra, hasta perderse a veces en el Mar de los Sargazos y casi hundirse en la complejidad de sus personajes cuando encaró su novela más ambiciosa que fue la Terra Nostra flotando en el inmenso Océano del artificio de la lengua.

La literatura como la mayor aventura humana, la creación como un imperativo que no cesa, eso fue la vida de Fuentes, dentro y fuera del mundo de las letras. Como otros intelectuales, recorrió los complicados caminos de la política, desde la ilusión y la utopía de la revolución como paraíso al inicio de los años sesenta del siglo pasado, hasta el tiempo del desencanto. Desde su palabra contra Díaz Ordaz el presidente de la masacre de Tlatelolco hasta su otoño más moderado pero siempre comprometido con lo humano, con la democracia como respuesta adecuada a las tribulaciones del continente.

Fuentes no cesó nunca. Seguir su obra prolífica, aparentemente  interminable, era tarea casi imposible. En el ensayo escribió páginas cruciales para explicar la novela del boom de la que él mismo era insigne figura. Debatió sobre identidad e identidades. Siguió, en el circuito de los soles mesoamericanos, el milenio de México, el de sus cuestiones esenciales. Enfrentó con dureza y claridad los desaguisados de Bush hijo. Pero sobre todo, entendió mejor que tantos el complejo entramado del tiempo que sólo se explica, hilando uno con el otro, el pasado el presente y la audacia absurda a veces de adivinar el futuro.

¿No fue acaso explicado el desenlace trágico de 1521 por aquel dilema resuelto en dos figuras centrales de la historia americana como la confrontación entre la fatalidad (Moctezuma) y la voluntad (Cortés)? ¿No fue ese el nudo de tantas preguntas y tantas respuestas en tantos lugares de América Latina que el desarrolló con claridad?

Fuentes es , premios aparte, un referente inexcusable para saber quienes somos, lo que en estos tiempos en los que las brújulas están tan alborotadas no es poca cosa.

Leo esta vez textualmente: “Oh, sal ya, hijo mío, sal, sal de entre mis piernas…Sal, hijo de la traición…adorado hijo mío, sal ya hijo de puta…cae sobre la tierra que ya no es mía ni de tu padre, sino tuya…sal, hijo de las dos sangres enemigas…Tú deberás ser la serpiente emplumada, la tierra con alas, el ave de barro, el hijo de México y España: Tú eres mi única herencia, la herencia de Malintzin la diosa, de Marina la puta, de Malinche la madre…”

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