El Problema del Otro

Publicada en Página Siete y Los Tiempos el 23 de enero de 2011
A pesar de conocer parte de la obra de Tzvetan Todorov de mis tiempos de estudiante de literatura, cuando el estallido del estructuralismo parecía el nuevo iluminismo venido de Francia (del que hoy guardo respetuosa distancia), nunca había leído su libro La Conquista de América (1982) en la que el centro de su reflexión es “el problema del otro”.

Su lectura, muy sugerente, me planteó algunos desafíos más allá de su propia interpretación. Particularmente, Todorov se refiere a la mirada de Colón en la doble perspectiva de aproximación o ruptura con los indios tainos desde el “espíritu” y desde la “carne”. A partir de la idea de Dios, dice, Colón entendía a los indígenas como iguales, podían y debían ser cristianizados, pero como inferiores en tanto el “salvaje” no era civilizado y por tanto no tenía la capacidad de decidir por sí mismo. El autor lo resume muy bien, la ambigüedad está siempre entre el “buen salvaje” y el “pobre perro”, términos extraídos literalmente de los diarios colombinos.

En el sustrato del texto del ensayista está un  criterio que me parece central para entender la complejidad de la mirada de una y otra parte. Uno que mira al otro, el otro que devuelve la mirada, uno que se vuelve “el otro”. Ese proceso tardó siglos, pero el choque dejó un trauma aún indeleble.
Hay dos componentes que permiten explicar el equívoco fundamental del descubridor (término que uso con el beneficio de inventario de las otras lecturas, la de “encuentro y la de “invasión”) y los conquistadores (en este caso la palabra casi se funde con las otras dos, porque las representa por igual). El primero de ellos es la religión y el segundo la lengua. Son, obviamente, sólo dos de los muchos atributos de una cultura y de una sociedad, pero como veremos, son aquellos que en un sentido muy hondo eran su esencia.

Es sabido que los europeos consideraban a los americanos como bárbaros o salvajes. Es evidente también, especialmente tras la conquista de México y Perú la constatación –reconocida por la casi totalidad de los cronistas- de que ambos, mexicas e incas, habían construido imperios muy sofisticados. El propio Cortés en sus Cartas de Relación repitió varias veces su admiración por la magnificencia de Tenochtitlan y sus avances. ¿Por qué esta realidad tan clara y no negada nunca por los conquistadores no llevó a la conclusión que parece elemental, que los indo americanos eran el otro, pero otro igual en capacidades de razonamiento, de destrezas tecnológicas y, más de una vez, superiores a los europeos? La respuesta fácil es que los españoles adecuaron su discurso a un interés puramente material y de sujeción del otro, que negaba lo evidente, ya que su objetivo mayor era someter esos pueblos y explotar sus riquezas.

El debate de Valladolid desmiente esa conclusión, pero no es suficiente, aún en esa reflexión en la que Las Casa cuestiona a la Corona Española y su tesis se impone sobre la de Sepúlveda que justifica la conquista, la pregunta inicial no es respondida.
La respuesta está, otra vez, en la lengua y la religión. A los europeos de la transición entre el medioevo y el renacimiento, fundamentalistas en su fe que era innegociable,  imperativa, y una verdad revelada, la religión cristiana era la civilización. Hay que subrayarlo, no se trataba de un componente, se trataba de la esencia. Para ponerlo en los términos del siglo XXI, el cristianismo era el hardware de Occidente, no el software. En consecuencia, quienes están fuera de la religión pueden ser o herejes, o apostatas, o ignorantes. Dado que los indígenas no conocían a Dios no podían ser ni herejes ni apostatas, al no conocerlo estaban fuera de la civilización, fuera de lo humano, en tanto lo humano era entendido como la vinculación o la ruptura con Dios, con un Dios, con el Dios cristiano. El mundo conocido permitía esos caminos, los musulmanes estaban en guerra contra Dios pero lo conocían. Esa es la diferencia.

El segundo componente es tan importante como el primero, la lengua. Aquí también la lengua aparece no como un soporte para la comunicación sino como la comunicación misma. En un primer momento el Almirante asumió que los tainos no sabían hablar, no que no sabían hablar castellano, que al no poder comunicarse con ellos ni en la lengua de Castilla, ni en otras conocidas (tenía en su tripulación quienes las dominaban) no sabían hablar. En ambos casos, religión e idioma eran partes estructurales de los seres civilizados, el esqueleto y la columna vertebral de la civilización.

En consecuencia, aún reconociendo las maravillas de mexicas e incas, los conquistadores tardaron mucho tiempo en aceptar su grado de “civilización” (y en casos no lo aceptaron del todo), porque lo esencial de ésta no estaba dado en su organización estatal, su estructura económica o sus obras materiales, estaba dado en aquello que trascendía lo material. Lengua y religión los trascendían.

Esta percepción explica una actitud, pone al descubierto las categorías intelectuales de un tiempo histórico y responde a mi pregunta básica. No era una consideración taimada sobre las capacidades del otro, sino el predominio de una lectura conceptual condicionada por dos terribles fuerzas, fe y comunicación.

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3 pensamientos en “El Problema del Otro

  1. Otra vez un artículo excelente. Gracias por traer estas diferencias a colación. Me hace recuerdo a cuando una vez estuve en medio de gentes que hablaban muchas lenguas y mi diferente pasito latino, muy churo para mi y muy desconocido para ellos, mis manos casi hablantes, y mi rostro demasiado sonriente, hicieron dificil que me entiendan lo que quería expresar y me tomaran como subinteligente, subeducada y hasta demasiado mojigata y tímida.

    Bueno, tímida soy y medio mojigata también, pero no soy subinteligente ni subeducada. Asi que entonces entendí que nuestros indios en Bolivia, aquellos que solo hablan lenguas nativas y con los cuales por mi trabajo compartí muchas veces, también tenían los mismos problemas para hacerse entender.

    Creo que aquí viene lo interesante de todas estas teorías de las que hablas: que en realidad teorizan, a mi gusto, demasiado. El problema real de la gente de este tiempo es que tenemos que aunar esfuerzos para entender al otro a pesar de tener una lengua y una religión diferente, entenderlo y tomarlo en cuenta como igual, pese a que no hablen nuestro idioma y no tengan nuestra religión.

    Decirlo es más fácil que hacerlo. Pero ahí están todas estas nuevas herramientas que han surgido en la modernidad, como la tecnología por ejemplo (que a mi entender debería convertirse en un derecho humano y en un símbolo de la igualdad de todos los seres vivos), que en este siglo nos va a ayudar a entendernos más y mejor entre seres humanos y nuestro medio natural, si es que dejamos de lado estas teorías de “el problema del otro”, y lo convertimos en nuestro problema, como debe ser.

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